El ocaso de los trópicos.
En el principio fue el Paraíso. Pero en el principio fueron también los trópicos con su naturaleza prometedora, exuberante y despiadada. Con los trópicos nos seduce una vida supuestamente original.Ellos atraen a los hombres hacia zonas exentas del frío, extremadamente cálidas y bochornosas, supuestamente desbordantes de sensualidad. En total, un cuarenta por ciento de la superficie de la Tierra está cubierta por zonas tropicales.
A la vista de la progresiva popularización de los sueños “tropicales” y de un generalizado “anhelo de los trópicos”, se nos plantea la pregunta sobre cuál es el espacio o el “porcentaje” que ocupan los mitos tropicales en la conciencia de los seres humanos; por qué son precisamente esas quimeras “tropicales” las que encienden y cautivan esa conciencia.
Hacia 1850, se construyeron en Europa los primeros invernaderos caldeados, y su propósito era exhibir en casa los trópicos y su exuberante naturaleza salvaje, encerrados en una vitrina como si de un costoso trofeo colonialista se tratara. La domesticación de las culturas tropicales “salvajes”, las cuales, a ojos europeos, proliferan y se corrompen con demasiada rapidez, tiene lugar en esos invernaderos o en los acuarios. Desde entonces, peces solitarios, con la boca abierta detrás del cristal, sueñan con esas lejanías tropicales como telespectadores ante la pantalla.
Entretanto, por así decirlo, se pueden incluso cosechar en todo el mundo plantas tropicales, lo mismo en los supermercados que en cualquier mercado de materiales de la construcción. En ese sentido, la “zona tropical” parece crecer, y con ella, también, la tentación de comprar, recoger o consumir los trópicos al doblar de la esquina. Los niños saben de lo que estamos hablando: en forma de cacao tropical, se amamantan de trópicos como si fuera la leche materna. Por otra parte, lamen los trópicos bajo el ropaje de un surtido de helados tropicales. También ello es una experiencia tropical primigenia. En el Museo del Chocolate de Colonia, un invernadero de tres plantas, el chocolate caliente fluye de una fuente situada en medio de palmeras, árboles de cacao y racimos de plátanos, y los visitantes pueden degustarlo sin inhibirse.
Los trópicos, un negocio redondo
La fatal atracción de los trópicos parece no detenerse: incluso en tiempos de la RDA, los ciudadanos de ese país hacían fila para comprar frutas tropicales, en especial bananas, y soñaban con una nueva libertad (de consumo). Además, con su forma torcida por naturaleza, las bananas tropicales parecen mofarse de cualquier pretensión de rectificar cualquier cosa en el sentido de las circunstancias dictatoriales o socialistas.Los trópicos: un chiste, un punto de fuga, un mundo paralelo, un negocio redondo. La importación y la cría de organismos tropicales y paradisíacos; la construcción, el transplante y la reproducción global de paraísos tropicales; las estrategias de comercialización de universos tropicales virtuales, todas esas cosas adoptan formas cada vez más curiosas en las regiones supuestamente desencantadas de Europa. Eso es válido también para la simulación –también asociada a ese fenómeno– de sentimientos, anhelos y estados de excitación “tropicales”.
En los últimos años, en medio de algunas ciudades europeas de grande y mediano tamaño, han surgido de la nada –o a partir del hormigón– “playas urbanas” de estilo tropical. Con tumbonas, chiringuitos para degustar cócteles tropicales, toneladas de arena y troncos de bambú, el europeo se construye su propio paraíso tropical que luego es bautizado con el nombre de “Paris-Plage” o “Bruxelles Les Bains”, por ejemplo. Poco a poco, por lo tanto, los trópicos comienzan a tener competencia.
“Tropical Island” no está en el Caribe, sino en Brandemburgo. Allí cualquiera puede desfogarse en el ”universo vacacional tropical más grande de Europa” o en la “selva tropical bajo techo más grande del mundo”; una selva que, a diferencia de la del Amazonas, nadie puede talar. El mundo, normalmente escindido, parece crecer literalmente en armonía gracias a la vegetación tropical artificial y a los fantasiosos universos de reminiscencias tropicales. Brota en el encanto “tropical”, busca la felicidad y la paz a la vista de una variedad de especies exuberantes y en una imaginación no menos desbordada, que, en otras circunstancias, correría riesgo de atrofiarse y perecer.
