¿Después de mí, el diluvio? Naturaleza – Cultura: Arte

Sobre Humboldt

Humboldt promueve y ayuda a forjar el intercambio cultural entre Alemania y Latinoamérica, así como España y Portugal. En ella hacen uso de la palabra autores de las lenguas española, portuguesa y alemana, junto a otras voces del ámbito internacional. Humboldt aborda debates actuales sobre temas muy diversos de la vida cultural e intelectual a ambos lados del Atlántico.

¿Cómo se escribe sobre la última “terra nullius”?

Erika Blumenfeld; “Apparent horizons: Antarctica”; Serie fotográfica, 2009 © Foto: Erika BlumenfeldAlgunas reflexiones sobre la configuración literaria de la Antártida, una tierra que no pertenece a ningún Estado y que no es habitada por nadie.

Todo comenzó con un sueño. O más bien una pesadilla. Un hombre está parado junto a un glaciar que ya no existe. El hombre es glaciólogo. Hace poco ha perdido el objeto de su ciencia y su pasión. El hombre no sabe cómo enfrentar esta situación. Busca salvación en aquel lugar donde el hielo aún sigue intacto, en la Antártida. Se embarca en cruceros como conferencista, experto, jefe de expediciones, guía. El estado virginal de la Antártida le inspira tanto como le preocupa, porque sabe qué le ocurrirá cuando el hombre se apodere de ella. Es esta idea la que un buen día ya no logra soportar. Debe impedir que el hombre se siga adentrando en la Antártida.

Es fácil tener una idea. Y no es tan difícil cotejarla con las realidades, teñirla de plausibilidad y credibilidad. Pero las dificultades aumentan cuando se comienza a intentar ponerla en práctica. Mientras se escribe no sólo se pulen las ideas, también maduran los problemas. ¿Cómo se escribe sobre la Antártida, un lugar que sólo se puede visitar de paso? ¿Cómo se escribe libre de modelos? ¿Cómo se escribe sobre la última terra nullius, una tierra que no pertenece a ningún Estado y que no es habitada por nadie?

Para responder a ésta y otras preguntas, me embarqué personalmente en uno de aquellos cruceros de lujo que durante el verano del Sur viajan varias veces a la Península Antártica y permanecen algunos días allá. Partimos de Ushuaia y navegamos primero por el Canal Beagle. ¡Los puntos geográficos más importantes tenían nombres como Mount Misery (Monte Miseria) y Cape Deceit (Cabo de la Decepción), Last Hope Bay (Bahía de la Última Esperanza) y Fury Island (Isla de Furia)! Esto, desde el punto de vista literario, fue una buena señal.

Muy pronto sucumbo a la poesía de un paisaje desconocido. Y el propio lenguaje se apresura a dar cuenta de esta experiencia:

En la tarde, cuando los rayos del sol ceden el paso a una luz grisácea crepuscular, el mar pareciera ser una superficie de magma. Grandes pájaros planean en la penumbra implacable, esculpen el aire frío con alas rígidas. Algunos petreles se elevan, caen, en precipitadas curvas; los más pequeños de entre ellos desaparecen por momentos en los comederos entre las olas, detrás de crestas fosforescentes. Y cuando la oscuridad ha terminado por ennegrecerlo todo y las estrellas no alumbran y el viento se contenta con un soplo, nuestro barco parece flotar a la deriva, hacia el último vacío.

¿Es la Antártida un lugar soñado para los viajeros? ¿Será que las personas a bordo cumplen un sueño secular? Más bien no. La Antártida no es fácil de asir. Sólo en el último tiempo se ha comenzado a hacer publicidad turística, recurriendo a graciosos pingüinos. Antes de eso, la Antártida era emocionalmente inaccesible. Incluso amenazante, como en el mito polinésico de Ui-TeRangirao, que en el siglo VI navegó a vela hacia el sur, tan lejos que el océano dejó de fluir y finalmente se volvió sólido, tan sólido y frío que el héroe apartó la vista con horror y regresó a casa. Los viajes de exploración de Amundsen y Scott son míticos, porque son imposibles de imaginar en la realidad. Shackleton aparece como un personaje fantasmagórico. La Antártida se nos presentaba como el invento de un Edgar Allan Poe. Aquí el hombre se encuentra con la última frontera de la civilización, con la última región salvaje.

El barco se desliza por un canal natural; a ambos lados, paredes blancas hasta donde se pierde la vista, y ante nosotros, la lustrosa superficie negra de aguas vidriosas. Imperceptiblemente, el mundo se ha transformado en un dibujo a tiza. Estamos de pie, arropados y muy juntos, en la cubierta exterior, mudos, inmóviles, como recibiendo la bendición, como si nuestro barco en su inercia estuviera orando. Es un silencio lleno de humildad, expresión de un sobrecogimiento que está creciendo desde hace días, desde que avistamos los primeros albatros, los primeros icebergs, las primeras ballenas, las primeras islas puntiagudas. En la Antártida es fácil que te embargue la sensación de ser un estorbo. Como ser humano. Es una sensación contradictoria que rápidamente conduce a la misantropía.

Mi historia lucha por el equilibrio entre la humanidad y la misantropía. Porque el glaciólogo no logra decidirse si la conservación de la Antártida se realiza en favor o en contra de la Humanidad. Esta desesperada inseguridad es alimentada aún más por las cicatrices de viruela que la colonización humana dejó en la periferia de la Antártida, como por ejemplo las estaciones balleneras, oxidadas instalaciones de exterminio masivo. Sobre todo en las islas Georgias del Sur. El glaciólogo ya no es capaz de soportar tanta destrucción, ni siquiera como un dato histórico.

