Religiones afrobrasileñas
“El motor del racismo religioso es el miedo”

Foto: Pedro Hamdan

Las religiones afrobrasileñas han estado y siguen estando sujetas a persecuciones en Brasil. Mientras la inmigración europea era estimulada por el Estado, la eliminación de las culturas indígenas y africanas pertenece aún a la normalidad brasileña.

De Anna Azevedo

En la novela Tienda de los milagros (1969), de Jorge Amado, el villano Pedrito Gordo está inspirado en Pedro Gordilho, jefe de policía conocido por cazar capoeiristas y asolar los terreiros de Salvador de Bahía en los años veinte. Pasado un siglo, el povo do santo (conjunto de los practicantes de umbanda o candomblé) todavía se asombra de la “intolerancia religiosa”. El historiador y escritor Luiz Antônio Simas, autor de catorce libros sobre cultura popular, dice, sin embargo, que esta expresión no es adecuada para describir la discriminación contra los cultos de matriz africana. “Cuando la religiosidad es depreciada, lo que entra en escena es el racismo religioso”, argumenta dialogando con las reflexiones de Frantz Fanon, filósofo de ascendencia francesa y africana, nacido en Martinica, investigador del racismo y la descolonización. “El racismo es un fenómeno que también opera en la dimensión de lo simbólico, de las prácticas culturales, entre ellas las religiosas”, agrega.

En la transición del siglo XIX al XX, el racismo adoptó en Brasil –una república que entonces tenía entre sus puntos cardinales el blanqueamiento de la población– un tono pseudocientífico. “Tuvimos una generación de políticos e intelectuales entusiastas de la eugenesia”, recuerda Simas. En las cuatro primeras décadas del siglo XX, se publicaron bajo un halo de modernidad periódicos como el Boletim de Eugenia (Boletín de Eugenesia), libros y tesis académicas que defendían esa práctica. El blanqueamiento requería, entre otras medidas gubernamentales, el estímulo de la inmigración europea. Y en el campo simbólico, tuvo la función de apagar los vestigios de las culturas indígena y africana en la vida cotidiana brasileña.

Violencia, Estado racista y objetos sagrados

En la película Intolerâncias da fé (2016), dirigida por Alexandre B. Borges, Fernando de Sousa y Taís Capelini, el profesor de historia de la Universidad Federal Fluminense Ronaldo Vainfas afirma que la persecución de los cultos africanos fue más intensa al inicio de la República que en la Inquisición. Las fuerzas policiales tenían la misión de destruir las casas de santo y criminalizar socio-religiosamente a esas comunidades y sus ritos. Adviértase que la capoeira fue incluida en la tipificación de vagancia por el Código Penal de entonces. Y en su artículo 157, la primera Constitución Republicana (1891) consideraba un crimen “practicar el espiritismo, la magia y sus sortilegios, y usar talismanes”.
 


El camino estaba allanado para que el Estado persiguiera la capoeira, el samba, las casas de axé y sus objetos sagrados. Y esto sucedió en 1920, cuando la policía profanó el terreiro de Jubiabá y secuestró el trono del sacerdote bahiano y exhibió ante el pueblo como un trofeo la silla sagrada. La pieza permaneció bajo la guarda del Instituto Geográfico e Histórico de Bahía (IGHB) hasta que fue devuelta al terreiro de origen en 2015, setenta y ocho años después de la muerte de Jubiabá.

En Río de Janeiro, el Museo de la Policía Civil retiene hasta hoy objetos confiscados durante las incursiones violentas a los terreiros de umbanda y candomblé de inicios del siglo XX: esculturas, instrumentos musicales, ropa, adornos y utensilios inventariados en 1938 por el Servicio de Patrimonio Histórico Nacional (actual Iphan) bajo el título Colección Magia Negra. El acervo es objeto de negociación entre el museo y los líderes religiosos de los terreiros, que reclaman su devolución, el derecho de definir el destino de las quinientas veintitrés piezas y el cambio del nombre de la colección por Objetos Sagrados Afrobrasileños, de modo que se elimine la imagen de prácticas orientadas hacia el mal y basadas en la idea de miedo. El grupo de jefes religiosos, además, lanzó en 2017 el documental Nosso sagrado (Nuestras cosas sagradas). La obra, dirigida por Fernando Souza, Gabriel Barbosa y Jorge Santana, busca ampliar el debate sobre ese impasse histórico. Souza dice que “desde los años ochenta hay intentos por liberar esos objetos sagrados del control de un estado racista que los criminalizó, persiguió y confiscó”.

