La gran manzana latina: la identidad como coproducción

La salsa ha permitido a los nuyorican reconquistar para sí un territorio simbólico panlatinoamericano.
La cuna de la música latina es Nueva York. Y la industria cultural norteamericana, la madrina y la madrastra de varias generaciones de retoños latinos. El planteo no sorprenderá a quien siga con alguna atención la música que suena en los taxis, los shopping malls y las fiestas de casamiento latinoamericanas. Sin embargo, resulta algo desconcertante que un festival berlinés dedicado a Nueva York incluya una sección destinada a la música latina: tal fue el caso en el evento con el que reabrió sus puertas una de las instituciones culturales más señeras de Berlín, la Haus der Kulturen der Welt (Casa de las Culturas del Mundo). El festival dedicado a Nueva York constituyó la celebración del quincuagésimo aniversario de la sede arquitectónica de la Haus der Kulturen der Welt, un edificio emblemático del estilo de la modernidad que el gobierno estadounidense donó a Berlín Occidental en plena Guerra Fría. Cincuenta años después, la sociedad norteamericana ha cambiado en profundidad y el fenómeno de la música latina condensa esos cambios y sus implicaciones.
“Nueva York es el centro económico de la industria discográfica globalizada. Fue en Broadway donde surgió hace más de un siglo el sistema de comercialización musical que sigue rigiendo hasta hoy en día. Y no es casual que sea en Spanish Harlem, Bronx y Brooklyn donde se inventaron ritmos como la salsa, el bugalú y el reggaetón. Por eso, Nueva York es la capital de la música latina”, señala Detlef Diederichsen, quien tiene a su cargo la programación musical y teatral de este centro interdisciplinario internacional. Las presentaciones de grupos legendarios como Spanish Harlem Orchestra, el Grupo Folklórico y Experimental Nuevayorkino, y Los Pleneros de la 21, entre otros, permitieron explorar cómo se creó la música que a estas alturas se baila en el mundo entero y qué papel juega la industria cultural a la hora de construir identidades.
Más que un mero estilo de moda
La salsa es un arquetipo para el neófito que se inicie en los ritmos latinos y un engendro para los cultores de tradiciones más específicas. En la década de 1960, en el barrio de Bronx, músicos jóvenes, criados en Nueva York pero de padres portorriqueños o cubanos, comenzaron a mezclar el son montuno de Cuba con bases rítmicas y textos ingleses. Para espanto de los mayores, había nacido el bugalú; pronto pasó de moda, pero dejó un anhelo por los ritmos caribeños. Los nuyorican, los neoyorquinos de origen puertorriqueño, cubano o centroamericano, siguieron investigando la mezcla e hibridación del merengue, el son, la rumba y el chachachá, mezclados con soul y condimentados con efervescencia urbana. Poco después, en los años setenta, la compañía discográfica Fania Records lanzó la denominación genérica de “salsa” para que los públicos no latinos contaran con una etiqueta para identificar esa música polirrítmica y febril. Por más que el rey del mambo, Tito Puente, protestara recordando que la salsa se usa para la comida y que el término no existe para la música, el marketing funcionó: hecha la marca, hecha la fiebre.
Hasta entonces, en los Estados Unidos a los músicos de origen latinoamericano no les quedaba otra que “tropicalizarse” para el mercado blanco, actuando de “Hispanics” exóticos para alegrar las veladas de la clase media blanca, anglosajona y protestante. En Nueva York, el clima era otro: se respiraba fervor político y radical, se redescubrían las raíces africanas de las culturas caribeñas y neoyorquinas, se cultivaba la Nuyorican poetry, compuesta en un inglés lleno de inflexiones castellanas, y se escuchaba con fruición poesía del Tercer Mundo. Fue así como la fusión de ritmos caribeños varios con textos que hablaban de las alegrías y los sinsabores del inmigrante latinoamericano en la gran ciudad se transformó en algo más que en un mero estilo de moda. En lugar de integrarse en la sociedad norteamericana abandonando sus culturas de origen –el doloroso camino de la aculturación–, los latinos neoyorquinos lograron incorporarse al mercado cultural con algo nuevo, producto del mestizaje, la empatía y las ganas de bailar. La salsa permitió tematizar las duras condiciones de vida en el Barrio, como se denomina el enclave latino al norte de la calle 113, y darle expresión a una sensibilidad y un estilo de vida distinto del mayoritario. Pero sobre todo, la salsa permitió jugar con los estereotipos con los que se estigmatizaba a los latinos: el gran músico Willie Colón se hacía llamar “El malo”, y en el disco Cosa nuestra posaba vestido de mafioso frente al puente de Brooklyn con un cadáver enfundado en una alfombra a sus pies. A fines de la década de 1970, con su legendario tema “Pedro Navaja”, Rubén Blades le dio forma narrativa a la muerte anónima de un matón y una prostituta: la salsa también servía para hablar sobre la vida en la intemperie social.
