El poder de las protestas feministas
La indignación como arma

El poder de las protestas feministas
© Claudia Casarino

Las movilizaciones en defensa de los derechos de las mujeres no siempre tienen efectos inmediatos. Pero esas luchas contribuyen a largo plazo a cambios de conducta y a la creación de políticas públicas.

De Ana Paula Orlandi

El 30 de diciembre de 1976, Ângela Diniz, una celebridad en el Brasil de aquella época, fue asesinada de cuatro tiros por su novio Raul Fernando do Amaral Street, popularmente conocido como Doca Street, en Búzios, en la costa del estado de Río de Janeiro. En el primer juicio, de 1979, los abogados de la defensa culparon a la víctima y consiguieron instalar la tesis de que el acusado había cometido el crimen para defender su honor. De hecho, el asesino salió del tribunal libre y ovacionado. Por su parte, la fiscalía recurrió la sentencia y en 1981 tuvo lugar un nuevo juicio, en el que el criminal recibió la pena de quince años de reclusión por homicidio calificado. “La condena de Doca se consideró una conquista del movimiento feminista”, cuenta Branca Vianna em Praia dos Ossos, serie en podcast estrenada en 2020, sobre el crimen y sus derivaciones en la sociedad brasileña, que es un éxito de público en el país.

Eso se debe a que, como muestra el programa creado por Vianna y producido por la Radio Novelo, la movilización de grupos de mujeres logró que la opinión pública cambiara drásticamente entre los dos juicios. En Belo Horizonte, por ejemplo, la ciudad donde vivía Ângela Diniz, feministas organizaron el 18 de agosto de 1980 un acto público con cerca de cuatrocientas personas para protestar contra los asesinatos de Maria Regina Souza Rocha y Eloísa Ballesteros, dos mujeres de clase alta de Belo Horizonte, asesinadas por sus esposos en el lapso de dos semanas. “Esos crímenes causaron una gran conmoción en la ciudad. Además de que, un año antes, Doca Street había salido del primer juicio como héroe. Había un clima de indignación”, recuerda Mirian Chrystus, profesora jubilada de la Universidad Federal de Minas Gerais y una de las articuladoras de la protesta.

Punto de inflexión

Con manifestantes que empuñaban rosas y velas, el acto repercutió en lo que se conoce como gran prensa. Algunas de las integrantes del movimiento eran periodistas, por ejemplo Chrystus, lo cual ayudó no sólo a generar demandas atrayentes sino también a divulgarlas en los medios. La frase “quien ama no mata”, lema del grupo de las feministas de Belo-Horizonte, se esparció por el país y se convertiría en título de una miniserie emitida por la Rede Globo en 1982. “El acto de Belo Horizonte dio mucha visibilidad a la causa y fue un punto de inflexión en el movimiento feminista brasileño, cuya segunda ola ya avanzaba desde mediados de la década del setenta, aunque todavía de forma desarticulada”, señala la antropóloga Analba Brazão Teixeira, autora del libro Nunca você sem mim: homicidas-suicidas nas relações afetivo-conjugais. “Pero debemos pensar si un asesinato de mujeres negras y suburbanas provocaría la misma conmoción en la sociedad brasileña”, señala.

Políticas públicas

Además de interferir en el resultado del segundo juicio de Street, la movilización de esos grupos de mujeres generaría otros impactos en el país. “La movilización se tradujo en políticas públicas”, confirma la socióloga Elizabeth Fleury, otra integrante del movimento “Quien ama no mata” y una de las organizadoras del Dicionário Feminino da Infâmia: acolhimento e diagnóstico de mulheres em situação de violência.

