Esther Solano
“El miedo es una antigua herramienta de manipulación”

Foto: Pedro Hamdan
Foto: Pedro Hamdan

La científica social Esther Solano explica en esta entrevista porqué el miedo es eficaz como instrumento político.

De Tânia Caliari

En el año 2018 la científica social Esther Solano realizó un estudio con simpatizantes de Jair Bolsonaro, entonces candidato a la presidencia de Brasil. Según Solano, el miedo rondaba a los electores conservadores y la campaña de Bolsonaro manipuló bien ese sentimiento para sacar provecho electoral. “La extrema derecha sabe transformar muy bien el miedo en un sentimiento de odio contra un supuesto enemigo, que puede ser el inmigrante, la izquierda, las feministas”.

¿Qué relación tiene el miedo con la crisis mundial de la democracia, con el ascenso de la extrema derecha y con la elección de Bolsonaro en Brasil?

La extrema derecha siempre piensa en el autoritarismo como salida para las crisis, y el mundo está en crisis. Para la extrema derecha, la democracia es algo frágil, débil, porque está basada en algo con lo que ella no sabe trabajar bien, el consenso entre las diferencias. Se le vende al electorado la idea de que la democracia es frágil, que sólo funciona en tiempos de estabilidad económica y política, y en la crisis debe reemplazarse por un gobierno de línea dura. La salida siempre es el encierro, el autoritarismo, la agresividad, el Estado represor, punitivo, el Estado penal. En el escenario brasileño, tenemos a Bolsonaro, que direcciona muy bien ese sentimiento de miedo. En un momento en el que el país atravesaba una crisis económica importante, política y también social, Bolsonaro consiguió capturar todo eso y transformar esas supuestas amenazas en moneda de cambio electoral y política, usando fundamentalmente la metodología del chivo expiatorio: todo es culpa de la izquierda, del Partido de los Trabajadores, de los progresistas. Se crea un enemigo y se convierte ese miedo en un activo electoral. Para beneficiarse electoralmente, se precisa un componente de polarización, de un enemigo político.

En un escenario en que la política brasileña está altamente polarizada, ¿cómo se manifiesta el miedo en el direccionamiento político de cada grupo?

El miedo es un afecto político que la extrema derecha utiliza muy bien. Trabaja con ese sentimiento, que proviene de la vulnerabilidad, de la desesperanza, de la frustración, y en gran parte fruto del sistema capitalista, pero todavía más del capitalismo periférico y muy complejo del Brasil. Entre los conservadores, además del miedo que produce la crisis económica, de perder el empleo, el bienestar, también está el miedo a los cambios, a la “falta de orden”. Y la extrema derecha sabe instrumentalizar eso muy bien, lo transforma en un sentimiento de odio contra un supuesto enemigo que puede ser el inmigrante, la izquierda, el feminismo.

En el sector más progresista de la población, el miedo se manipula mediante la difusión de métodos brutales. La extrema derecha opera con la amenaza, con acciones de censura, con la intolerancia, con la brutalidad represiva del aparato policial. Porque la extrema derecha no considera que el otro sea su adversario político, sino que lo ve como enemigo político y el enemigo tiene que ser aniquilado físicamente, como vemos en los suburbios y en la persecución a los indígenas, o ser exterminado simbólicamente, con la idea del silenciamiento y de la censura. Por un lado, se instrumentaliza el miedo entre los conservadores para obtener un beneficio electoral, por otro, se usan tácticas de terror contras los progresistas para impedir que reaccionen.

¿Cómo debería tratar la política el miedo que es inherente a los tiempos de crisis?

Hay dos maneras de tratar ese miedo. De una manera más progresista, diciendo que los riesgos del mundo contemporáneo son justamente el resultado de un sistema que es excluyente y que sólo nos vamos a salvar de esos peligros con un sistema más inclusivo, más democrático, más igualitario, para un futuro común. Y la otra manera, de extrema derecha, es atribuir los peligros y amenazas a cierto enemigo que trae desorden, que son los inmigrantes, la izquierda, las feministas. Se construye una teoría de chivo expiatorio y, en vez de disminuir el miedo, se lo potencia. Así, la extrema derecha saca un beneficio electoral elevando el miedo a la enésima potencia. Por eso se benefició tanto en esos momentos.

La seguridad pública es uno de los factores que genera ansiedad y miedo en la población. ¿Cómo ha sido la respuesta de la política a esta cuestión?

Con frecuencia la izquierda evita hablar de seguridad pública. En un país como Brasil, donde uno de los principales problemas es la seguridad, sobre todo para la población suburbana, esa postura deja espacio para que la extrema derecha asuma el discurso de una forma punitiva, penalista, moralista, sumamente retrógrada. Un deber de la izquierda sería no rehuir ese debate, que es absolutamente fundamental, entre otras cosas, porque si no se encara el tema, se pone a algunos electores en manos de la derecha. Recuerdo que durante mi investigación con electores bolsonaristas, ellos decían: no estoy muy de acuerdo con Bolsonaro, pero es el único que habla de seguridad pública.

Desde el punto de vista económico, el neoliberalismo provoca una inseguridad tremenda y constante en el trabajador. Sin embargo, ese miedo no fue suficiente para que los electores se alejen de los políticos que pregonan el Estado mínimo. ¿Por qué sucede eso?

Dentro de la arquitectura filosófica del liberalismo, se dice que el neoliberalismo es una forma de vida, una forma de concebir el mundo. En el neoliberalismo hay un pensamiento que afirma lo siguiente: el culpable de la crisis política y económica es la ineficiencia del Estado, que es intrínsecamente corrupto y naturalmente busca sólo el propio provecho. A Bolsonaro le resultó muy fácil vender esa idea, ayudado por la operación Lavajato, que operó con y diseminó la idea de que el Estado, la política, los políticos, la cosa pública son corruptos e ineficaces. De ahí que deben ser reemplazados por el Estado mínimo y las privatizaciones. Efectivamente, es complicado que alguien entienda que los problemas que vive son producto de un sistema excluyente, capitalista. Es algo hipercomplejo. El discurso meritocrático y del Estado mínimo es mucho más simple, y el de la corrupción también. El discurso penalista y punitivo contra la corrupción encaja muy bien dentro del discurso del Estado mínimo del neoliberalismo.

¿Qué relación tienen el miedo con la negación de la política?

Gran parte de la crisis de la democracia viene de la idea de que serían necesarios el autoritarismo, el golpismo, la dictadura, ya que la democracia es demasiado frágil y no funciona en momentos de inseguridad. Existe el discurso de que el culpable de la situación de crisis es justamente la política. Porque la política sería una actividad corrupta, sucia, vergonzosa, mentirosa, elitista, deshonesta. Así se produce entones la negación de la política. La política debería remplazarse por el mercado, por otro tipo de actores, de mediadores, que estarían en condiciones de dar una respuesta a la situación de precariedad.
 

 
Esther Solano es doctora en Ciencias Sociales por la Universidad Complutense de Madrid y profesora de Relaciones Internacionales de la Universidad Federal de São Paulo (Unifesp). Es miembro del consejo del Instituto Vladimir Herzog y columnista de la revista Carta Capital.

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