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Una relación con gran potencial
Marxismo y feminismo en Latinoamérica

© Revista Comando

La relación entre marxismo y feminismo no es siempre evidente. En Latinoamérica, voces feministas han encontrado en el legado de Marx formas de entender los sistemas de opresión.

De Ana Maria Ferreira

La relación entre Marx y el feminismo es, de entrada, problemática. Más aún la relación con el feminismo latinoamericano. Carlos Marx pensó el mundo en términos económicos; nos dividió a todos en opresores –los dueños de los medios de producción– y oprimidos, los trabajadores. Ni los dueños de los medios de producción ni los trabajadores tienen diferencias de género o nacionalidad marcadas. Al respecto se puede recordar el himno de los trabajadores del mundo, la famosa canción “La internacional”, que dice en el coro: “Agrupémonos todos, en la lucha final. El género humano es la internacional”. Hay que tener en cuenta, además, que Marx pensó desde y para Europa. Las menciones que hace en sus obras de América Latina o de los problemas específicos de las mujeres los podemos contar con los dedos de las manos.
 
Y sin embargo, Marx es mucho más que aquello que Marx escribió y el marxismo ha superado de lejos los textos del propio Marx. Muchas de las ideas del filósofo alemán, interpretadas por otros, han servido para intentar cambiar el mundo para bien. Algunas otras han sido interpretadas perversamente. El Capital, debido a su trascendencia –al igual que otros libros “clásicos” como la Biblia, el Corán o diversas constituciones nacionales– se ha utilizado para justificar cualquier cantidad de mundos posibles.

Luchas con ideas y acciones

Hoy, Marx y su filosofía son utilizados para hacer análisis que van desde lo económico hasta lo artístico, desde lo político hasta lo cultural. Uno de los filósofos marxistas más importantes en el pensamiento contemporáneo latinoamericano es el argentino Ernesto Laclau (1935-2014). Laclau escribió varios libros de lo que algunos han llamado “post-marxismo”. Uno de sus libros, Contingencia, hegemonía, universalidad: diálogos contemporáneos en la izquierda, fue escrito junto con dos de los rock stars de la filosofía moderna: Slavoj Zizek y Judith Butler. Butler, teórica de género y filósofa estadounidense, ha construido uno de los puentes más importantes entre marxismo y feminismo.
 
Butler es reconocida por sus estudios de género y su definición del género como performance. Sostiene que las ideas que tenemos convencionalmente sobre “ser mujer” y “ser hombre” (y todo lo que hay en medio) están más asociadas con ideas históricas que biológicas. En este contexto, vale la pena recordar que para Marx la historia es la mejor forma de entender el presente. Ahora bien, aunque Butler introdujo cambios muy importantes a la teoría feminista contemporánea, también ha sido criticada desde América Latina por su postura demasiado individualista y teórica. En términos generales, las corrientes feministas latinoamericanas han tendido más hacia un movimientos activistas más prácticos y combativos, que luchan con las acciones –no solo con las ideas– por las personas cuyos derechos han sido vulnerados.

Pues hay que dejar en claro que, desde sus orígenes, el feminismo en América Latina ha sido un movimiento explícitamente político.

Ana Maria Ferreira

Para el examen de la relación entre marxismo y feminismo en Latinoamérica, es probable que lo más interesante de la obra de Marx sea que aún sin haber reflexionado sobre la realidad de las mujeres, de América Latina, y mucho menos de las mujeres latinoamericanas, su pensamiento haya podido influenciar en gran medida el movimiento por los derechos de las mujeres en nuestro continente. Pues hay que dejar en claro que, desde sus orígenes, el feminismo en América Latina ha sido un movimiento explícitamente político.
 
Las ideas fundacionales del feminismo contemporáneo empezaron a surgir y difundirse en América Latina al mismo tiempo que surgieron las grandes dictaduras en el continente, durante los años setenta del siglo pasado. Las mujeres que empezaron a participar públicamente en la política lo hicieron desde una izquierda revolucionaria –crítica de las dictaduras derechistas y objeto de su represión violenta–, muchas veces abiertamente marxista. Estas mujeres no luchaban solo por sus derechos. Lo hacían también por los derechos de toda la sociedad. Tal vez por eso mismo, si bien las mujeres participaron activamente en la vida política, sus reivindicaciones como mujeres fueron relegadas a un segundo plano.

