Marcación sobre un fondo verde
Si para el arte el cuadrado negro de Kasimir Malevich es la
nada absoluta de la cual se llega a desarrollar la pintura moderna,
para el balompié el rectángulo de césped verde es el
punto nulo sobre el cual se desarrolla el gran juego.
Es de gran significación en esta comparación que el campo de
fútbol, con sus dimensiones de 100 x 65 metros, semeje un
cuadro sobredimensional. El fútbol es, primeramente y sobre
todo, superficie y línea; y el juego, un dibujo colectivo: línea
lateral, media luna, línea de gol, punto penal, parantes del
córner, y, sí, el mismo arco, son categorías geométricas que
estructuran el gramado verde.
El juego es una composición de trazos y círculos creados por los jugadores, el entrenador y, a veces, también por la casualidad. Pasión, fuerza, elegancia e intuición son categorías que solamente sirven de ayuda para encontrar la línea correcta. El dibujo más bello, dinámico y urgente que quiebre las líneas del contrario es al fin el que gana.
Tanto en el arte como en el fútbol, el espacio –por cierto limitado, pero que permite hacer una serie interminable de contribuciones y configuraciones– es constantemente reordenado, otra vez roto y formado de nuevo.
El fútbol y el arte son finalmente sistemas de dibujos contrincantes.
El cuadro pictórico y el campo de fútbol están delimitados por rígidas líneas exteriores que los separan del así llamado mundo real, quedando por resolver dónde exactamente comienza la realidad y dónde termina el lienzo o el gramado, o viceversa, dónde termina la realidad y el juego y el arte empiezan. El pintor y el jugador de balompié laboran, por así decirlo, al filo del mundo.
A esta equiparación de imagen pictórica y campo de fútbol le es aplicable también que sobre ambos planos se negocian valores simbólicos y se crean metáforas: así como la obra de arte inaugura su mundo propio, el fútbol también es, en el sentido más originario de la palabra, “cosmovisión”. Y así como el arte transforma las coordenadas acostumbradas del mundo y la tierra, el fútbol trastorna nuestra percepción del mundo.
Balompié y arte sacan a luz imágenes que provienen del fondo. Un avance desde esta tierra de nadie tiene en sí siempre un aire de sublimidad. El fondo no se refiere en primera línea a una dimensión física, sino a una abstracta y espiritual. El fondo parece prolongarse al abismo, a la infinidad, donde el subconsciente, la imaginación y la memoria colectiva de la Humanidad encuentran su lugar. Artistas y jugadores sondean constante y renovadamente esta inconmensurabilidad. Avanzar desde el fondo tiene, por tanto, en el fútbol como en el arte siempre algo de imprevisto y enigmático en sí mismo.
En la jerga futbolística en portugués hay expresiones que han sido tomadas del arte; “ele pinta o sete” (él pinta un siete) o “el jogador faz uma pintura” (el jugador hace una pintura) son ejemplos de cómo del jugador de fútbol se hace un pintor.
Roberto DaMatta compara el fútbol con una enorme pantalla donde no sólo se proyecta un “drama técnico”, sino también una trama sutil de ideas y acciones que juegan con asociaciones de relaciones sociales, con la vida y su destino.
es director del Goethe-Institut Rio de Janeiro y curador. En 2004 tuvo lugar la 26ª Bienal de São Paulo, con el título de “Território Livre”, la segunda en su función de curador.
Rio de Janeiro, 28.06.2004
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