Otro episodio que marca la línea temporal del racismo religioso en Brasil ocurrió el 2 de febrero de 1912, cuando opositores al gobernador de Alagoas invadieron y saquearon los terreiros de Maceió, golpearon a los adeptos y quemaron objetos sagrados en la plaza pública. Todo para forzar la renuncia de Euclides Malta, que desde hacía doce años estaba en el poder y era cercano al povo do santo. Entonces, los terreiros que sobrevivieron a la barbarie, comenzaron a realizar los rituales de manera más reservada, con aplausos en lugar de tambores, un ritmo que se conoció como xangô rezado baixo.

“Mestizaje cordial”

El fin de la Era Vargas en 1945 marcó el inicio de cuatro décadas de relativa tregua de la persecución religiosa. La constitución de 1946 trajo, entre otras novedades, la libertad religiosa e incluyó de modo nominal los cultos de matriz africana. El autor de la propuesta fue Jorge Amado, diputado del Partido Comunista brasileño. A partir de 1964, la dictadura forjó una unidad nacional que apagó los conflictos estructurales de la sociedad brasileña por decreto y por la fuerza. El mito del “mestizaje cordial” y, dentro de este, la convivencia amistosa de las creencias, encajaban bien en el proyecto. “Fue un período de cordialidad religiosa, pero tuvo su dosis de indignidad, ya que el umbanda y el candomblé siguieron siendo considerados saberes inferiores”, opina Simas. Racismo religioso blando, pero aun así efectivo. “Fura-bumbo” es un código policial nacido de la dictadura: una referencia a los policías que invadían los terreiros y rompían los instrumentos musicales de culto.

La norma de respeto se quebró finalmente con el avance de las iglesias llamadas neopentecostales a partir del año 2000. “Ya no hay más espacio para la cordialidad cínica”, dice Simas. “El miedo, ese motor del racismo religioso, ha surgido con mucha fuerza alimentado por un discurso típico de las Cruzadas. La gente vive con miedo del pecado y acosada por el diablo, al que se debe combatir todo el tiempo”, agrega. El mal es el Otro, aunque sea una niña de once años como Kailane, a la que en 2015 le lastimaron la cabeza de una pedrada cuando salía de un culto de candomblé, en el norte de Río de Janeiro.

En 2017 circularon en las redes sociales videos anónimos que mostraban a filhos de santo obligados por criminales a destruir sus terreiros en Nova Iguaçu, en la Baixada Fluminense. Una religiosa fue insultada y llamada demoníaca y un pai de santo fue amenazado de muerte. También en Humaitá, zona sur de Río de Janeiro, el centro religioso Casa do Mago sufrió en dos semanas tres ataques con explosivos. En 2018 se rompieron dos esculturas de orixás del Centro Ilê Axé Oyá Onira, en Niterói. En 2019 fue incendiado el terreiro de umbanda de la Mãe Alba de Oxóssy, en São Gonçalo, en la región metropolitana de Río de Janeiro.

El 19 de diciembre de 1999, el periódico Folha Universal publicó una foto de la sacerdotisa Gildázia de Ogum con el título: “Macumberos charlatanes amenazan la bolsa y la vida de los clientes”. La casa de la Mãe Gilda, en Salvador de Bahía, fue invadida y atacada a pedradas por neopentecostales. Ella sufrió un infarto y falleció el 21 de enero de ese año. En 2007, el gobierno federal determinó que el día de la muerte de Mãe Gilda se consagrara al combate de la intolerancia religiosa en Brasil.
 

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