Sudáfrica Antjie Krog

Antjie Krog
Foto: Goethe-Institut Johannesburg

Me enoja mucho leer estas preguntas. Aparentan ser ingenuas. Fingen preocupación y falta de conocimiento: nosotros realmente no sabemos, ¿podrían ayudarnos, por favor? Y sin embargo cada pregunta tiene impresa la huella de los poderosos, de los que nunca serán refugiados, de los que tienen suficiente poder como para acuñar matices extravagantes: refugiado político, refugiado económico, refugiado ambiental.

Por lejos lo peor de estas preguntas es que se basan en el supuesto de que si “nosotros” lográramos saber y entender, realmente podríamos modificar la difícil situación de los refugiados. Así, si todos “nosotros” acordamos que el mejor tipo de refugiado es el refugiado político (al menos tiene principios y probablemente trabajo), entonces “nosotros” podremos recibir un millón doscientos mil en lugar del millón que habíamos calculado inicialmente. Gracias por confirmarnos que los que huyen de la pobreza son los peores: se nos vienen encima en forma de jóvenes machos sin educación, decididos a encontrar el modo de vivir de la seguridad social. Los refugiados ambientales, por supuesto, son de primera categoría, ya que todos amamos el planeta.

¿Dije “amamos el planeta”? ¿Acaso ustedes –ese “nosotros” que redactó estas preguntas– pueden decir sinceramente que el planeta resistiría si todo el mundo viviera a su manera? Sí, todos quieren vivir como ustedes. Tener una casa que cuente con cantidades ilimitadas de agua y electricidad, transporte, dispositivos para redes sociales, refrigeradores con comida, comercios llenos de productos, escuelas buenas y seguras, calles agradables, vecinos amables, trabajos interesantes, vacaciones en otra parte sin nunca depender de nadie. ¿La Tierra puede sostener eso? Claro que no. Muy bien. ¿Entonces ahora ustedes viven con más mesura, más humildad, más sobriedad, más escasez y comparten lo que tienen? Claro que no. Entonces, ¿cuál es la verdadera pregunta? Desde la década de 1970 es posible producir comida como para alimentar al mundo. ¿Por qué no está ocurriendo? La mayoría de las enfermedades pueden detenerse o curarse, ¿por qué no está ocurriendo? ¿Por qué la mayoría de los seres humanos llevan vidas insoportables?

Todo se reduce a esto: ¿cuándo el Primer Mundo comenzará a compartir con equidad con el resto del mundo?

Toda fricción y toda guerra surgen de la necesidad de acceder a ciertos recursos, porque los recursos no están distribuidos equitativamente. Para reclamar el derecho a determinado recurso uno utiliza el género, la historia, la política o la religión. Estos no son conflictos reales: enmascaran el deseo de acceso exclusivo. Y para que no olvidemos el doble revés: aquellos países que no quieren recibir refugiados suelen venderles armamento a los que están en guerra. Y es de allí de donde vienen los refugiados: de los recursos desviados. Y los recursos se desvían debido al saqueo y la manipulación de los poderosos.

A esto me refiero cuando digo que estas preguntas tienen un halo de desconocimiento: de desconocer por qué algunos nunca tienen frío, hambre o pánico pero sí tienen tiempo para jugar, entretenerse y viajar, mantener sus cuerpos sanos, sus dientes blancos y parejos, por qué sus almas se la pasan calculando el costo de involucrarse.

El término “refugiado” no puede tener un significado especial para mí, porque el significado ya le fue conferido por el sector dominante: “refugiado” significa gente rechazada o descartada por los más poderosos. En el momento en que es tildado de refugiado, uno queda asociado con ser patético y sentir vergüenza. Vergüenza de que quienes provocan esa confusión lo vean a uno como patético e inútil, y pisoteen el derecho a vivir donde uno quiere; de estar a merced de filántropos internacionales y compasivos países occidentales. ¿Adónde ir? ¿Qué hace uno para que ellos lo vean, de modo que le permitan tomar un paquete de comida, subirse a sus camiones, arrastrarse a través de sus fronteras, trepar sus paredes, llegar nadando hasta sus playas?

El término refugiado implica un impotente que necesita a un poderoso; un desvalido que le suplica a un generoso. Pero más aun: implica que el impotente es impotente porque en un sentido nunca tuvo ningún poder real y por lo tanto nunca pudo asegurar su posición ni la de su familia. De manera que, de hecho, son esos inútiles los que se presentan de a millones en nuestro umbral: los débiles y patéticos; esos con quienes no se puede hacer nada, salvo recibirlos como a gatos o perros vagabundos, “absorberlos” tratando de que nos provoquen la menor molestia posible. Mientras tanto, formulamos una serie de reglas y condiciones para esta aceptación, de modo de poder usar esa palabra inimitable, la palabra que impulsa al poder a los partidos europeos de derecha, y provoca cosas como el Brexit y Trump: la palabra “integrar”.

Ignorando la multidiversidad del mundo, algunas naciones de pronto tienen derecho a decidir: puedes o no puedes entrar en mi país o en mi barrio, o en mi sistema de seguridad social. Amparadas en los anticuados conceptos de nacionalismo y el derecho a la propiedad privada, levantan barreras y establecen condiciones; como si la tierra, el aire y las aguas nos pertenecieran, como si tuviéramos derecho a prohibirle a alguien la universalidad.

¿Cuánto “hogar” necesitamos? Cada uno de nosotros necesita el mundo entero. Necesitamos el mundo entero para ser completamente humanos y humanitarios. La gente necesita poder moverse, como se ha movido a través de los continentes desde que empezó a haber vida sobre la Tierra.

L'envoi

¿Criticar estas preguntas es solamente otra manera de culpar a occidente de todos los males sin tener ningún otro plan? Mi plan es el siguiente: declarar en todo el mundo un período de siete años de hospitalidad. Todo el transporte es libre y la gente puede trasladarse a cualquier parte del mundo. Puede mudarse a otra calle, a un parque, a la casa y los terrenos de un millonario, a palacios, playas, bosques, continentes. Puede irse adonde crea que va a llevar una vida mejor. Los que están muy satisfechos con dónde y cómo viven, en otras palabras los anfitriones, tienen que vivir con los nuevos vecinos durante siete años. Si uno es rico, rápidamente encontrará otra casa para la nueva familia, educará a sus hijos y les pagará la comida y la asistencia médica. Después de siete años esta hospitalidad llega a su fin y todos empezamos de cero. Algunas personas serán desalojadas, pero mucha gente estará mejor, y el mundo, con un poco de suerte, será más equitativo.

Es esto o la revolución. Es esto o los africanos famélicos, los sirios amenazados, los paquistaníes desesperados desbordarán las compuertas del privilegio y por la noche tendrán que irse a dormir con un guardia armado hasta los dientes frente a la puerta que, como parte de la protección a sus privilegios, les disparará a las mujeres, los niños, los discapacitados y los desesperados.

Ninguna nacionalidad debería reclamarme, ninguna frontera detenerme, mi visa es mi humanidad y debo ser recibida en cualquier lugar del mundo.

Postdata: todo lo aquí expresado se me aplica especialmente a mí, en tanto persona blanca que vive en Sudáfrica.