Club de reparadores Juntos contra la obsolescencia programada

Club de Reparadores
Foto: Club de Reparadores

Se los puede ver un sábado a la tarde, en una plaza o en un galpón, en medio de una coreografía extraña: no están comprando ni vendiendo, comiendo ni bailando. Están reparando. Ropa, electrodomésticos, muebles, juguetes, libros, bicicletas: todo tiene arreglo para el Club de Reparadores, una tribu dinámica e itinerante de voluntarios que se juntan a darle batalla a la obsolescencia programada y el consumismo instaurado.
 
Marina Pla y Melina Scioli incubaron el club desde su iniciativa de difusión ambiental Artículo 41. “Empezamos trabajando con proyectos de reciclaje y eso nos llevó a preguntarnos cómo se generaba tanto residuo.  Descubrimos que muchas veces tiramos cosas porque se rompió una pequeña parte y falta un repuesto, o porque simplemente no sabemos arreglarlas. Muchos saberes tradicionales de reparación se están perdiendo, y queríamos ponerlos en valor”, cuenta Marina Pla.
 
En el club se reúnen los que tienen cosas que arreglar con aquellos que saben cómo hacerlo, o se las ingenian, o quieren aprender. El clima es de fiesta, pero también de trabajo y de taller. No se trata de dar un servicio gratis, sino de liberar la potencia de habilidades en común.

TALENTOS ABIERTOS

El primer encuentro tuvo lugar una soleada tarde en Parque Lezama, al sur de la Ciudad de Buenos Aires, en 2015. El club, que ya lleva dieciocho ediciones, pasó luego por casi todos los barrios porteños, viajó a las ciudades de Córdoba y Bariloche, y hasta visitó Montevideo, Londres y Nueva York. Y la cantidad de reparadores voluntarios no para de crecer. Llegan atraídos por la posibilidad de ser útiles y compartir sus habilidades.
 
Así llegaron Pablo Giordano, el pionero, un especialista en iluminación que se enteró por Facebook y se hizo cargo de la mesa de electricidad desde el primer encuentro; Gabriela y Adriana, hadas de las carteras y la bijouterie, con sus herramientas y costureros; Diego, biólogo que se postuló para arreglar electrónicos y abrió la primera mesa del rubro; Sabina, sonidista de radio, que pasaba por ahí cuando vio que estaban arreglando auriculares y se detuvo a ayudar. “Acá conviene hacer un zurcido invisible, ¿te enseño?”, ofrece Lamari, una de las entusiastas reparadoras de ropa. Ayuda a enhebrar la aguja, toma la media y empieza a dar su clase personalizada.
 
Muchas veces quien llega con algo roto termina ayudando a otros. “Le pasó al Pelado, un amigo que se da maña para arreglar bicicletas”, cuenta Melina Scioli. “En la edición del barrio Colegiales, donde hubo muchísima gente, se sintió abrumado; cuando se dio vuelta, había otros tres arreglando a la par”.

NO MÁS REHENES DE EMPRESAS FABRICANTES

¿Qué lleva a tantos a donar su tiempo y talento? Es un fenómeno que se explica cuando sucede. Cada objeto roto es un acertijo; la alegría de resolverlo se cruza con la de trabajar en equipo por un objetivo común, con el plus de que el trabajo es manual y palpable. El resultado es una fiesta de reafirmación colectiva frente a los caprichos del mercado, casi un acto de desobediencia tecnológica: plantarse como dueños de las cosas, no rehenes de las empresas fabricantes. El trabajo entre pares reemplaza la lógica de mercado por la del juego.
 
El club funciona a fuerza de colaboración: analógica, física, humana. Así lo sienten ─y agradecen─ reparadores y reparados. Marina Pla cuenta de un señor en Bernal que había traído un hornito eléctrico pero no creía que se pudiera reparar. “Sin embargo, Pablo lo arregló, y el hombre salió a la panadería y trajo chipás, que calentamos en el hornito”.

LA BELLEZA DE LA CICATRIZ

El Club de Reparadores se inspira en los Repair Cafés, que existen desde hace nueve años en los cinco continentes, y también en las fiestas Restart, orientadas a electrónicos.
 
La idea de tomar por las astas la reparación ─Do It Yourself (DIY) Repair─ está creciendo en el mundo de la mano de los movimientos anticonsumismo y de cuidado ambiental, que se toman la obsolescencia programada como una provocación más del capitalismo. En América latina esta es una tradición de siempre que se había diluido en la vida urbana de las últimas décadas y ahora cobra nuevo impulso. Con un año de camino recorrido, Pla y Scioli ya reconocen los hits entre los objetos rotos: “Bolsos y accesorios, lámparas, auriculares, minipimer”. El Club de Reparadores ya tomó vida propia y celebró ediciones en otras localidades de Argentina sin la presencia de sus fundadoras, que facilitan un tutorial.
 
"Nos interesaba resignificar la reparación, alejarla de algo engorroso o ajeno y asociarla con la sustentabilidad, la responsabilidad por nuestras cosas y nuestro consumo", explica Marina Pla. Por eso, antes de cada encuentro relevan la zona para invitar a los reparadores profesionales que vivan cerca: carpinteros, modistas, relojeros… “Son personas, en general mayores, que se sienten poco valoradas. Queremos volver a poner de moda la reparación”.
 
Pla rescata el concepto del kintsugi japonés ─que alaba la belleza de la cicatriz─, y muestra una funda de almohadón que está zurciendo con hilo dorado. "Buscamos asociar la reparación con una lógica del cuidado, el amor y el intercambio. Las cosas son solo cosas, pero tienen rastros humanos… Si alguien te ayuda a arreglarlas se vuelven todavía más humanas y significativas”.