Los trópicos son una categoría climática, pero también constituyen una determinación cultural. Un sentimiento vital sensual, exonerado de toda duda o crisis, se puede comercializar por fin más allá de las propias fronteras, como un remedio universal para un mundo desencantado y racionalista, aquejado de hipotermia emocional.
Ese fenómeno podría definirse también como “código tropical”. Dicho código no está vinculado a un país en específico ni a una cultura, pero sí a la promesa supracultural de que un tiempo perfecto, un ambiente tropical y, no en último lugar, el consumo de productos tropicales pueden producir seres humanos felices y estados edénicos.
Tanto el “ambiente tropical” en diversos aeropuertos internacionales, como el encanto “tropical” en los innumerables centros comerciales, con sus palmeras y murmurantes paisajes remedando un oasis, podrían valorarse como un síntoma de que todavía no se ha producido una expulsión del hombre del paraíso de los trópicos, o al menos ésta ha sido aplazada hasta nuevo aviso.
“Tres tristes tigres”
En la ficción, sin embargo, o en la propia literatura, esa expulsión del paraíso tropical ya podría haberse anunciado –o incluso consumado–; como, por ejemplo, en Tres tristes tigres, la premiada novela del escritor cubano Guillermo Cabrera Infante.“Showtime! Señoras y señores. Ladies and gentleman. Muy buenas noches, damas y caballeros”, bienvenidos a “Tropicana, el cabaret MÁS fabuloso del mundo...”. Con esa invitación teatral, un maestro de ceremonias levanta el telón de la novela y da la bienvenida a su público, bajo la luz de los reflectores, con las siguientes palabras: “El trópico para ustedes queridos compatriotas... ¡El trópico en Tropicana!”
Ese “Tropicana” existe realmente en La Habana. Para los turistas, supuestamente, es una “visita obligatoria”. En los años treinta debió de parecer un Jardín del Edén, con su “ambiente tropicalísimo” y una arboleda de mangos, cedros y palmas reales. Unas bailarinas irresistibles como las “mulatas de fuego” se encargaban de hacer el resto en un escenario giratorio ya en 1945, con lo cual el público de visita en los trópicos perdía temporalmente la contenance, el juicio, la inocencia, o todo a la misma vez.
El cabaret Tropicana es por lo tanto una realidad histórica, pero es también una ficción. En la novela Tres tristes tigres, su autor, Cabrera Infante, en un memorable contraste con los habituales e inquebrantables clichés de la industria del turismo y de la publicidad, sondea los abismos de esa vida tropical y plantea con su obra la cuestión sobre la autenticidad de una cultura tropical que parece condenada al hundimiento.
Esa atracción polifónica y de fondo de los trópicos que Cabrera Infante orquesta en su obra no conoce la piedad. En la vida nocturna de La Habana se evapora el último resto de razón; las identidades se disuelven o, en todo caso, no se han formado en los trópicos. Una y otra vez, los personajes de la novela terminan acompañados de otros personajes dudosos, en medio de un pantano tropical. Y mientras vagan de un lado a otro entre boleros, aventuras amorosas, borracheras y mafiosos; mientras sostienen un diálogo de sordos más o menos hábil, haciendo confesiones grotescas, el lector de la novela, por su parte, busca orientarse en esa maraña de líneas narrativas complejas y, no obstante, tejidas con maestría artística. Los trópicos: no el paraíso, sino laberinto, cámara de espejos.
El mundo trazado por Guillermo Cabrera Infante se mofa de la idea de que los trópicos puedan convertirse en una segunda patria o una segunda piel y reportar alguna sensación de protección. “Estamos arrancados. Kaputt. Fini. Broken. Nos pelaron”, se dice en el texto. Y eso quiere decir que los trópicos no forman una segunda piel, sino que más bien nos han arrancado el pellejo y el cuero cabelludo.
