Gran Bretaña Frances Stonor Saunders

Frances Stonor Saunders
Foto: Sophia Spring

¿Qué significa para usted el término “refugiado”?

Significa alguien que busca refugio y que debe, o debería, ser protegido merced a antiguos y modernos pactos de amparo y resguardo ante el peligro. La Odisea de Homero, la épica fundante de la trágica falta de hogar, establece que los derechos del suplicante son sagrados: Zeus es el “protector de los extranjeros”, patrono de un código universal de conducta en el que el altruismo es, esencialmente, una cuestión de interés personal: uno alimenta, viste y aloja al forastero porque puede que algún día necesite la misma ayuda. De esta manera el excepcionalismo –o deshacer el contrato que surge de esta ley mutua de hospitalidad– es en última instancia una forma de perjudicarse a uno mismo.

¿Es menos legítimo huir de la pobreza que huir de la guerra o de la opresión política?

No es menos legítimo, pero legalmente es diferente. El estatus del refugiado es definido por una necesidad urgente e inmediata de asilo: uno se vuelve refugiado para salvar su vida; en el caso del emigrante económico, se considera que se traslada para mejorar su vida. Es llamativo lo contradictorias que son las actitudes hacia el migrante económico: por un lado se lo describe como oportunista y ambicioso, y por lo tanto no digno de los privilegios y derechos que sí tienen otros ambiciosos (aquellos de nosotros que gozamos de circunstancias mucho más prósperas). Por otro lado, se los recluta activamente como piezas de repuesto en nuestra fuerza laboral, como turnos extra para apuntalar economías amenazadas por el estancamiento o la reducción de las tasas de natalidad.

Sin embargo, cualquier distinción entre el refugiado y el migrante económico colapsa junto con el bote inflable en el que ambos se trasladan. La situación actual, en la que tanta gente aborda su propio coche fúnebre antes de estar efectivamente muerta, marca el momento en que la globalización se da de cara contra su propio despliegue publicitario, según el cual los límites de la geografía ya no serían los límites de nuestras vidas. En cambio, lo que creó es un mundo de barricadas y divisiones, en el que poblaciones enteras parecen estar viviendo –y muriendo– dentro de una historia diferente de la de uno. El cambio radical en la vigilancia del acceso territorial durante la última década se hace más evidente en los Estados Unidos y la Unión Europea, cuyos preciados principios liberales de apertura y movilidad están siendo amurallados tras una política de exclusión. Este es el liberalismo de la posesión, defendido por fronteras cada vez más infranqueables, que incrementa marcadamente los presupuestos de ejecución, las nuevas e invasivas tecnologías de vigilancia y otros mecanismos de rechazo. La gente podrá ser detenida en la frontera pero sus reclamos la cruzan igual.

¿Y qué opina de los que huyen a causa de problemas medioambientales?

La globalización ha colisionado contra las condiciones medioambientales que causan grandes dispersiones de gente, e incluso las ha exacerbado. Por lo tanto los beneficiarios del capitalismo global deben ser implicados en las desastrosas consecuencias de no haber podido salvaguardar el medio ambiente. Y aun así reaccionamos a esta realidad con un acto de emigración mental colectiva, un proceso que Max Frisch describió como “empujar nuestra aceptación de la culpa hacia alguna región inconmensurable donde nosotros mismos podemos dejar de creer en ella. Esto es, por supuesto, una huida a la sublimación, que nunca puede producir el cambio”. El Papa Francisco, en su primer viaje oficial fuera de Roma en julio de 2013 –a la isla de Lampedusa–, se refirió a este tema de la huida hacia la negación. En mitad de su homilía sobre las dificultades de los inmigrantes (que dio desde un altar hecho con un barco viejo), preguntó: “¿Dónde está tu hermano? ¿Quién es el responsable de esta sangre? En la literatura española hay una comedia de Lope de Vega que narra cómo los habitantes de la ciudad de Fuente Ovejuna matan al gobernador porque es un tirano, y lo hacen de modo que no se sepa quién ha realizado la ejecución. Y cuando el juez del rey pregunta: ‘¿Quién ha asesinado al gobernador?’, todos responden: ‘Fuente Ovejuna, Señor’. ¡Todos y nadie! También hoy esta pregunta surge con fuerza: ¿Quién es el responsable de la sangre de estos hermanos y hermanas? ¡Nadie! [...] La globalización de la indiferencia nos hace a todos innominados, responsables sin nombre y sin rostro”.

