Revueltas 1968…y cuarenta años después

Sobre Humboldt

Humboldt es una revista cultural que fomenta y participa del intercambio cultural entre Alemania y Latinoamérica, España y Portugal. En ella hacen uso de la palabra autores de las lenguas española, portuguesa y alemana, junto a otras voces del ámbito internacional. Humboldt aborda debates actuales sobre temas muy diversos de la vida cultural e intelectual a ambos lados del Atlántico.

Democracia en el país y democracia en la casa

María, Andrea y Charo; Copyright: Natalia Iguiñiz BoggioAunque la discriminación formal de las mujeres en la política y en la vida pública se ha eliminado ampliamente en la mayoría de los países latinoamericanos, las estructuras patriarcales siguen impidiendo una igualdad efectiva.

Los años sesenta son símbolo en América Latina de renovación, pero también de represión de las esperanzas en sangrientos regímenes militares. A la Revolución Cubana, la “pedagogía del oprimido” y la “teología de la liberación”, le siguen la muerte del Che Guevara, el baño de sangre en la plaza de Tlatelolco, la derrota del “Cordobazo”, y la represión de la “guerrilla urbana” en Brasil y en el Cono Sur. Los años ochenta, por su parte, estuvieron marcados de nuevo por las esperanzas desatadas por el triunfo de la guerrilla sandinista en Nicaragua en 1979 y la paulatina disolución de los regímenes autoritarios en muchos países. En esos años, el lema de las feministas chilenas (“Democracia en el país y democracia en la casa”) se convirtió en la máxima directriz de los movimientos feministas en toda América Latina, los cuales tuvieron una influencia importante en la transición. ¿Siguieron, por tanto, a estos intentos de hacer una revolución política otros intentos destinados a realizar una profunda transformación en las relaciones de género?

Guerrilleras y revolucionarias

A principios del siglo XX se formó un “primer” movimiento feminista latinoamericano que fue sostenido fundamentalmente por mujeres provenientes de las clases urbanas media y alta. Su objetivo básico (conseguir plenos derechos políticos y civiles para las mujeres) se alcanzó ampliamente hacia finales de los años sesenta. Ellas también habían luchado hasta alcanzar el derecho a la educación, y las universidades hacía tiempo que ya no eran un dominio de los hombres. Al igual que sus compañeros de estudio masculinos, muchas jóvenes estudiantes se comprometieron con los movimientos revolucionarios, algunas incluso ingresaron en la guerrilla. Mientras que la germano-argentina Tamara Bunke, alias Tania, era la única mujer en la tropa del Che Guevara, las filas de la guerrilla urbana y de los sandinistas estaban compuestas por un tercio de mujeres, aproximadamente. A menudo se involucraron también en organizaciones estudiantiles, eclesiásticas o sindicales. La conciencia feminista se desarrolló sobre todo cuando las mujeres de la guerrilla se dieron cuenta de que no eran reconocidas plenamente y tenían que pagar por su compromiso político un precio más elevado que los hombres. Esas experiencias condujeron finalmente a que muchas guerrilleras comenzaran a luchar en aras de posiciones feministas dentro de los propios movimientos revolucionarios. En este ámbito, lo privado se convertía para ellas en un aspecto también político.
Junto a las mujeres –casi siempre instruidas– que participaron activamente en la lucha armada, hubo también en América Latina, en los años setenta, muchas mujeres de las capas más humildes que se organizaron al lado de sus maridos en los sindicatos y que lucharon por mejoras en las condiciones de vida y de trabajo. Particularmente conocidos fueron los llamados “comités de amas de casa”, que se fundaron en las ciudades mineras de Bolivia cuando su situación se fue haciendo más precaria a raíz de las crisis económicas y de los procesos de privatización. A estos comités de amas de casa se unieron luego las pequeñas agricultoras indígenas. Ambos grupos de mujeres veían en la lucha contra la pobreza y la explotación su objetivo supremo, razón por la cual participaron en la primera línea del frente a la hora de organizar manifestaciones, bloqueos de carreteras o huelgas de hambre, si bien en un principio se vieron confrontadas con el escepticismo –cuando no el rechazo– de sus propios “compañeros”. La mayoría de las campesinas y mineras rechazaban las demandas feministas, como por ejemplo, el libre acceso a los recursos de control de la natalidad. Veían en ello una estrategia “imperialista” para debilitar a la clase obrera y a los campesinos. También su identidad cultural estuvo subordinada, hasta bien entrados los años ochenta, a su identidad de clase, aunque, entretanto, ya se discuten en los movimientos de izquierda algunos temas de género como la violencia familiar, y muchas mujeres intentan combinar las nociones de los papeles genéricos indígenas con los “occidentales”.
Un hito en este sentido lo constituyó el levantamiento del Ejército Zapatista de Liberación Nacional en México en el año 1994, el cual estuvo dirigido contra las consecuencias de las políticas económicas neoliberales. Para asombro de la opinión pública, había entre los comandantes de la guerrilla una mujer indígena, y la Ley Revolucionaria de Mujeres de los zapatistas, que abordaba específicamente los problemas de la mujer maya, dejó claro que la rebelión era también un levantamiento de las mujeres indígenas contra sus condiciones de vida, tanto dentro de la sociedad mexicana en general como en el seno de la comunidad de la aldea o de la familia.

