Terror en la pantalla
El cine latinoamericano conoce el miedo

Foto: Pedro Hamdan

Tradicionalmente, el cine de los países de América Latina no se ha concentrado en el género de horror. Pero hay cada vez más excepciones. Estas películas de terror latino son excelentes, recomendables y muy originales.

De Diego Brodersen

Durante mucho tiempo, el miedo sólo llegó de afuera: la cinematografía latinoamericana nunca se ha caracterizado por abordar de manera recurrente las incontables variables del cine de terror. Sin duda ha habido excepciones, que no hicieron más que confirmar esa regla. En Argentina, por ejemplo, hay un trío de películas insoslayables: Una luz en la ventana (1942), de Manuel Romero; El extraño caso del hombre y la bestia (1951), de Mario Soffici, en su doble papel de director y actor; las Obras maestras del terror (1960) de Enrique Carreras, basadas en relatos de Edgar Allan Poe. En México, posiblemente el país del continente que más empeño puso en fabricar horrores fílmicos, clásicos muy tempranos como La llorona (1933), de Ramón Peón, o títulos como El vampiro (1957), de Fernando Méndez, y Hasta el viento tiene miedo (1968), de Carlos Enrique Taboada, marcan una afinidad con temáticas y estilos importados de los Estados Unidos y Europa, pero asimilados al folclore y los relatos populares regionales.

Horror latino

Sin embargo, la verdadera explosión del horror made in Latam llegaría en tiempos más recientes. Durante las últimas dos décadas, las pantallas se llenaron de monstruos, fantasmas, criaturas y otros miedos menos palpables. Antes del nacimiento de esa nueva generación, sería nuevamente el cine mexicano el que plantaría las primeras banderas, con largometrajes como Cronos (1993), en el cual el famoso director Guillermo del Toro reactualizó los mitos vampíricos, por supuesto en idioma español y con más de un guiño a la historia de la Conquista Española. En Argentina –tras esfuerzos previos y aislados como Alguien te está mirando (1988) de Gustavo Cova y Horacio Maldonado–, el final del milenio trajo títulos como Plaga zombie (1997), una producción ultra independiente de Pablo Parés y Hernán Saez. Más allá de su carácter de film de culto, obtenido con el paso del tiempo, esta película abrió las compuertas de varios infiernos cinematográficos hasta ese momento insospechados para la producción de cine latinoamericana.
Plaga zombie, Pablo Parés y Hernán Saez, Argentina, 1997.

El género fantástico y el horror parecen haber llegado para quedarse. El caso de Uruguay es interesante: si la producción fílmica de ese país comenzó a aumentar de forma calmada pero constante, la aparición de varios ejemplares de horror “a la uruguaya” llegó incluso hasta los oídos de Hollywood. Gustavo Hernández estrenó su película La casa muda en el año 2010 y su típico relato de casa embrujada con un gran manejo del suspenso y toques locales generó casi de inmediato, solo un año después, un remake hollywoodense titulado Silent House.
La casa muda, Gustavo Hernández, Uruguay, 2010.

Luego de Dios local (2014), el mismo Hernández volvería al terreno de los sustos con No dormirás (2018), coproducción con España y Argentina de presupuesto holgado y un reparto de figuras populares como Belén Rueda y Eva De Dominici. La película es la ilustración perfecta del cruce del género terrorífico –usualmente relegado en Latinoamérica a la así llamada “clase B” y los nichos de exhibición– a las grandes cadenas de cine.

Miedos locales, miedos universales

¿Existen “miedos” locales en la filmografía de terror latinoamericana? Hay ejemplos de leyendas de ciertos países que han recibido su adaptación al cine, como la venezolana El Silbón: Orígenes (2018), de Gisberg Bermúdez, lleva a la pantalla y actualiza una leyenda oriunda de la región de Los Llanos: la del Silbón, un espíritu infernal que anda en busca de almas ajenas para sobrevivir. También producida en Venezuela, La casa del fin de los tiempos (2013), dirigida por Alejandro Hidalgo, recupera el subgénero de las casas encantadas para trasladarlo a la Caracas contemporánea. Más allá del clásico paródico ¡Vampiros en La Habana! (1985), el largometraje de animación de Juan Padrón, la cinematografía cubana se sumó en los últimos tiempos a la tendencia con la aparición de Juan de los muertos (2011), aproximación al subgénero de los muertos vivos dirigida por Alejandro Brugués con una importante dosis de sabor caribeño.
El Silbón: Orígenes,  Gisberg Bermudez, Venezuela, 2018.

Argentina se ha transformado en la principal fábrica de horrores cinematográficos de la región. Solamente en los últimos tres años, más de medio centenar de producciones llegaron a las pantallas del país y del resto del mundo, ejemplo de su saludable capacidad de exportación. Por supuesto, las hay buenas, malas y feas. Dos películas recientes señalan caminos disímiles. Aterrados (2017), dirigida por Demián Rugna, vuelve a ciertos placeres del cine de los años ochenta sin caer en homenajes vacíos ni parodias sin sustento. Ruidos extraños en una manzana de un barrio suburbano, una mujer muerta en extrañas circunstancias y el cadáver de un niño que parece moverse cuando nadie lo mira son algunos de los elementos de una trama que conjura ciertos miedos atávicos con gran efectividad.
Aterrados, Demián Rugna, Argentina, 2017.

Por su parte, Muere, monstruo, muere (2019), de Alejandro Fadel, que tuvo su lanzamiento mundial en el prestigioso Festival de Cannes, entrecruza los relatos de asesinatos seriales con los tratados psicológicos y el descenso a la locura de los personajes, amén de una criatura inspirada claramente en el universo del legendario escritor estadounidense H.P. Lovecraft.
Muere, monstruo, muere, Alejandro Fadel, Argentina, 2019.

El terror “de autor” que encarna el largometraje de Fadel tiene su correlato mexicano en La región salvaje, dirigida por Amat Escalante, un retrato social de gran potencia que incluye la aparición de un monstruo tentacular en un pueblo rural, otra criatura lovecraftiana capaz de ofrecer placeres indescriptibles y la más destructora de las muertes. Finalmente, es bueno recordar otro film argentino: Fase 7 (2010), de Nicolás Goldbart, que imaginaba una situación apocalíptica luego de una epidemia y aislaba a un grupo de personajes en un edificio de departamentos frente a la más inesperadas de las invasiones. Un tema, sin duda, muy actual. Esos son apenas algunos ejemplos de un género que, finalmente, ha logrado ingresar con fuerza en la producción cinematográfica latinoamericana luego de años de desestimación e incluso desprecio.
 

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