¿Cuándo se deja de ser refugiado?

La etimología latina incorpora el deseo de regresar: re, “volver a”; fugere, “huir” o “escapar”. Ulises no es un refugiado cuando se va a luchar a Troya; es un ambicioso. Pero se convierte en refugiado cuando intenta volver a su casa y durante diez años es acosado por las peripecias del viaje: el mar lo azota, el barco naufraga, queda completamente despojado. Escapa con dificultad del Cíclope, que invierte los derechos de los extranjeros, comiéndoselos en lugar de ofrecerles comida. “¡Bárbaro!”, le grita Ulises a su anfitrión moralmente disléxico, “¿cómo, después de esto, vendrá a visitarte ningún hombre de la Tierra?”. Hoy en día a Ulises le celebrarían la dirección del viaje porque el refugiado que quiere regresar a su hogar siempre es más bienvenido que el que acepta que ya no tiene hogar y busca subsanar el déficit forjándose una vida nueva en un lugar nuevo.

Tal vez un refugiado deja de ser refugiado sólo cuando está en condiciones de ofrecerle su hospitalidad al anfitrión, cuando el derecho a recibir del suplicante pasa a ser un derecho a dar.

¿Existe un derecho natural al asilo?

Todos esos que llaman “derechos naturales” son valores humanos, y los valores cambian según quién esté evaluando y cuándo. El ideal del valor equitativo de la libertad es consagrado en la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948. Este es el documento legal internacional más exhaustivo del mundo, y en su Artículo 14 (1) establece que “en caso de persecución, toda persona tiene derecho a buscar asilo, y a disfrutar de él, en cualquier país”. Agrega luego que “Toda persona tiene derecho a una nacionalidad” y que “a nadie se privará arbitrariamente de su nacionalidad ni del derecho a cambiar de nacionalidad” (Art. 15, 1, 2). El problema es que, si bien presenta el derecho al asilo como una ley natural, la Declaración no se expresa sobre cómo debe efectivizarse en el derecho positivo. No se especifica nada sobre las obligaciones de los Estados, lo que significa que estos derechos no tienen destinatarios específicos. Así, se reconoce el derecho a emigrar pero no el derecho a inmigrar, otorgándole al solicitante de asilo lo que los filósofos del siglo XVII denominaron “realidad imposible” (ejemplo: “oscuridad visible” o “sustancia inmaterial”).

Extrañamente, en la Inglaterra medieval un criminal gozaba de más privilegios de asilo que el actual refugiado (que respeta las leyes).

En caso afirmativo: ¿es un derecho incondicional o se puede perder?

No es incondicional porque el derecho de una persona conlleva la obligación de otra. Todo derecho es una negociación. Los asesinos o criminales de guerra, por ejemplo, no pueden ampararse en el proceso de asilo. Para el Cíclope de Homero, son Ulises y sus hombres los culpables de vulnerar los derechos de los extranjeros, surcando las rutas marítimas “como piratas por la mar, que andan a la aventura exponiendo sus vidas y llevando la destrucción a los de otras tierras”.

¿Piensa que hay un límite en la cantidad de refugiados que puede absorber una sociedad?

Ah, la pregunta por la cantidad, con su constante pero insincero (¿falso?) pedido de respuesta. ¿Diez? ¿Diez mil? ¿Cien mil, como sugiriera para Gran Bretaña la ex ministra del Interior en las sombras Yvette Cooper, una cifra que se traduce en diez familias por cada municipio del país? ¿El millón de Merkel? ¿Cómo llegar a las incómodas fracciones en base a las cuales se calcula la vida humana? ¿Por qué siquiera lo intentamos? Nuevamente Max Frisch: “Toda respuesta humana, como bien sabemos, está abierta al ataque desde el momento en que trasciende lo personal y pretende ser válida en un sentido general, y la satisfacción que sentimos al contradecir las respuestas de otros surge del hecho de que al menos nos permite olvidar la pregunta que nos está molestando. En otras palabras: lo que en verdad queremos no es una respuesta sino sólo olvidar la pregunta. Para poder librarnos de la responsabilidad”.