Madres y amas de casa

Una forma completamente distinta de la resistencia femenina se desarrolló tras el establecimiento de los gobiernos militares en el sur del continente, donde el sueño de un mundo mejor de muchos hombres y muchas mujeres jóvenes concluyó con la persecución, la tortura y el asesinato. La política de “hacer desaparecer” a los enemigos políticos fue aplicada en gran escala por el régimen militar argentino. Como reacción a ello, se fundó en 1977 en Argentina la organización de las Madres de la Plaza de Mayo. Durante la búsqueda de sus hijos, las madres comprendieron que sólo las acciones conjuntas podían llevarlas más adelante. Se trataba de amas de casa de todas las clases de la sociedad argentina, y se habían movilizado a raíz de la desaparición de sus hijos y nietos. Con blancos pañuelos de cabeza, los cuales simbolizaban los pañales de sus hijos, esas madres se manifestaron delante del Palacio de Gobierno, situado en la misma plaza que da nombre al movimiento. Su principio máximo era el fin de la violencia. A los intentos de los militares por disolver sus reuniones, ellas respondían con una resistencia pasiva, y usaron el respeto tradicional a la madre como escudo de protección. Las Madres de la Plaza de Mayo se entendían a sí mismas como instancias morales situadas por encima de los partidos políticos y de la política institucionalizada. Gracias a ello, se convirtieron para los argentinos en un símbolo de la resistencia contra la dictadura militar y consiguieron que las violaciones a los Derechos Humanos y la manera de abordarlas siguieran siendo un tema constante del debate político incluso después de derrocada la dictadura.
Las dictaduras militares en Brasil, Chile, Argentina y otros países hacían énfasis, por un lado, en la función tradicional de la mujer en el hogar y la familia, mientras que, por el otro lado, destruían a un sinnúmero de familias por medio de la tortura y el asesinato. Por tal razón, la politización de las amas de casa y de las madres sólo fue una consecuencia lógica de ese estado de cosas. En cuanto al tema de los roles de género, sin embargo, cabe preguntarse si las “madres”, con su actitud, cimentaron aún más esos roles de género tradicionales o cambiaron los papeles de las mujeres en la política y la comprensión de la misma al sacar a la luz pública temas que hasta entonces eran considerados estrictamente “privados” y apolíticos.
El vínculo entre lo “privado” y lo “público”, entre la familia y la política, fue formulado de un modo particularmente claro por las mujeres chilenas; sobre todo por mujeres que se unieron en asociaciones de base o vecinales. Muchas de esas actividades tenían lugar bajo la protección de la Iglesia, un terreno conocido de las mujeres y que, además, estaba libre de sospechas desde el punto de vista político. El objetivo de esos grupos era, en primer lugar, la supervivencia de la familia, pero el compromiso duradero y masivo de las mujeres, así como la formación de redes, contribuyeron finalmente a que se cuestionara la imagen de la mujer pasiva y necesitada de protección. Con ello, también comenzó a tambalearse cada vez más el dominio de los hombres en el seno de la familia, ya que esa autoconciencia recién ganada por las mujeres se hizo notar en todos los niveles. Las organizaciones de base de las capas más humildes emprendieron algunas iniciativas feministas, con lo cual se fue borrando poco a poco la escisión entre feministas “burguesas”, activistas de izquierda y mujeres de los “movimientos de supervivencia”. Surgió así, en Chile, un amplio movimiento feminista que ejerció su influencia en otros movimientos de mujeres de América Latina con su consigna, ya mencionada, de “Democracia en el país y democracia en la casa”.

