Israel Eva Illouz

Eva Illouz
Foto: Cordula Flegel

¿Qué significa para usted el término “refugiado”?

Para un judío, la posibilidad de convertirse en refugiado está siempre a la vuelta de la esquina; es una potencialidad del ser, algo que acecha su existencia, incluso si vive en la comodidad de una sociedad occidental. El exilio, de hecho, está inscripto en la estructura y la constitución del pueblo judío –primero con el Exilio Asirio, en el siglo VIII a. de C., y luego en el siglo VI d. C. con el Exilio Babilónico–. De modo que uno de los elementos paradójicos constitutivos del pueblo judío son los actos de expulsión, que los obligan a repensar sus rituales religiosos (ya que pierden el acceso al templo), y a repensar incluso la noción de su propia unidad transterritorial como pueblo. Ser refugiado es casi un componente intrínseco de la existencia judía. Pensemos en las sucesivas oleadas de expulsión/migración que afectaron a los judíos: España en el siglo XV luego de la Inquisición; Rusia en el siglo XIX después de los violentos pogromos; Europa antes, durante y al finalizar la Shoá. Para los judíos, ser refugiados es una virtualidad de su existencia, algo que está profundamente grabado en su inconsciente colectivo. Un refugiado es aquel cuya supervivencia queda a merced de los poderes políticos. Es alguien que ha sido despojado de todo derecho y sólo cuenta con la generosidad y la hospitalidad de otros para garantizar su derecho a la vida.

¿Es menos legítimo huir de la pobreza que huir de la guerra o de la opresión política?

Un refugiado es alguien sin comunidad política; alguien a quien le han quitado toda posibilidad de pertenecer a una comunidad política, alguien sin Estado, sin grupo, sin ejército, sin leyes que lo defiendan. Para usar los términos de Agamben, un refugiado es alguien que vive una existencia completamente “desnuda” –esto es: una existencia reducida a la pura materialidad (zoe), por oposición a una existencia con representación y reconocimiento políticos (bios)–. Los pobres, al menos en principio, aún pueden pertenecer a una comunidad política. Pueden, como en el caso de los dalit en la India, tener representación política (no todos los llamados “intocables” son pobres, pero la mayoría vive en la pobreza más abyecta). Creo que habría que hacer una distinción: desde el punto de vista del que debe huir, es tan legítimo hacerlo a causa de la persecución como de la pobreza. Pero desde la perspectiva de los países receptores esa distinción todavía existe, y tal vez deba seguir existiendo. La pobreza es una muerte lenta, en tanto que las guerras y la persecución encierran la amenaza de una muerte violenta e inminente. Incluir a los pobres en el estatus de “refugiados” probablemente implique que se resientan las obligaciones morales establecidas por las convenciones internacionales sobre este asunto. En el caso de la pobreza es más difícil hablar de amenaza inminente de muerte. La solidaridad internacional para con la pobreza ha sido mediada desde siempre por filántropos voluntarios, en tanto que existe la obligación de asistir a los refugiados que están protegidos por el artículo 14 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948 –más tarde reformulada como la Convención sobre el Estatuto de los Refugiados (1951)–. Esas convenciones ratifican el derecho de las personas perseguidas a buscar asilo en otros países, y la obligación de los países de no expulsar o redirigir hacia la frontera a quienes acuden en busca de refugio (lo que en la Convención de 1951 se denominó “principio de no devolución”). En la imaginación moral de aquellos países que supuestamente deberían ayudar y acoger a los refugiados, eliminar las diferencias entre quienes huyen de la opresión política y quienes lo hacen de la pobreza haría que: a) la cantidad de potenciales refugiados se vuelva tal vez inmanejable, y b) se debiliten las categorías morales y por ende la urgencia con que se ofrece asilo a los refugiados y se garantizan sus derechos humanos. Debemos preservar un estatus especial para los refugiados políticos. Pero también deberíamos pensar en alguna clase de impuesto planetario (del mundo rico, incluida China) que pueda transferirse a las otras naciones para aliviar la pobreza.

¿Y qué opina de los que huyen a causa de problemas medioambientales?

En tanto somos capaces de asignar responsabilidades por los problemas medioambientales –fueron causados en su mayoría por Occidente, Japón y China–, entiendo que estos países deberían hacerse cargo de manera directa. Aunque no sé bien qué forma debería adquirir esa ayuda.

¿Cuándo se deja de ser refugiado?