Icebergs. Memento mori. Las despensas del mundo. Ellos contienen el agua más fresca y el aire más puro que tenemos en esta tierra, encapsulado hace miles de años en los cristales y ahora extinto, derritiéndose al paso lento de nuestro barco. Cuanto más observo el hielo, más me fascina. Es (quizás) el más polifacético de todos los elementos: presentándose, según las circunstancias, como cuerpo sólido, aire o agua. Además de ser una especie de memoria de la Tierra. Las perforaciones en el hielo en el marco del proyecto europeo de extracción de núcleos de hielo en la Antártida ya llegaron a una profundidad de 900.000 años. Y mientras avanzan hacia mayores profundidades, se hace visible nuestro pasado planetario.

Paulatinamente va naciendo también en mí una relación de cariño con el hielo.

“Si la Antártida desaparece, desaparece la Humanidad”, dice la agenda del día sin señalar el origen de esta cita. Justamente eso es lo que debería lograr el texto, que el lector tome esta frase al pie de la letra. Que se identifique con el delirio del glaciólogo. En el mejor de los casos (¡qué ambición más temeraria!), que le permita una mirada distinta de sí mismo y su potencial destructivo.

Ant-ártica: denominada así por Aristóteles, porque si existe el Ártico, debe existir también lo ant-ártico; la dicotomía entre Polo Norte y Polo Sur estaba prefigurada desde el principio; de existir sólo un polo, el planeta terminaría volcándose, ésta era la conclusión; o sea, necesaria por razones de simetría. Hasta ahora la Antártida se nos presenta como un ejemplo positivo de la razón humana, y en ello lo opuesto al Ártico. El hielo de la ­ Antártida resiste la presión del calentamiento global, mientras que en el Ártico el ardiente verano de 2007 fundió una superficie de cuatro veces el tamaño de Alemania. El Ártico es bañado por aguas más cálidas del sur, la Antártida en cambio está aislada por la Corriente Circumpolar Antártica que la protege del zarpazo del calentamiento. Mientras que los Estados limítrofes esperan con impaciencia explotar las riquezas mineras del Ártico, rige el Tratado Antártico, que prohíbe cualquier tipo de uso económico y congela las aspiraciones territoriales, al menos hasta el 2048. Mientras que ya se hacen fríos cálculos con respecto al fin del Ártico, aún es posible salvar la Antártida. Esta dicotomía ha de determinar la arquitectura del texto. Una estructura maniqueísta. Es posible narrar en blanco y negro mientras los sentimientos permanecen en la zona gris.

Cuando uno se para en la cubierta exterior y mira el paisaje, es fácil olvidar cualquier civilización (el oído apenas percibe los suaves sonidos del motor): no hay aviones, no hay madera flotante, ningún mástil a la vista, sólo el viento y las olas, sólo antiquísimas formaciones de hielo y roca que se transforman (aún) sin nuestra intervención, sólo silenciosos pájaros que dibujan efímeras noticias en el cielo monocromático que no sabemos descifrar.

Hasta ahora pocos autores se han dedicado al tema de la Antártida. A Nathaniel Hawthorne no se le permitió acompañar a la famosa expedición Wilkes, porque según un parlamentario “el estilo con el que escribe este caballero es demasiado ampuloso y ornamentado como para entregar una impresión real y razonable de la atmósfera en la expedición. Además de ello un señor tan talentoso y culto como el mentado Mr. Hawthorne no captará jamás la importancia nacional y militar de descubrimiento alguno”.

El glaciólogo se pregunta si la exploración de la naturaleza no implica desde ya firmar su sentencia de muerte. La siguiente frase sigue resonando en su cabeza: La autopsia estableció que la causa de muerte fue la autopsia. “Teman la devoción del científico”, escribe en su diario de vida, “pues ésta se posa sobre su objeto, qué palabra tan horrible, objeto, con el aliento de la muerte”.

Kälteidiotie (literalmente “idiotez por frío”; en el montañismo conocido como “frío estúpido”; fenómeno denominado en español “desnudo paradójico”, N. de la T.) es el término médico alemán para describir una alucinación: la persona que está por morir de congelamiento cree tener calor, se desprende de la ropa, a pesar de que su cuerpo sufre una severa hipotermia.

Nosotros, piensa el glaciólogo, padecemos una Wärmeidiotie (“idiotez por calor”), calentamos este planeta más y más, a pesar de que estamos en vías de morir de un golpe de calor. Una persona con hipotermia, cuando ha llegado a la etapa del desnudo paradójico, es incapaz de salvarse a sí misma. El glaciólogo deja abandonados a los pasajeros y choca el barco contra una roca, de modo que se hunde.

Nunca más, dicen las personas que ya han pasado por un apocalipsis.


Texto publicado (traducido al portugués) en el catálogo de exposición: Alfons Hug (Ed): Arte da Antártida. Fenômenos estéticos da mudança climática e da antártida. Rio de Janeiro 2009.
Ilja Trojanow (1965, Sofía, Bulgaria)
se crió en Nairobi y estudió en Múnich. Es editor, traductor, autor y publicista. Entre sus publicaciones en español se cuentan El mundo es grande y la salvación acecha por todas partes (1998) y El coleccionista de mundos (2009). Sus obras han sido traducidas a 23 lenguas y galardonadas con premios como el Adalbert von Chamisso (2001), el de la Feria del Libro de Leipzig (2006) o el de Literatura de Berlín (2007).

Traducción: Carla Imbrogno
Copyright: Goethe-Institut e. V., Humboldt Redaktion
Noviembre 2009
Enlaces sobre el tema

Haga su pedido ahora

Haga su pedido ahora

Los lectores interesados en la revista Humboldt pueden solicitarla a través de la tienda online de Goethe.
8,50 € gastos de envío gratuitos
Ir a la tienda online de Goethe...