La venganza de los dioses

No hay ninguna duda: las religiones están de vuelta, los mitos y ritos, con instituciones tradicionales y nuevas sectas, con aficionados a los cultos esotéricos o creyentes en los ovnis. Como si el desencantamiento del mundo por la ciencia y la tecnología hubiera conjurado una maligna venganza de los dioses, que ahora sustituyen las iglesias por internet y el ciberespacio, y los antiguos dioses por clones divinos y extraterrestres.
El fundamentalismo religioso, cuyos monstruos no sólo se han mostrado el 11 de septiembre, es tan sólo la punta visible de un iceberg que atrae todas las miradas, mientras por debajo palpita un inmenso guirigay de anhelos religiosos. Anhelos que, según el culturólogo Hartmut Böhme, forman parte del ser humano, permitiéndole escapar de su vulnerabilidad y su miedo a la enfermedad y la muerte, a las catástrofes y la guerra. “Las religiones siempre han dado respuesta a estos dos grandes problemas: ¿adónde nos dirigimos? ¿Es lícito y estamos en situación de esperar algo así como la estabilidad de nuestra existencia? Y: ¿cómo nos las arreglaremos con la muerte, el dolor, la enfermedad y la finitud?”
Si bien la mayoría de los hombres esperan que sean la técnica y la ciencia las que solucionen estos problemas, las cuestiones todavía no han sido resueltas. Böhme considera que uno de los mayores problemas de nuestras sociedades modernas reside en el hecho de que “ya no tenemos ninguna institución que consiga dar una respuesta satisfactoria a estas necesidades”.
Identificarse con las estrellas del pop
Por eso, los contemporáneos a pesar de que se dan el aire de ser absolutamente racionales –aparentemente irreligiosos y distantes de iglesias, mezquitas o templos– construyen sus dioses, ídolos y fetiches a partir de elementos y seres profanos de nuestro mundo, sobre todo a partir de la cultura pop. Pues en esta cultura, piensa Böhme, vive y vibra “lo religioso como potencial energético que moviliza a grandes grupos humanos”.
No hay más que pensar en la leyenda de Elvis Presley, en esa estrella que asciende como un cometa al cielo de los sueños, en Graceland, su templo en Menfis, al que siguen peregrinando fans de todas partes del mundo; o en Evita Perón, que fue venerada por el pueblo argentino como una santa, o en el icono pop Madonna.
Para Böhme, este culto de los fans apenas se diferencia de la devoción y el amor a la Virgen María o a san Cristóbal. Los famosos son como los santos: figuras que en cierta medida nos dispensan ayuda para afrontar los pesares y las miserias cotidianas. Al identificarnos con una estrella del pop, piensa Böhme, participamos de un esplendor y de una grandeza que nosotros no poseemos, nos sentimos escogidos, casi como si nos estuviera amparando el manto protector de Nuestra Señora. “Identificarse con un famoso no significa en realidad otra cosa que introducirse bajo dicho manto, lo que se experimenta como algo muy elemental, vital y cargado de sentido”.
Hace ya medio siglo, el filósofo y teórico de la semiología francés Roland Barthes analizó los “mitos cotidianos”, abriendo los ojos de sus atónitos lectores a la otra cara de la modernidad secularizada y pagana, a los rituales casi sagrados y los ideales pseudorreligiosos que actúan de manera inconsciente bajo el “sentido común” de las personas. Barthes analizó lo “divino” en el rostro de Greta Garbo, interpretándolo como una magia consoladora dotada de inmortalidad dentro del frágil rostro humano. Y fue el primero en admirarse ante la adoración del coche como nuevo becerro de oro. Barthes pretendía romper la magia funesta de los mitos, porque transportan a los hombres a un reino onírico imaginario robándoles la fuerza con la que deberían transformar la realidad.
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es escritora y periodista especializada en los campos de la Filosofía y las Ciencias de la cultura. Vive en Colonia.
Mayo 2006
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