La otra lengua

André Vallias

Todo poetizar es traducir

Son muchos e imprevisibles los caminos de la poesía, ese curvarse repropulsante sobre el ingenio del lenguaje. Aquello que persigo se inicia bajo la influencia extraliteraria de las llamadas “artes visuales”, alimentado por un deseo irrefrenable de saltar fuera del regazo de la lengua materna.

Mi primer poema, Caligrama para Kazuo Ohno, hecho en 1986, con la técnica de la impresión serigráfica aprendida del artista y editor Omar Guedes, se forma por la aglutinación de los caracteres góticos con los ideogramas kanji de “sol” y “luna”: retrato
condensado de un maestro japonés que se dejara inocular inapelablemente por la danza expresionista de Mary Wigman y Harold Kreutzberg.

Miguel de Unamuno, filósofo y poeta español que aprendió el danés para leer a Kierkegaard en original, se obstinaba en decir que el portugués era un castellano sin huesos. Tal vez él me haya conducido, sin que ambos lo supiésemos, al aprendizaje del alemán. Adoro la plasticidad rigurosa y transparente de ese idioma, cuyas refracciones engañan a menudo a los ojos, creando falsas y lindas etimologías, como el corte primordial de Fichte, “Ur-Teil” [Urteil significa “juicio”, pero descomponiéndolo en dos partes, Ur-Teil, significaría “parte primigenia”; Nota del T.] o el “Dichtung = condensar” [Dichtung significa “poesía”, pero la raíz es “dicht”, “denso”; Nota del T.] de Ezra Pound.

La concisa definición del poeta estadounidense me inspiró un poema-objeto, realizado en 1989: um trípico plegable de espejos que reflejan indefinidamente las superposiciones de las letras blancas aplicadas a su superficie:

p o e s i e                    s c h i c h
h t s i c h                    t e n v e r
s e l b s t                    d i c h t e
a n d i c h        sie         n s e l b s
t e r u e b                    t v e r s i
e r h a u p                    c h e r t e
t n i c h t                    p o e s i e

Viviendo ya entonces dos años en Alemania, sin poder tener acceso a un taller de serigrafía, experimentaba con otros recursos, como hojas de Letraset, collages y fotocopias a color, para dar cuerpo a mis poemas.

Salí de Brasil a principios de 1987, movido en gran parte por los ecos del intenso diálogo de las vanguardias brasileña y alemana en los años 50 y 60. Estaba especialmente curioso por descubrir lo que Eugen Gomringer, Franz Mon, Max Bense, Helmut Heissenbüttel y compañía estaban produciendo en los años 80. Algunos meses después vine a conocer a Friedrich W. Block, quien se hacía las mismas preguntas sobre los concretistas brasileños, y dimos comienzo a una colaboración que ya dura veinte años.

En 1990, Block organizó, con mi colaboración y la del poeta ruso Valeri Cherchanoi, la gran exposición “Transfutur – Poesía visual de la Unión Soviética, Brasil y los países de habla alemana”, que reunió a 36 representantes de tres tradiciones de experimentalismo poético, que habían dialogado en dos momentos distintos del siglo XX.

La diversidad de estilos y de idiomas, la variedad de los soportes empleados, el sabor de las diferentes culturas y contextos socio-económicos, me impactó profundamente, en un período en el que daba los primeros pasos con una herramienta rara hasta entonces, pues fui el único poeta participante en la “Transfutur” con un trabajo hecho en una computadora.

Esa PC 386 la compré en 1988, estimulado por el entusiástico discurso del filósofo checo-brasileño Vilém Flusser, que se había convertido en un heraldo de la Revolución Electrónica, con amplia repercusión en los países de habla alemana.

Ese salto tecnológico sólo fue posible en Alemania, puesto que la Ley de Exclusión de la Informática, vigente en Brasil hasta 1992, prácticamente impedía el acceso a las computadoras personales.

El poema “Nous n’avons pas compris Descartes”, de 1991, construido por medio de un programa de diseño 3D, reproduciendo una superficie plana (“page”) y otra sinoidal (“poem”), en la oscuridad sin fondo del monitor, marcó definitivamente mi entrada en el universo digital. Pasé a considerar el poema como “diagrama abierto”, interrelacionando una multiplicidad de códigos en el espacio n-dimensional de lectura.

El trabajo con los medios computadorizados dio la ocasión propicia para la exposición “p0es1e: digitale dichtkunst”, que organicé conjuntamente con Block, en 1992, en la pequeña ciudad de Annaberg-Buchholz. Esa muestra pionera tendría sucesivos desdoblamientos, los más recientes en Berlín, en 2004 y en Río de Janeiro, en el 2007.

En 1994, cuando ya había decidido volver al Brasil, comencé a traducir poesía orientándome por las “transcreaciones” y “traducciones-arte” de Haroldo y de Augusto de Campos, y dialogando intensamente con el poeta Age de Carvalho, que residía entonces en Múnich. La práctica de la traducción, que me acompaña hasta hoy, sirvió de preparación para la reinserción en el ambiente de la lengua portuguesa.

«Ninguna lengua es lengua materna. Poetizar es traducir», dijo la trilingüe Marina Svetáeva.

Flusser, quien escribía cada uno de sus ensayos en checo, alemán, portugués e inglés, para equilibrar las ideas en el vaivén de los idiomas, hizo una defensa apasionada del poliglotismo, en su primer y más atrevido libro, Lengua y realidad, publicado en 1963. Vivir la diversidad de las lenguas sería, para el filósofo, el único medio de superar el nacionalismo irracional que brota de la seducción de la lengua materna. Y la traducción, tal vez, la única posibilida de que el intelecto pueda experimentar “la relatividad de la realidad”.

Después de dos décadas de una creación digital que tuvo su inicio en Alemania, hoy me hallo explorando un gran abanico de opciones, que van desde los trabajos multimediales, hechos para exhibición en la red o la presentación en vivo, hasta poemas a los que les basta una simple hoja de papel, inapelablemente convencido de que la poesía no es un fenómeno exclusivamente verbal, ni visual, sonoro o táctil, ni tampoco conceptual, sino todo eso al mismo tiempo.

André Vallias (São Paulo, 1963)
es poeta, diseñador gráfico y productor de medios interactivos. Vive desde 1996 en Rio de Janeiro, donde dirige la productora Refazenda. Sus poemas digitales pueden ser vistos en los sitios
www.andrevallias.com y
www.erratica.com.br

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