Los refugiados palestinos que fueron asistidos por la UNRWA (Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados de Palestina en Oriente Próximo) son la prueba de que se puede conservar el estatus de refugiado durante algunas generaciones, ya que muchas de estas personas –consignadas hoy en cerca de cinco millones– jamás se integraron a otros países y aún viven en campos de refugiados. En 1948 eran cerca de un millón; ahora son cinco millones. Diría que alguien deja de ser refugiado cuando se halla cómodo en el mundo. Cuando se obtiene un lugar reconocible como miembro de una comunidad. No cuando se vive en un refugio junto al aeropuerto de Berlín. Creo que ahí está precisamente el significado de la palabra alemana “Heimat”: cuando tu idioma, o tus valores o tu vida resuenan en el espacio social en que vives.

¿Existe un derecho natural al asilo?

La de “asilo” es una noción muy vieja. La podemos hallar, por ejemplo, en la antigua civilización griega. Las iglesias cristianas la llevaron a su máxima expresión: protegían incluso a ladrones y asesinos, como si hiciera falta definir simultáneamente un sistema penal para castigar los crímenes y un espacio social donde poder escapar y evadir ese sistema de castigos. El derecho al asilo es una extensión política de la hospitalidad, eso que los griegos llamaban xenia, un código que regulaba las obligaciones de un anfitrión para con los extranjeros. De hecho, cada vez que un anfitrión trataba sin la debida cortesía a un extranjero corría el riesgo de que esa persona no fuera más que un dios disfrazado. La hospitalidad es un código prepolítico, y podríamos preguntarnos si el derecho al asilo no es también prepolítico: se refiere a lo que nos debemos los seres humanos mutuamente por ser parte de la misma especie, ya que está específicamente pensado para el extranjero. Tanto la hospitalidad como el derecho al asilo provienen del mismo impulso fundamental: ambos abordan la cuestión de cómo deben vincularse las personas que tienen un hogar con las que no lo tienen. Darle asilo a un refugiado que huye para salvar su vida no sólo humaniza al huésped, sino también a la persona que brinda el asilo. Ofrecerle asilo a un refugiado afirma la humanidad de ambos.

En caso afirmativo: ¿es un derecho incondicional o se puede perder?

El derecho es incondicional, a menos que los refugiados hayan perpetrado crímenes, a menos que intenten dañar al país anfitrión. De hecho creo que la Convención de Refugiados de 1951 les niega ese derecho a los criminales de guerra.

¿Piensa que hay un límite en la cantidad de refugiados que puede absorber una sociedad?

Estamos hoy frente a los movimientos poblacionales más grandes desde la Segunda Guerra Mundial. Y nuevamente estos desplazamientos fueron causados por las guerras, pero también por la apertura de las fronteras europeas, por la nueva permeabilidad del mundo. Pero volviendo a la pregunta: sí, hay un límite, pero con dos salvedades. La primera es que esa movilidad de bienes y de poblaciones que la Unión Europea promueve tan intensamente no fue acompañada por una reflexión seria sobre las fronteras de Europa. Toda la idea estuvo basada en eliminar fronteras internas, pero no se discutió dónde, cómo ni por qué la Unión Europea debería establecer su frontera exterior. La globalización no puede estar impulsada únicamente por la economía. Debe repensar la porosidad de la cultura y de las identidades. Segundo: sí, hay un límite en la cantidad de refugiados, pero no deberíamos sentirnos apabullados por esos números, porque los números –a diferencia de los principios– son fáciles de manipular. A los economistas les encantan las cifras. Les encanta reducir vidas y decisiones morales a costos, a PBI, a gastos públicos. Pero no debemos confundir esa discusión en torno a los números y las cantidades con la discusión sobre principios y política. Los economistas no deberían secuestrar a la política. Thilo Sarazzin calcula que cada refugiado le cuesta al Estado un millón de euros, lo que equivaldría a un gasto total de cerca de mil millones de euros. Pero estas cifras no pueden ser la respuesta a la pregunta de si la inmigración o el ingreso de nuevas masas poblacionales es algo bueno o malo para las sociedades europeas –demográfica, moral o culturalmente–, o cuánto estamos dispuestos (si es que lo estamos) a extender los límites de nuestra identidad y de nuestra solidaridad. El ingreso de nuevas poblaciones puede traer varias bendiciones: juventud, renovación demográfica, nueva fuerza laboral, nuevos valores y nuevas perspectivas sobre nuestra propia cultura. Al mismo tiempo, no deberíamos cometer el error de ignorar o despreciar la profunda necesidad de las poblaciones europeas de salvaguardar su identidad y su estilo de vida. La religión civil de los países europeos –sus códigos clave y sus símbolos– debe ser respetada, y no amenazada bajo la proclama del pluralismo cultural. Los grupos tienen derecho a preservar lo que perciben como su estilo de vida y sus valores. Si eso va a cambiar, lo hará únicamente mediante un proceso lento y voluntario de hibridación mutua.

En caso afirmativo: ¿dónde pondría ese límite y por qué?