En la década de 1990 comenzó a crecer exponencialmente la inmigración de origen latinoamericano. Forzados a buscar nuevos horizontes por las consecuencias de las reformas neoliberales en sus países, cientos de miles de dominicanos, mexicanos y salvadoreños, amén de muchas otras nacionalidades más, ingresaron en los Estados Unidos. En algún momento de 1996, la población de origen latinoamericano de Nueva York se transformó en la primera minoría, superando con un 27% al 25% que corresponde a la población afroamericana. En el censo norteamericano del 2000, la fracción latina de la población norteamericana llegaba al 17,6% del total (22,5% de Nueva York), transformándose en la primera minoría del país.
Lo periférico en el centro simbólico
Fue en el contexto de la nueva inmigración de la década de 1990 cuando se impuso un nuevo estilo, el reggaetón, fruto de otro curioso proceso de mezcla cultural: un músico panameño-neoyorquino, Edgardo Franco, alias “El General”, comenzó a mezclar reggae jamaiquino con hip-hop y textos rapeados en castellano. El resultado fue contagioso, pronto los jóvenes urbanos de Panamá y Puerto Rico se sumaron a la fiebre del reggaetón. El ritmo gangoso, las letras irreverentes y la competencia entre los cantantes le dieron un nuevo brillo a la escena latina, adormecida durante años al ritmo de las baladas romanticonas de la cultura del teleteatro. Tanto la invención de la salsa como la del reggaetón constituyen ejemplos de esos extraños momentos de libertad en que las culturas populares ponen lo periférico y excluido en el centro simbólico, permitiendo la mezcla de cultura alta y baja, de arte erudito y masivo.A través del reggaetón, dicen los cultores del género, se recuperó el espíritu de la salsa: la celebración de la “latinidad”. ¿A qué alude este sustantivo abstracto? “Ser latino en los Estados Unidos es participar de un proceso único de sincretismo cultural que puede transformarse en un modelo para toda la sociedad”, señala Juan Flores, uno de los teóricos de los Latin Studies, que, naturalmente, aparecieron en las universidades norteamericanas: “la latinidad es una práctica más que una representación de una identidad latina”. Es notorio que cada ola de inmigrantes en los Estados Unidos se reagrupa en el campo de fuerza de la cultura mayoritaria: para competir con otros grupos de presión, tienen que dejar atrás los elementos complejos y a menudo conflictivos que traen consigo con sus identidades previas (nacionales, regionales, locales, religiosas, políticas) y rearticularse de manera estratégica para generar etnicidades útiles en una sociedad donde los reclamos sociales no se plantean en términos de clase o como derecho ciudadano, sino en virtud de la pertenencia étnica.
La identidad como coproducción
En ese sentido, a partir de la salsa, los nuyorican reconquistaron para sí un territorio simbólico panlatinoamericano. El calificativo “latino” permitió integrar las variadas historias de los nuevos inmigrantes puertorriqueños, cubanos y caribeños, pero también la de los hijos y nietos de los primeros inmigrantes que habían perdido la lengua castellana. De allí en adelante, el gentilicio “latino” se transformó en la manera de incorporar las sucesivas olas de recién llegados. En la actualidad, el término engloba la heterogeneidad más absoluta: desde el nieto de chicanos de la costa oeste, que de sus orígenes no guarda sino un apellido y algún plato mexicano, hasta el argentino de antepasados italianos o judíos que se radica en Miami o Nueva York, pasando por caribeños, centroamericanos e incluso filipinos. “En este punto de nuestra experiencia”, escribe el teórico Román de la Campa, “más allá de la clase o de la etnia, ‘latino’ comienza a adquirir un sentido de pluralidad que deriva de una doble herencia lingüística y cultural”.