Entre otras iniciativas, figura la creación del Consejo de la Condición Femenina del Estado de São Paulo, en 1983, gracias a la presión de feministas y de grupos de mujeres. “Brasil todavía estaba bajo el yugo de la dictadura militar, que se extendió de 1964 a 1985, pero los gobernadores ya habían sido elegidos por el voto directo y en el país comenzaban a soplar vientos democráticos”, prosigue Fleury. En 1985, surgiría la primera Delegación Especializada en la Atención a la Mujer, en São Paulo, propuesta que fue replicada en otras ciudades brasileñas como Natal y Florianópolis.
Vigilia en Recife, Archivo SOS Corpo Instituto Feminista para la democracia.
Vigilia en Recife, Archivo SOS Corpo Instituto Feminista para la democracia. | Foto: Paula de Andrade

Sociedad civil, poder legislativo y poder ejecutivo

“Es necesario que haya voluntad política de los gobernantes para que las protestas consigan dar un paso adelante y puedan transformar sus demandas en políticas públicas”, dice la antropóloga Miriam Pillar Grossi, del Centro de Identidades de Género y Subjetividades de la Universidad Federal de Santa Catarina. Para ella, este es el caso de la Ley Maria da Penha. Promulgada en 2006, la ley, que trata sobre la violencia doméstica y, según la Organización de las Naciones Unidas, es una de las más avanzadas del mundo.

“Lo que la hace estar tan bien fundamentada, con cinco concepciones diferentes de violencia, es ser fruto de la articulación de una comisión tripartita que reunió a la sociedad civil, al poder legislativo y al poder ejecutivo. Según mi modo de ver, en esto tiene una participación fundamental el movimiento feminista, activo en la calle y en el campo de la investigación académica sobre la violencia contra la mujer, movimiento que comienza a fortalecerse en los años ochenta y se expande en los noventa”, sostiene Grossi.

Debate público

Teixeira cuenta que, con el objetivo de presionar a los poderes legislativo, judicial y ejecutivo para que aprobaran la ley, se produjo en esa época en Recife la Vigilia Feminista por el Fin de la Violencia contra las Mujeres. “La inspiración vino de las vigilias que hacíamos en la ciudad en los años setenta y ochenta contra los femicidios”, cuenta. En la secuencia, la Articulación de Mujeres Brasileiras replicó la idea en varias localidades del país que fueron sede de actos públicos el día 7 de marzo de 2006. “Fue emocionante”, recuerda. No siempre estas movilizaciones dieron frutos inmediatos, en el sentido de traer más poder a las mujeres. “Pero eso no reduce la importancia de las protestas, porque ellas vuelven colectivas cuestiones que antes parecían individuales y restringidas al ámbito privado. Las protestas ponen las demandas en el centro del debate público”, opina la socióloga Bárbara Castro, profesora de la Universidad del Estado de Campinas e investigadora asociada al Centro de Estudios de Género Pagu, de aquella institución.

Papel de las redes

Desde la década pasada, las redes sociales vienen ayudando a amplificar las demandas en defensa de la mujer, por medio de protestas virtuales, como la campaña Chega de Fiu Fiu (2013) y el hashtag #PrimeiroAssedio (2015), ambos de la ONG paulista Think Olga, que denunciaron situaciones de acoso sexual. “A pesar de sus contradicciones y límites, las redes pueden funcionar como megáfono cuando las instituciones fallan. Al viralizarse, las demandas atraen la atención, por ejemplo, de la prensa y de la clase política”, prosigue Castro.

Al mismo tiempo, los números de la violencia doméstica en el país crecen. Según el Anuario brasileño de Seguridad Pública, en 2019 hubo más de 266 mil casos de lesión corporal dolosa es decir cerca de 30 casos por hora. “Esto nos puede hacer pensar que las luchas no dan resultado, pero en los últimos tiempos tuvimos conquistas importantes”, analiza la socióloga Flávia Rios, profesora de la Universidad Federal Fluminense e investigadora del Grupo Afro del Centro brasileño de Análisis y Planeamiento. “En la primera década del siglo XXI, el término ‘femicidio’ no circulaba en la academia o en los medios. En menos de una década y media conseguimos instalar en el debate ese concepto y sancionar en 2015 una legislación para penalizar ese tipo de homicidio”.

La escalada de los números de femicidios en el país llevó en 2018 a una reactivación del movimiento “Quien ama no mata”. “En Brasil todavía tenemos que avanzar mucho y no sólo en relación con el combate de la violencia contra la mujer sino también, por ejemplo, por el derecho al aborto”, señala Chrystus. “Hoy vivimos un gran retroceso en el país en relación con los derechos adquiridos, pero no podemos perder la capacidad de indignarnos y luchar”, concluye.

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