La palabra clave en este caso es “gradual”. Es difícil mezclar poblaciones de la noche a la mañana. De modo que cualquiera sea la cantidad de refugiados de la que hablemos debe ser absorbida lenta y gradualmente, como para no sacudir demasiado el barco de la identidad, ni para un lado ni para el otro. Pero también vale hacer una distinción. Luego de los ataques en Orlando, Donald Trump se transformó en el abanderado de los derechos de los gays y de las mujeres y los usó contra los jihadistas. ¿Desde cuándo Trump se preocupa por reivindicar a los gays y a las mujeres? Sólo desde que puede utilizarlos contra los inmigrantes musulmanes. La xenofobia contra los refugiados es diferente de la xenofobia “clásica” de la década de 1930, en tanto invoca los progresos logrados por las mujeres y la comunidad LGBT. De modo que estamos en presencia de una xenofobia algo extraña, esgrimida en nombre de ciertos valores progresistas. Y esto supone un problema, ya que los xenófobos de hoy en día invocan valores reales, valores por los cuales nosotros –progresistas, personas de izquierda– hemos peleado. Entonces los progresistas y los conservadores invocan valores muy similares, y la amenaza actual a esos valores, compartidos por una gran cantidad de ciudadanos, genera un clima de miedo. Un miedo que atraviesa todo el espectro político. Pero en este punto no deberíamos confundirnos. Si existen ciertos aspectos xenófobos en la invocación de estos valores progresistas, eso no implica que no sea importante defenderlos; y tampoco quiere decir que no debamos razonar con nuestros propios miedos y poner en práctica políticas para crear un hogar para los refugiados y lograr que nuestras instituciones resulten atractivas de un modo convincente. A las sociedades europeas no habría que exigirles que apoyen las leyes de la sharía con el mismo respeto con que deberían apoyar los derechos humanos. Sería hipócrita de mi parte decir que respeto por igual el tratamiento que les dan a las mujeres los varones judíos ortodoxos, o los musulmanes devotos, que el modo en que lo hacen las leyes democráticas modernas. Las sociedades europeas son sexualmente abiertas, seculares, tolerantes, y no supone desdeñar a nadie decir que adscribimos a nuestros valores –valores por los que hemos luchado–. Podemos –y debemos– ser muy claros en cuanto a estos valores y estas instituciones, que logramos conquistar luego de una larga y sangrienta historia de batallas en pos de los derechos humanos y de las mujeres y la comunidad LGBT. Pero no debemos invocar estos valores para alimentar el miedo y el odio hacia los refugiados. Debemos desacreditar esa neoxenofobia esgrimida en nombre de los valores progresistas. Podemos afirmar unívoca y claramente quiénes somos sin usar nuestra herencia progresista como pretexto para desestimar los derechos de los refugiados a recibir cobijo y la posibilidad de una vida mejor.

En su país, ¿hay refugiados con privilegios, por ejemplo algunos que sean mejor recibidos que otros? En caso afirmativo: ¿por qué?

Israel es un país de inmigración y de refugiados; esto es, un país erigido por gente que sobrevivió a regímenes letales o huyó de ellos. Gran parte de la población que llegó a Israel desde comienzos del siglo XX hasta la década de 1950 (y luego los inmigrantes soviéticos y etíopes) podría ser caracterizada como a medio camino entre inmigrantes y refugiados. Pero como Israel es un Estado judío y a la vez un país para judíos, se da la particularidad de que los refugiados judíos dejan de ser refugiados apenas entran en Israel. De modo que quienes solicitan asilo no hallan un refugio, sino que vuelven al “hogar”. A los refugiados judíos en Israel ni siquiera se los percibe como tales. La condición de refugiado y su significado fueron eliminados de la conciencia israelí. Los refugiados judíos se convierten inmediatamente en ciudadanos, de modo que su estatus de refugiados desaparece al instante. Los verdaderos refugiados son aquellos que ha generado el propio Estado de Israel desde su creación –eran 800 mil en aquel momento, hoy son unos cinco millones, dispersos por todo Oriente Medio: Líbano, Jordania, Siria, Gaza y Cisjordania–. También están los refugiados de Sudán o de Eritrea, que han buscado asilo en Israel a través del Sinaí o de la frontera con Egipto. Pero Israel no les dio la bienvenida, precisamente a causa de sus leyes y del marcado sesgo étnico y religioso del Estado. Israel tiene hoy unos 45 mil refugiados africanos, pero no les permitió asentarse dentro de su territorio. Muchos viven en centros de detención. La política actual de refugiados consiste en rechazarlos y desviarlos hacia otros países. Algo bastante similar a lo que ha hecho Europa, en una escala mayor, con los turcos que le solicitan refugio. Mientras muchos judíos condenaron severamente la falla moral de los Estados Unidos a la hora de acoger a los refugiados judíos durante la Segunda Guerra Mundial, bien podemos que señalar que Israel no se comportó luego de manera muy diferente. Roosevelt se negó a abrirles las puertas a los judíos europeos, y los Estados Unidos empezó a rescatarlos sólo cuando ya era demasiado tarde, bien entrado 1944. No estoy del todo segura de que Israel haya alcanzado hoy siquiera esa perspectiva tardía de Roosevelt.