Cómo cambiar el mundo sin perderse

En este contexto vale la pena mencionar a dos activistas y autoras chilenas: a la socióloga Julieta Kirkwood y a la arquitecta Margarita Pisano. Ambas, en el contexto de la dictadura de Augusto Pinochet en Chile (1973-1990), acuñaron la frase “Democracia en el país, en la casa y en la cama”. En sus trabajos, el feminismo es un enfrentamiento directo, desde la izquierda, contra la dictadura. Dos obras dignas de nombrar son los escritos reunidos de Kirkwood en Feminarios (1987) y Una historia fuera de la historia. Biografía política de Margarita Pisano (Pisano en co-autoría de Andrea Franulic Depix, 2009).
 
Existen otros ejemplos paradigmáticos a lo largo del continente latinoamericano. Aunque la discusión teórica de Marx en algunos casos no sea evidente a primera vista en la lucha y las obras de estas mujeres, la presencia de ideas y tendencias marxistas es un elemento cohesivo. Un caso muy interesante es el movimiento de mujeres indígenas al interior del EZLN (Ejercito Zapatista de Liberación Nacional), en México, donde no solamente desde su condición de mujeres sino también de indígenas, las mujeres zapatistas han logrado hacer visibles sus necesidades y las de sus familias. Una de estas mujeres, “Marichuy”, como es conocida en México María de Jesús Patricio Martínez, estuvo recientemente en campaña para ser candidata a la presidencia de México. Aunque no logró reunir las firmas requeridas, fue muy interesante ver a esta indígena nahua presente en un ambiente político tradicionalmente blanco y masculino (algo muy usual en México, Latinoamérica, y por lo demás en la mayor parte del mundo).
 
En Argentina está el caso de Sonia Álvarez, profesora e investigadora de la University of Massachusetts Amherst, Estados Unidos. En trabajos colectivos como “Encountering Latin American and Caribbean Feminisms” o Translocalities/Translocalidades: Feminist Politics of Translation in the Latin/a Américas (2014), ha examinado en detalle la intersección de feminismo y racismo, ya que no es lo mismo ser una mujer blanca que ser una mujer de color.
 
También podemos reconocer la obra intelectual de Virginia Vargas, socióloga peruana, quien visibilizó entre muchas otras cosas los brutales casos de esterilización forzada a las mujeres campesinas en el Perú durante la presidencia de Alberto Fujimori (1990 a 2000). Una de las obras principales de Vargas, Cómo cambiar el mundo sin perdernos: el movimiento de mujeres en Perú y América Latina (1992), es un texto fundamental para comprender el feminismo latinoamericano y sus conexiones con los conflictos políticos y las luchas de izquierda en el continente.
 
El gran aporte de Marx y el marxismo al feminismo en general, y en particular al latinoamericano, consiste pues en el giro hacia pensar la sociedad en términos económicos, históricos y de poder. Virginia Woolf en su ensayo “Una habitación propia” (1929) propuso que lo único que necesita una mujer para escribir, para pensar, es la autonomía económica para poder tener un cuarto propio. Se podría decir que Marx –aún sin referirse directamente a la condición de las mujeres– propuso algo similar.
 
Históricamente, las mujeres han vivido bajo sistemas de opresión que les han impedido desarrollar sus habilidades. Esto también ha frenado a toda la sociedad. Marx entendió en su momento la crueldad de la explotación de los hombres por otros hombres e insistentemente propuso un mundo donde todos (hombres y mujeres, habría que añadir) pudiesen tener las mismas oportunidades. De acuerdo a diversos estudios, incluyendo informes de la ONU y del Banco Mundial, cuando la situación económica y política de las mujeres mejora, las circunstancias de su familia y de su comunidad mejoran también. Muchos movimientos feministas latinoamericanos –casi más que cualquier otro movimiento de activistas en el continente– han comprendido eso muy bien y luchan por romper el modelo social dictado por el dilema opresores-oprimidos.

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