En caso afirmativo: ¿dónde pondría ese límite y por qué?

Un planteo: ¿la sugerencia de Yvette Cooper habría sido aceptada si los cien mil hubieran sido todos Einsteins?

En su país, ¿hay refugiados con privilegios, por ejemplo algunos que sean mejor recibidos que otros? En caso afirmativo: ¿por qué?

A nosotros nos gustan los refugiados famosos. Cuando Malala Yousafzai estaba en coma, después de que la balearan los talibanes, se convirtió en un premio que todos querían ganar: su familia recibió ofertas de todas partes del mundo; en un principio acordó que la enviarían a Alemania, después aceptó el ofrecimiento del gobierno británico de traerla a Inglaterra. A partir de ahí, la historia de esta niña se expande y gana impulso; capa sobre capa se va construyendo todo un sentido y una iconografía hasta que la convierten en un símbolo universal. “Su vida es un milagro”, dice su padre. “Creo que no sólo yo la tengo como hija. Ella es de todos. Es la hija del mundo”.

Otros refugiados famosos cuya exfiltración satisfizo el complejo redentor de Occidente: Einstein, Freud, Heinrich y Golo Mann, Hannah Arendt, Anna Seghers, Simone Weil, Victor Serge, Walter Benjamin (muerto en ruta), Franz Werfel y su esposa Alma Mahler, Lion Feuchtwanger, Marc Chagall, Jacques Lipchitz, Moïse Kisling, el joven Claude Lévi-Strauss, Max Ernst, André Breton.

¿Reciben los refugiados en su país un tratamiento justo?

En Inglaterra la justicia se distribuye de manera muy arbitraria, y no sólo en el caso de los refugiados. Como a nadie se le ocurre una explicación mejor para esta arbitrariedad, los que suelen recibir las críticas son los extranjeros (malditos extranjeros).

¿Aceptaría recortes en el sistema de seguridad social de su país para facilitar el ingreso de más refugiados?

No, eso sería una carrera cuesta abajo para todos. ¿Por qué mejor no reducen los enormes presupuestos del sistema de vigilancia y seguridad, que actualmente está convirtiendo el panorama físico y mental en un asedio medieval moderno? No se puede tener seguridad si no se sabe cómo luce.

¿Qué requisitos deberían cumplir los refugiados para lograr una integración satisfactoria? ¿Y los ciudadanos del país anfitrión?

En el invierno de 2015, mientras hacía un documental radial sobre refugiados en Austria, encontré un folleto que acababa de ser publicado por el gobierno de la ciudad de Salzburgo. El folleto, que se les entrega a los refugiados cuando llegan, habla sobre valores fundamentales –igualdad de género, neutralidad del Estado respecto de la religión, etc.–, pero también desaconseja hacer demasiado ruido los domingos (cortar el césped, por ejemplo), no respetar el “espacio personal”, llegar tarde a una cita. Es una especie de código de circulación cultural, lleno de carteles de “ceda el paso” que le solicitan al extranjero que ingrese al flujo de tránsito que es el modo de vida austríaco. Lo que expresa con mucha amabilidad es la nerviosa esperanza de que quienes lleguen en busca de una nueva vida se incorporen a su contrato social. No es una advertencia asimilacionista del tipo “te adaptas o te vas”, sino un manual básico de bienestar en tanto asunto común y colectivo, una póliza de seguro en la que todos –anfitrión y huésped, visitado y visitante– deben invertir.

¿Es posible, hoy en día, tener una identidad básica sin algún tipo de inclinación a complicar esa identidad? ¿Por qué tememos que esto equivalga a una destrucción? ¿Podemos imaginar una identidad en lugar de simplemente heredarla?

¿Conoce personalmente a algún refugiado?

Conozco a muchas personas que fueron refugiados, pero a muy pocos refugiados actuales.

¿Apoya de forma activa a algún refugiado?

Sí, pero no llego a satisfacer el código homérico.

¿Cómo cree que va a evolucionar la situación de los refugiados en su país en los próximos dos años? ¿Y en las próximas dos décadas?