¿Aceptaría recortes en el sistema de seguridad social de su país para facilitar el ingreso de más refugiados?

En Israel muchos impuestos se usan para financiar la educación de niños ultra ortodoxos que jamás trabajarán, jamás servirán en el ejército, jamás pagarán impuestos y jamás aprenderán ni las más mínimas nociones de matemáticas o de inglés. Me haría mucho más feliz que ese dinero se destinara a ayudar a los refugiados, a lograr que tengan una nueva vida aquí en Israel.

¿Qué requisitos deberían cumplir los refugiados para lograr una integración satisfactoria?

La xenia griega establecía deberes y obligaciones tanto del huésped como del anfitrión. Los huéspedes deben respetar a los anfitriones. La obligación de aceptar las diferencias culturales existe para ambas partes.

¿Y los ciudadanos del país anfitrión?

No deben tratar a los refugiados como si la ayuda fuera inmerecida, ilegítima. Para el país anfitrión debe ser una obligación moral asistir a aquellos que huyen para salvar su vida.

¿Conoce personalmente a algún refugiado?

No.

¿Apoya de forma activa a algún refugiado?

No.

¿Es capaz de imaginar un mundo sin refugiados?

No. Según un informe reciente de las Naciones Unidas existe hoy en el mundo un refugiado por cada ciento trece habitantes. El planeta tiene hoy 65,3 millones de refugiados. Un país completo de tamaño promedio. Y en tanto estamos en un mundo globalizado, es probable que esa cantidad aumente. Es imposible que haya libre circulación de bienes, de gente y de imágenes, pero confinar a las personas a su propia geografía.

Usted o su familia, ¿han sido refugiados en alguna ocasión?

Tuvimos que abandonar Marruecos en circunstancias dramáticas, de la noche a la mañana. Huí con mis padres unos pocos años después de la Guerra de los Seis Días. Luego de ese conflicto se hizo muy notoria la enorme tensión entre las comunidades musulmana y judía del lugar –hasta ese momento el vínculo había sido bastante pacífico–. Pero el nacimiento del nacionalismo judío y la derrota de los países árabes fue un golpe duro para la conciencia árabe, y eso creó tensiones. A mi padre le advirtieron que corría riesgo de ser detenido, de modo que dejamos Marruecos de inmediato. Nos ayudó un pariente que tenía un puesto jerárquico en la aerolínea nacional. Ese mismo día nos consiguió un avión privado hacia París. A la mañana fui al colegio, como siempre, y a la noche ya estaba en París. Fue algo bastante terrible para una niña. Pero fuimos una suerte de refugiados de lujo: viajamos en avión privado, no arriesgamos la vida en una balsa en altamar. Mi familia integraba una categoría híbrida: éramos entre refugiados e inmigrantes. Y ni siquiera estoy segura de que nos consideráramos refugiados. Hicimos algo prácticamente de rutina para un judío: huir cuando las cosas empiezan a ponerse peligrosas. Como dije al comienzo, el exilio es una parte casi normal de la conciencia judía. Francia no nos consideraba refugiados, sino inmigrantes.

¿Piensa que podría serlo en el futuro?

El futuro político de Israel es incierto. Si un grupo de judíos mesiánicos accediera al poder, entonces sí: podría convertirme otra vez en refugiada. Muchos de mis amigos y yo podríamos ser refugiados de otros judíos.

En caso afirmativo: ¿por qué?

Porque creerían que Israel debería ser gobernada tajantemente bajo las leyes judías talmúdicas, y que la ley secular no debería tener lugar en un Estado judío. Porque en semejantes condiciones los derechos humanos serían percibidos como una amenaza para el Estado (ya se los percibe así). Porque nos oponemos a la visión de un país sólo para judíos.

¿Cómo se prepararía llegado el caso?

No lo hago.

¿En qué país se refugiaría?

Suprema ironía de la historia: en Francia o en Alemania.

¿Cuánto “hogar” o cuánta “patria” necesita?*

Incluso los cosmopolitas sin raíces como yo necesitamos un hogar, una lengua en que habitar, un lugar donde –y por el cual– pelear. Si el hogar es ese lugar por el que se lucha, entonces es Israel. Si el hogar es ese lugar donde uno sostiene conversaciones continuas con otras mentes y otros corazones, entonces ese lugar es Francia.

*Esta pregunta ha sido tomada del cuestionario de Max Frisch sobre “Heimat”.