Crisis y cine
Terror en tiempos autoritarios

Foto: Pedro Hamdan

Las películas de terror elaboran las cuestiones sociales y políticas de cada época. Momentos políticos de crisis hacen que este género adquiera vigor, al abordar los aspectos más sombríos del campo imaginario.

De Camila Gonzatto

A pesar de que los rasgos de horror y de atmósferas psicológicas habían estado presentes desde hacía décadas, la primera producción que se asumió como película de terror en Brasil fue A medianoche me llevaré tu alma (1964), de José Mojica Marins. La película fue el lanzamiento del personaje Zé do Caixão, que se volvió un clásico nacional. A partir de entonces, el género creció y se desarrolló, y llevó a la pantalla historias que reflejan miedos reales e imaginarios presentes en la sociedad y relacionados con la época en que son producidos.

Producción durante la dictadura militar

“Brasil tuvo un pico de producción de terror en la década del setenta, con una cantidad realmente significativa de películas de género, muchas veces dentro de la producción erótica de la época, muy popular en la zona de Boca do Lixo de São Paulo. Películas baratas y con mucha afluencia de público, hechas por cineastas de formación no profesional con mucha pasión y mucha fuerza”, explica Marcelo Miranda, crítico de cine y realizador del podcast Saco de Ossos (Bolsa de huesos), dedicado a entrevistas con realizadores de películas de terror brasileños.

A pesar de que en Brasil el género se desarrolló durante la dictadura militar, para Miranda no es posible afirmar que el surgimiento de regímenes totalitarios aumente la producción de películas de terror, ya que el control que ejerce ese tipo de gobiernos suele limitar la libertad de producción de cualquier manifestación artística. En la Italia de Mussolini, por ejemplo, se prohibió la producción de películas de ese género.

Anticipación o trauma

Laura Cánepa, profesora del Programa de Posgrado en Comunicación de la Universidad Anhembi Morumbi y autora de la tesis de doctorado Medo de quê? Uma história do horror nos filmes brasileiros (¿Miedo de qué? Una historia del terror en las películas brasileñas), recuerda que tanto el cine popular como el marginal exploraron el género durante la dictadura en Brasil (1964-1985). Sin embargo, ese era un período en que la producción mundial de terror crecía junto con el sexploitation en países como Estados Unidos (en el circuito no hollywoodense), Italia, Francia, Japón, Argentina... “Por eso no es posible vincular directamente las producciones de terror con la dictadura. El terror puede tener que ver más con la anticipación o el trauma que con el auge de esos gobiernos”, analiza la profesora.

Por otro lado, Miranda señala que los regímenes democráticos más severos o los contextos difíciles sociales, políticos y económicos suelen hacer que el cine de horror reflexione, se reconfigure o adquiera más vigor, justamente por trabajar los aspectos más sombríos del campo imaginario.

“No siempre está en juego el sentimiento de miedo: a veces opera la rabia, la frustración, el deseo de cambio, las alegorías u otros modos de relacionarse con las situaciones límite. En consecuencia, las películas más “furiosas” tienden a proliferar en épocas de violencia. Un ejemplo de esto sucedió en los Estados Unidos entre 1965 y 1975, en la era Nixon, cuando el país estaba en vilo por las controversias de la Guerra de Vietnam, por un gobierno corrupto y por una serie de problemas estructurales. Películas esenciales como La noche de los muertos vivientes (George Romero, 1968), El exorcista (1973) y La masacre de Texas (Tobe Hooper, 1974) vienen de ese período”.

Ecos de la realidad en la pantalla

Para João Fleck, curador y director de Fantaspoa (Festival de Cine Fantástico de Porto Alegre), la tríada principal del cine fantástico –terror, fantasía y ciencia ficción– aborda heridas de la realidad. “Si analizamos la historia del cine como un todo, existe un número enorme de películas que fueron influidas por gobiernos autoritarios”, dice. En este sentido, Cánepa recuerda que el cine de terror refleja diferentes tipos de miedo de aniquilación de nuestra existencia por fuerzas desconocidas e inexplicables: “Entonces, es lógico que instituciones poderosas como los gobiernos los ejércitos, las escuelas, los laboratorios y las grandes empresas entren con frecuencia en el radar de las historias de terror”.

También Miranda piensa que el cine de terror tiene una relación muy fuerte con el imaginario de su tiempo y lugar. “Una película nunca sólo será de terror ‘para asustar’, siempre será una forma de expresión que, vinculada a códigos de género, se desenvuelve como una narrativa que necesariamente va hablar del entorno y de los afectos de ese entorno. Brasil tiene sus propias cuestiones estructurales y de imaginario, entonces, resulta natural que nuestras películas de terror reflejen ese contexto. Eso se configura en ritmos, elecciones estéticas, relaciones afectivas e imaginarios monstruosos muy distintos de los de otros países y también distintos entre sí”.

Crecimiento de la producción

En los últimos años se observa en Brasil un crecimiento de la producción de películas de género. En el segundo semestre de 2019, se lanzaron tres películas de terror: Morgue maldita, de Dennison Ramalho, A noite amarela (La noche amarilla), de Ramon Porto Mota y El club de los caníbales, dirigido por Guto Parente. Este crecimiento se produce, según Cánepa, como resultado de una generación de cineastas que vio muchas películas de terror en la infancia y en la adolescencia en los años setenta y ochenta. “El género fue apareciendo cada vez más, porque formaba parte de lo que vieron los nuevos directores, productores y críticos”, explica.



Miranda señala que el imaginario del terror en el cine brasileño también se está ampliando constantemente gracias investigaciones académicas, libros, muestras, retrospectivas y toda una serie de actividades ligadas a la reflexión y la historiografía, que contribuyen a legitimar y dar valor al género. Los festivales, por su parte son un lugar de encuentro para el público de estas películas. Un ejemplo es Fantaspoa, que ya lleva quince ediciones. “Para cada edición, veíamos en promedio ochocientas películas de más de cuarenta países. Muchos de ellos los estrenamos en Brasil. Lamentablemente, con el gobierno de Jair Bolsonaro ya no tenemos más patrocinio. Es posible que 2019 haya sido nuestro último año. Estamos haciendo una campaña de financiamiento colectivo en la plataforma Catarse”, cuenta Fleck.

Todavía es una incógnita qué va a pasar con la producción bajo el gobierno de extrema derecha de Jair Bolsonaro. “Creo que la tragedia para Brasil que significa una gestión como la de Bolsonaro y más ahora, con su manejo criminal del coronavirus, puede ser terreno fértil para nuevas historias de terror, pero es preciso tener cuidado y no hacer de eso una regla. El terror es un género fluido, orgánico, que se comporta de acuerdo con el sentir del momento histórico pero no necesariamente le debe algo a la época”, finaliza Miranda.
 

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