Esas alusiones inescrutables a una crisis de identidad en los trópicos cubanos fue sentida por el régimen socialista de Fidel Castro como una provocación, razón por la cual clasificó la novela bajo la rúbrica de “contrarrevolucionaria”; en la España del general Franco, la novela de Cabrera Infante también fue censurada. Lo cierto es que los héroes de esa novela no están hechos ni para las acciones heroicas ni para una fidelidad nibelunga. En todo caso, en el libro se le consulta a Tarzán, ese héroe infantil de los trópicos, cuyas películas Cabrera Infante debió de estudiar siendo todavía muy joven: “¿Por qué tus preguntas vienen en tres? Everything happens in trees, diría Tarzán”.
Con Tres tristes tigres, Cabrera Infante celebra y parodia la infiltración de culturas e idiomas ajenos en el contexto tropical, el llamado crossover. Se supone que, en el calor de los trópicos, los cuerpos se funden. En este libro son más bien los idiomas y su sound. Impasiblemente, los personajes saltan de una expresión latinoamericana a otra anglosajona o europea, sus idiomas se “hibridizan”, para decirlo con el vocabulario del sociólogo y filósofo argentino Néstor García Canclini.
Los protagonistas aparecen de pronto como prisioneros de una hibridación tropical, y otras veces, sin embargo, parecen abrirse de un modo paradójico y estridente en un reino intermedio en el que se suspenden todas las determinaciones patrióticas, ideológicas o políticas.
Revolución y “tropicalismo”
Cuando la publicación de la novela levantó las primeras olas, surgió en Brasil el llamado “tropicalismo”, un movimiento artístico de protesta que se remitía a los trópicos en su programa y se rebelaba contra la dictadura iniciada en ese país en 1964.
En este caso, los artistas no reaccionaban tanto con una literatura provocadora, sino con una música atrevida y sus correspondientes representaciones teatrales como las del Teatro Oficina. Dos iconos del “tropicalismo”, los músicos Caetano Veloso y Gilberto Gil, fueron arrestados y tuvieron que huir al exilio, como Cabrera Infante, que se refugió en Inglaterra.
Ante las pretensiones higiénico-mentales de la dictadura por separar de un modo categórico las identidades, las ideologías, las clases, los géneros y los estilos, los artistas del “tropicalismo” respondieron con mezclas heterodoxas de música urbana y rural. Lo propio podía asilvestrarse, mezclarse con lo ajeno, el supuesto buen gusto se fundía con el mal gusto. Lo principal era que no se impusiera ninguna coacción al pensamiento, ninguna convención, ningún miedo al contacto o al contagio cultural.
Caetano Veloso aclaraba esto en una entrevista concedida al New York Times en el año 1989: “No existe una definición simple para el tropicalismo […] Sentíamos que debíamos responder en lugar de pretender ser unos niñitos y niñitas buenas que se portaban deliciosamente. Fue básicamente un movimiento negativo”.
La emancipación negativa del “tropicalismo” estaba bajo el signo de una estética tropical de la fusión, del mestiçagem de culturas afrobrasileñas, (latino)americanas, europeas y otras. Desde el punto de vista ideológico, los protagonistas del “tropicalismo” no querían encasillarse de un modo estricto y deseaban mantener su carácter heterogéneo. Un punto de referencia central del movimiento fue Osvaldo de Andrade o su Manifiesto antropófago, en el que se dice: “Queremos la Revolução Caraíba. Mayor que la Revolución Francesa [...] Vivimos a través de un derecho sonámbulo [...] Sólo me interesa lo que no es mío”.
Alegría vital
Aquí los trópicos son el punto de partida para las ambiciones “revolucionarias”, antiburguesas. De un modo malicioso, en el manifiesto se conjura la bendición del canibalismo y la alegría vital, supuestamente arcaica, de las tribus tropicales: “Antes de que los portugueses descubrieran Brasil, Brasil había descubierto la felicidad […] La alegría es la prueba del nueve”.¿Acaso podemos descubrir en las alegres e híbridas celebraciones masivas como el Love Parade ciertas reminiscencias de esa idealizada alegría vital de los trópicos? Con su estética corporal de aspecto exótico, ¿representa el Love Parade, un testimonio de la fusión intercultural? ¿Acaso los bailes tropicales, los ritmos y beats no se han comercializado ya desde hace mucho tiempo como una fórmula mágica para un mundo que parece perder el paso y estar a punto de perder su sentido del humor y su sentido lúdico?