El referéndum por el Brexit me enseñó que la predicción es una moneda fallida. Si tuviera que arriesgar una respuesta, sería algo entre peor y mucho peor (para el refugiado).

¿Es capaz de imaginar un mundo sin refugiados?

No querría; es como tratar de imaginar un sistema “tan perfecto que nadie necesitará ser bueno” (T. S. Eliot). Hay que tener cuidado con las utopías. Frisch escribió que el Paraíso es “la nota de crédito de Dios para los pobres y los oprimidos”. El pensamiento mágico es una huida de la realidad, un aparato ficcional que puede brindar cierto alivio ante la adversidad cotidiana de ser humano, pero no tiene el poder de resolver esa adversidad. Si partimos de una premisa falsa, llegaremos a un resultado falso. Siempre habrá refugiados.

Usted o su familia, ¿han sido refugiados en alguna ocasión?

Mi padre y su familia fueron refugiados de Rumania durante la Segunda Guerra Mundial. Cuando huyeron, la Gran Rumania ya no era tan “gran” sino más bien una zona de posibilidad menguante, limitada por el miedo y la contingencia. Fueron refugiados durante cinco años, entre el fin de la infancia y el comienzo de la adolescencia de mi padre. La experiencia le enseñó más sobre irse que sobre llegar.

¿Piensa que podría serlo en el futuro? En caso afirmativo: ¿por qué?, ¿cómo se prepararía llegado el caso?, ¿en qué país se refugiaría?

A veces me imagino cómo sería tener que empacar toda mi vida rápidamente e irme. ¿Qué me llevaría? Un mapa del mundo (no tengo smartphone con GPS, tal vez me compraría uno, con un cargador), botas de montaña, mi bicicleta con el inflador y el kit para reparar pinchaduras, atrás una alforja con ropa impermeable, medias, cepillo de dientes, comida, agua, un encendedor, tabaco para armar, una linterna, un botiquín básico, una herramienta multifunción. Dinero (escondido). Ah, mis anteojos, sin los cuales estaría perdida (o más perdida), aunque no poder ver todo lo que pasa a mi alrededor puede llegar a ser una ventaja. ¿Me entrará una tienda de campaña? ¿Y un saco de dormir? ¿Qué hacen los refugiados con las llaves de su casa? ¿Llevo documento de identidad o no?

Einstein se llevó su violín. Freud se llevó su diván. Béla Zsolt, huyendo de Budapest a París un día antes de que se declarara la guerra, se llevó nueve maletas –“todas mis posesiones, mi ropa, la ropa de mi esposa y todas las necesidades y pequeños lujos que habíamos juntado a lo largo de nuestra vida: los objetos, los fetiches”–. Durante el transcurso de la guerra, las nueve maletas pasan a ser una mochila, la mochila pasa a ser una caja de zapatos, la caja de zapatos pasa a ser una caja de galletas que le regala un conocido. Eso, dice Zsolt, es “todo el equipaje que tengo”.

¿Hacia dónde va uno cuando deja atrás un futuro promisorio? En el Diario del año de la peste, de Daniel Defoe, un personaje se aleja de la peste: avanza hacia el norte para que el sol no le dé en la cara y esa es la única razón.

¿Cuánto “hogar” o cuánta “patria” necesita?*

Como probablemente Frisch haya notado, la misma pregunta fue planteada por Jean Améry en sus memorias filosóficas de Auschwitz (Más allá de la culpa y la expiación), publicadas por primera vez en 1964. Nunca podría hacerle justicia a la profunda y meticulosa indagación de Améry sobre el exilio y la falta de hogar; la pérdida de todo lo que llenó la propia conciencia, “la búsqueda frenética de identidad”, el vacío de una vida separada a la fuerza del contexto del hogar y la realidad particular que produce. Expulsado de su hogar por sus conciudadanos, Améry se encontró en una “condición neurótica, totalmente imposible” en la que la tierra natal, que terminaría odiando, seguía exigiéndole que la anhelara.

El significado temprano de la palabra alemana para decir tristeza implica exilio. En resumen, concluye Améry, “no es bueno no tener hogar”.

*Esta pregunta ha sido tomada del cuestionario de Max Frisch sobre “Heimat”.