El fenómeno “U.S. Latino” ilustra cómo cambió el paradigma de las identidades en tiempos de globalización. En su variante moderna, las comunidades se imaginaban en relación con un territorio y una lengua únicos, e incluso la ficción de una raza, para construir una identidad nacional. Como en el continente americano la población indígena e inmigrante trastocaba el ideal de nación homogénea importado de Europa, se imaginaron nuevas soluciones: en el caso norteamericano, el “melting pot”, la fusión de identidades previas a través de la participación en el sueño de bonanza y movilidad social; en el caso latinoamericano, la incorporación en una comunidad nacional a través de la impronta de instituciones estatales como la escuela y el servicio militar. En tiempos de migración transnacional, en cambio, la identidad es políglota, multiétnica, descentrada, formada por elementos que provienen de la intersección de varias culturas. Y si antes el exilio era la condición más generalizada de los latinoamericanos en el exterior, ahora lo es la diáspora: la dispersión geográfica en conexión permanente con el lugar de origen por vía de los medios electrónicos.
Para el teórico argentino Néstor García Canclini, uno de los latinoamericanos más renombrados en materia de estudios culturales, las identidades contemporáneas se construyen, ya no en relación con los Estados, sino con el mercado. En lugar de como comunidades de lectores que se imaginan pertenecientes a una misma nación, las identidades se articulan en relación con la producción industrial de cultura, las tecnologías de comunicación y el consumo de mercaderías. “Dinamizada por procesos de comunicación multicontextuales, la identidad ya no puede ser vista como una narración ritualizada, como una repetición monótona proclamada por ciertos fundamentalismos. En tanto narración que renovamos de modo continuo, que reconstruimos con la colaboración de otros, la identidad debería ser entendida como una coproducción”.
¿Cuál será el efecto de los latinos sobre los Estados Unidos? En el presente ya constituyen una fuerza económica y una minoría cortejada por los partidos políticos. Pero el cambio es más profundo. Para el geógrafo Mike Davis, los latinos revitalizan las ciudades estadounidenses porque recuperan espacios públicos como ámbito vital. Por obra de sus emprendimientos familiares, “reconfiguran la topografía urbana del antiguo orden espacial para adaptarla a un urbanismo exuberante. Gracias a los latinos, East Harlem se transformó en un jardín tropical con restaurantes al aire libre”. En un nivel más político, señala Davis, la mano de obra latinoamericana, formada en la tradición de los sindicatos obreros, está comenzando a imponer la representación sindical aun en sectores tan liberalizados como los servicios turísticos.
En la actualidad, Los Ángeles tiene tantos habitantes salvadoreños como San Salvador, Nueva York tantos portorriqueños como San Juan de Puerto Rico, mientras que Nueva Orleans se ha transformado en la segunda ciudad de Honduras. De acuerdo con las proyecciones demográficas, en el año 2050 la nación “U.S. latina” será, con más de 96 millones de personas, el tercer país latinoamericano. Sin dudas, como predice el autor brasileño Alfredo Valladão, “el siglo XXI será panamericano”. Está por verse cuál será el efecto sobre los Estados Unidos cuando los latinos y los latinoamericanos participen en el emprendimiento conjunto de reinventar América.
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estudió Filología en la Universidad de Buenos Aires, donde también ejerció la docencia. Como periodista cultural, escribe regolarmente para medios de comunicación argentinos como Clarín, Página 12, Debate. Traduce textos filosóficos y obras teatrales del alemán al español. En la actualidad trabaja en Berlín en la Haus der Kulturen der Welt.
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