Hasta el propio fútbol europeo parece entrar cada vez más en la órbita de esas redentoras promesas tropicales. Los periodistas deportivos alemanes y los espectadores alucinan cuando los héroes de la nación alemana ya no juegan sencillamente aquel fútbol rudo que “aplasta” al contrario, sino que consiguen vencerlo por fin con el “fútbol samba”, es decir, bailando, con los recursos de una ligereza y un virtuosismo asombrosos.
Durante el Mundial de Fútbol del año 2006, cuando otros europeos parecían superarse a sí mismos como dioses futbolísticos brasileños, el semanario suizo de izquierdas Wochenzeitung (WOZ) sacó a colación las nuevas circunstancias tropicales en el mundo del balón con las siguientes palabras: “A los brasileños les importó poco que la gente esperara de ellos alguna demostración de ‘fútbol-samba’, ¡y es que sólo aquí, en Europa, sabemos lo que es el fútbol-samba!”
Eso indica que el auténtico fútbol-samba tropical, la cultura de vida tropical y otras especialidades de los trópicos se confeccionan preferiblemente en Europa, esa fábrica de trópicos avant la lettre, y desde allí se exportan a todo el mundo, tanto a los trópicos como a la Antártida. Y mientras en esta última región los témpanos de hielo se derriten, los meteorólogos cuentan con que se produzcan “tormentas tropicales en el mar Mediterráneo”.
Como un mantra, algunos medios de comunicación masiva como el BILD-Zeitung evocan el cambio climático, el avance de los trópicos en dirección a Europa: “Otra vez calor, tormentas, aguaceros, ¡Los investigadores pronostican un verano tropical!”
Oficialmente, reinan las “temperaturas tropicales”, también durante el Mundial de Fútbol de 2006. Ante las cámaras, el mundo fue testigo de cómo los alemanes se transformaban de pronto en aquel calor de perros, mostrando de repente una alegría de vivir de aspecto tropical. Durante ese verano tropical, la capital estaba “casi irreconocible”, dijo con entusiasmo el canal ARD, mientras que DER SPIEGEL aseguraba: “El clima tropical hace que en Berlín abunden los sentimientos tropicales”.
Todos parecían estar de acuerdo. Por fin los trópicos habían llegado (también) a Alemania. Y si es cierto, como dice Arnold Gehlen, que el hombre es un “ser deficitario”, entonces son los trópicos, al parecer, lo que más necesita un hombre que siente frío y carece de una piel que le proporcione calor.
Es precisamente el catastrófico cambio climático lo que podría provocar una paradisíaca “tropicalización del estado del alma” en Europa. Por consiguiente, ya no hace falta buscar o “perseguir” la felicidad, como se dice en el inglés americano, a modo de “pursuit of happines”. La felicidad es quizá sólo una consecuencia del cambio climático, del ambiente tropical y del cenit potencial. Con un toque de alegría tropical y paciencia podría aparecer. “¡Arriba el telón!… Curtains up!”, se dice en Tres tristes tigres. ¡Se levanta el telón del teatro tropical, señoras y señores! La función acaba de comenzar.
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Martin Meggle
(1964, Múnich) estudió Filología románica. Desde 1994, ejerce como periodista, especializado en temas de relevancia intercultural, para distintos medios impresos y televisivos. En 2001, fue galardonado con un premio de periodismo por un artículo sobre psiquiatría publicado en el semanario Rheinischer Merkur.
(1964, Múnich) estudió Filología románica. Desde 1994, ejerce como periodista, especializado en temas de relevancia intercultural, para distintos medios impresos y televisivos. En 2001, fue galardonado con un premio de periodismo por un artículo sobre psiquiatría publicado en el semanario Rheinischer Merkur.
Traducción del alemán: José Aníbal Campos
Copyright: Goethe-Institut, Humboldt 2008




Candida Höfer