Feministas y revolucionarias

Un importante hito para las mujeres en América Latina fue la proclamación de la “Década de las mujeres” por parte de las Naciones Unidas, así como la convocatoria de la primera Conferencia Internacional sobre la Mujer en Ciudad de México en el año 1975. Tanto la propia conferencia como su preparación mostraron, por un lado, nuevos caminos, pero también sacaron a la luz los distintos intereses y situaciones sociales de las mujeres latinoamericanas y de otras partes del mundo. En vista de que un tema central de la conferencia fue el trabajo remunerado de la mujer, el centro de la atención lo acapararon las mujeres de las regiones rurales, las inmigrantes de las ciudades y las mujeres indígenas.
El efecto de la iniciativa de la Organización de Naciones Unidas, así como la combinación de intereses de los ámbitos “privado” y “público” puede elucidarse muy bien estudiando el ejemplo de Brasil. En aquel país, el Gobierno militar estaba introduciendo en aquel momento una apertura paulatina, y, para mejorar su imagen y hacer creíble el proceso de apertura, los militares autorizaron una manifestación de mujeres en la que los reclamos centrales debían recaer sobre problemas cotidianos como el precio de los alimentos y el abastecimiento de agua. Sin embargo, aquella manifestación se convirtió en la mayor vista en Brasil desde la toma del poder y el dominio de los militares, lo cual trajo consigo una amplia coalición de distintos grupos de mujeres, que también sacó provecho de la idea del supuesto carácter pacífico de la mujer. Aquella coalición, bastante heterogénea desde el punto de vista político, siguió existiendo después de la conferencia de México y buscó el apoyo de otras agrupaciones, como comunidades eclesiásticas de base, en las que las mujeres representaban casi siempre la mayoría. Y fue precisamente en Brasil donde las mujeres desempeñaron un papel extraordinariamente importante en la paulatina transición a la democracia. Por un lado, esto radicó en la posibilidad de que, al ser organizaciones de base, se pudo echar mano a la experiencia de otras organizaciones ya existentes que eran toleradas por el régimen militar, ya que sólo se ocupaban de cuestiones aparentemente apolíticas como la infraestructura o la educación. Por otro lado, esos grupos de mujeres ponían claramente de manifiesto los déficits democráticos en términos generales, en la medida en que señalaban que, sin ellas, la mitad de los ciudadanos se quedarían sin ver atendidos sus problemas.
El alcance de los preparativos del congreso de México y la participación de distintas organizaciones de base trajo consigo que, además de los actos para los representantes de los Gobiernos, se creara otro foro para las organizaciones no gubernamentales, tal y como es habitual desde entonces en muchos congresos de las Naciones Unidas. En el foro de las organizaciones no gubernamentales, las latinoamericanas estuvieron ampliamente representadas desde un punto de vista cuantitativo, de modo que los temas y las perspectivas latinoamericanas predominaron en todos los contenidos del congreso. Aunque también es preciso decir que algunas representantes de los grupos de base, de los sindicatos o de los comités de amas de casa tuvieron considerables dificultades al principio para encontrar una base de debate común con las feministas de países industrializados reunidas en México. No obstante, la conferencia fue todo un éxito para las mujeres latinoamericanas, no tanto por sus resultados como por las consecuencias que desencadenó. Las organizaciones de ayuda para el desarrollo empezaron a integrar a las mujeres o a implementar programas específicamente para ellas, lo que, a su vez, obligó a reaccionar a los Gobiernos nacionales. De ese modo, algunas organizaciones de mujeres en los distintos países latinoamericanos obtuvieron la atención y el apoyo necesarios.
La mayor dificultad para los distintos grupos de mujeres en los años setenta siguió siendo, no obstante, la conciliación del feminismo y la ideología marxista o socialista. La confrontación en este ámbito predominó todavía en los posteriores encuentros de mujeres de Latinoamérica y del Caribe, si bien a partir de mediados de los años ochenta se produce un acercamiento y un reconocimiento de la pluralidad de los propósitos específicamente femeninos. A todo ello se le añadieron nuevos temas. Si bien es cierto que la reducción de la pobreza y de la explotación siguen formando parte de los propósitos más importantes de los distintos foros femeninos, no lo es menos que desde entonces se han ido abordando cada vez más temas relacionados con las relaciones entre los géneros y cuestiones de la identidad cultural.

