Croacia Srećko Horvat

Srećko Horvat
Foto: Srećko Horvat

¿Qué significa para usted el término “refugiado”?

Los refugiados son personas que ni siquiera tienen el derecho a tener derechos. Cada refugiado es un espejo del fracaso de nuestras políticas; su existencia es la señal de que hay algo profundamente corrupto en nuestro mundo.

¿Es menos legítimo huir de la pobreza que huir de la guerra o de la opresión política?

La lucha actual en torno a la diferencia entre “migrantes económicos” y “refugiados” es puramente ideológica. A pesar de que haya una diferencia entre las personas que huyen de la guerra y los migrantes que buscan un mejor trabajo, tenemos que comprender que incluso la pobreza es el resultado de un problema estructural, y el nombre del problema es: capitalismo. Mientras exista el capitalismo, que está basado en la extorsión y la explotación, habrá refugiados. Hoy, cuando casi exclusivamente a los refugiados sirios se les otorga el derecho de ser llamados así, nos estamos acercando a una época de cinismo en la que les damos la espalda, nuevamente, a todas las otras guerras que tenemos y que fueron creadas por Occidente: desde Afganistán hasta Irak, pasando por Libia y Nigeria. ¿Las personas que están tratando de salir de esos países son “migrantes económicos”, o lo que sucede, más bien, es que la pobreza que existe allí es también una consecuencia de las guerras y de la lógica económica brutal que las originó?

¿Existe un derecho natural al asilo?

Si alguien golpea a tu puerta en el medio de la noche porque su casa se ha incendiado, la única reacción adecuada es dejarlo pasar. Vivimos en una época realmente oscura si la idea de Kant de la “hospitalidad universal” se ha vuelto una noción de ciencia ficción que ni siquiera podemos imaginar; o si debemos contestar preguntas como si existe un derecho natural al asilo. Imaginen si alguien les pregunta si la violación debería ser condenada. Obviamente debe ser condenada y castigada, pero discutir sobre el tema sería una señal de que hay algo profundamente equivocado en nuestra comprensión de la violación. Lo mismo sucede con el derecho natural al asilo: el mero hecho de que estemos discutiendo esto otra vez, como si fuera un tema de debate, demuestra cuán profunda es la crisis de la humanidad.

¿Conoce personalmente a algún refugiado?

En los últimos meses viajé mucho y visité campamentos y refugios temporarios, desde Indomeni hasta Calais, desde París hasta Bruselas. Allí conocí a muchos refugiados. Los refugiados son personas –estudiantes, ingenieros, madres, tíos– que tenían una vida normal hasta que los sucios juegos políticos que desembocaron en guerras o desestabilizaciones los obligaron a huir en barco, a pie, en tren, por toda Europa, hasta alcanzar un sitio más o menos seguro. En lugar de seguir viviendo normalmente, lo hacen ahora en campamentos, en “selvas”, en estaciones de metro en las afueras de las ciudades. Después de conocer a tantos refugiados, debo admitir que alcancé un cierto límite respecto del lenguaje. Es difícil vivir en este mundo sin tener sus destinos frente a tus ojos, pero se vuelve más difícil expresarlo en palabras. En 1940, Stefan Zweig, que era él mismo un refugiado, se preguntó cómo los antiguos temas de la literatura podían seguir llamando nuestra atención: “Un hombre y una mujer se conocen, se enamoran, tienen un romance… este tipo de cosas fueron alguna vez una historia. Algún día volverán a ser una historia. Pero, ¿cómo podemos soportar hoy vivir en medio de esa trivialidad y tener al mismo tiempo la conciencia tranquila?”. Se refería a las tragedias de la Segunda Guerra Mundial, pero… ¿acaso las mismas palabras no se pueden aplicar a los millones de refugiados de la actualidad? “En cada barco, en cada agencia de viajes y en cada consulado uno puede escuchar las historias de personas anónimas e insignificantes sobre aventuras y oasis que no son menos peligrosos y emocionantes que los de Ulises. Si alguien, sin alterar una sola palabra, imprimiera los documentos de esos refugiados… eso daría lugar a cientos de volúmenes de historias, cada una más atrapante y extraordinaria que cualquier relato de Jack London o Maupassant”.

¿Qué consejo le daría a un refugiado?

¿Qué consejo podemos darles nosotros a los refugiados; nosotros, que causamos o participamos de las sangrientas guerras en África o Medio Oriente y luego los concentramos a ellos en campamentos por toda Europa sin ninguna posibilidad de integración… qué consejo podríamos darles justamente nosotros a los refugiados? Sería cínico. Son ellos los que deberían darnos consejos a nosotros. Mientras todo el mundo parece haber abandonado la esperanza en Europa, da la impresión de que son sólo los refugiados los que siguen creyendo en la idea de una Europa basada en la solidaridad y la convivencia. ¿No es esa la mayor paradoja y un signo de nuestra oscura época? Cuando estuve en Indomeni, donde 15 mil refugiados acamparon sobre el ferrocarril durante meses, hasta que fueron echados porque causaban un problema para la libre circulación de mercancías, había un gran cartel –que sigue estando– y que decía ESPERANZA. No, hoy no necesitamos optimismo; no hay ninguna razón para sentir optimismo: las cosas empeorarán, habrá más muros, más terrorismo, se tomarán nuevas medidas de austeridad, surgirá la derecha extrema y hasta es posible que una nueva guerra global esté a la vuelta de la esquina. Entonces debemos deshacernos de esa visión ingenua del optimismo. Pero lo que necesitamos es esperanza sin optimismo. Y son precisamente los refugiados –todas esas personas que sobrevivieron a las peores tragedias y permanecieron humanos– los que me dan la esperanza de que todavía queda esperanza para la humanidad.

¿Es capaz de imaginar un mundo sin refugiados?

Lamentablemente, no. Mientras exista el capitalismo –que está basado, por un lado, en la libre circulación y la brutal acumulación de mercancías y, por otro, en la circulación restringida de los seres humanos– seguirá habiendo refugiados. Mientras siga habiendo un sistema en el que el capital valga más que cualquier ser humano, habrá personas que, a diario, serán transformadas en “desecho humano”.

Usted o su familia, ¿han sido refugiados en alguna ocasión?

En la década de 1980, cuando todavía existía Yugoslavia, mi padre se vio obligado a huir de su país y tuvo la suerte de recibir asilo político en Alemania. Yo crecí allí, fui al jardín de infantes y a la escuela primaria. Si mi padre no hubiera recibido ese asilo no sé si yo sería la persona que soy hoy.

¿Piensa que podría serlo en el futuro?

Todo el mundo puede terminar siendo un refugiado. No es una cuestión de si es posible o no, sino de cuándo sucederá. Y esta es precisamente la razón por la que deberíamos mirarnos en el espejo de los refugiados: hoy son ellos, mañana podríamos ser nosotros o nuestros hijos.