Las nuevas representantes políticas

La necesidad de transformar también las relaciones entre los géneros se puso claramente de manifiesto con la llamada “Transición”. Si bien se había eliminado en la mayoría de los casos la discriminación formal de la mujer en la política y en la vida pública, existían todavía estructuras patriarcales en la política y la sociedad que impedían una igualdad efectiva. Después de su comprometida participación en la Transición o en las luchas por el trabajo, las mujeres ya no estaban dispuestas a dejarse marginar de nuevo así tan fácilmente. El redoblado reconocimiento de la diversidad cultural en las constituciones reformadas de muchos países condujo también a que las mujeres indígenas tampoco se dejaran ignorar con tanta facilidad. Símbolo de ello son las mujeres indígenas del Movimiento Zapatista y la candidatura presidencial –aunque fracasada– de la guatemalteca maya y Premio Nobel de la Paz Rigoberta Menchú.
Tanto lo dicho anteriormente como los triunfos electorales de Michelle Bachelet y Cristina Fernández de Kirchner constituyen indicios de un incremento de la participación de la mujer en la política formal, si bien muchas de ellas –sobre todo las que provienen de organizaciones de base y de movimientos sociales– siguen posicionándose con escepticismo contra los partidos y el Estado, lo cual resulta comprensible a la vista del difundido machismo, el clientelismo y la corrupción. Si la participación de las mujeres en la política formal ha aumentado en los últimos años, ello está relacionado con el hecho de que muchos Estados y partidos, entretanto, han introducido un sistema de cuotas que no siempre es tan efectivo ni sólido, aunque haya tenido éxito en algunos países como Argentina y Costa Rica. Actualmente, en Argentina, por ejemplo, casi un tercio de los miembros de la Cámara de Diputados son mujeres. Muchas de esas representantes políticas no defienden posiciones feministas, pero de manera puntual se unen en una coalición suprapartidista de mujeres para debatir sobre determinados temas, lo que sí constituye una novedad en la cultura política de América Latina.
Mucho más notables –y también más difíciles para los hombres en Latinoamérica– son las leyes adecuadas para cambiar las relaciones de género en la sociedad y en la familia. Una medida revolucionaria en ese sentido fue el establecimiento en São Paulo, en 1985, de las primeras comisarías ocupadas únicamente por policías mujeres, a las que podían dirigirse las mujeres en caso de sufrir cualquier delito de agresión. Estas delegacias de defesa da mulher se han convertido en un ejemplo para todo el mundo. A ello le siguieron cursos especiales para policías hombres, con la pretensión de facilitarles la comprensión de la problemática específica de la violencia de género. Sin la experiencia de las mujeres en la lucha contra la dictadura militar y en la transformación del régimen político, las mujeres brasileñas jamás hubiesen conseguido imponer el establecimiento de tales medidas.
También en otros países se han reformado al menos los códigos penales en lo relativo a la aplicación de la violencia contra la mujer en la familia, así como en lo relacionado con las agresiones de tipo sexual. Es cierto que resulta problemática la implementación de esas leyes a la vista de los déficits de los sistemas de justicia en América Latina, pero sólo la discusión emprendida por los grupos feministas sobre esa problemática ha provocado ya cambios en la imagen tradicional de la familia y de la mujer. Sólo un debate amplio sobre tales cuestiones, un debate que también incluya a los hombres, puede generar una transformación radical de las estructuras patriarcales todavía existentes en la sociedad y en la familia,
y son muchas las latinoamericanas que ya trabajan en ello.

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Barbara Potthast
es Profesora en la Universidad de Colonia y Directora de los Estudios Históricos del Departamento de la Península Ibérica y de América Latina. Es coeditora del Libro Anual sobre la Historia de América Latina y La Revista Europea de América Latina y del Caribe. Sus puntos centrales de la investigación se centran en el campo de la historia de las familias y de los sexos así como la historia social general de América Latina. Geográficamente, se centra en la historia de Paraguay y en la costa caribeña de América Central.

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