Conversación con Ailton Krenak
“Siempre estuvimos en guerra”

© Marina Camargo, 2019​

En esta entrevista, Ailton Krenak, escritor, pensador y uno de los activistas más importantes del movimiento indígena brasileño, habla sobre las ideas de pertenencia y resistencia que permiten la lucha de los pueblos originarios del continente americano.

¿Cómo define usted la “pertenencia”?

Para mí, la pertenencia no tiene nada que ver con la concepción utilitaria de algunas culturas, sobre todo las que están muy influidas por el pensamiento occidental, que asocian la pertenencia con la idea de patria, de nacionalidad. Pertenecer a un lugar es formar parte de él y ser la extensión del paisaje, del río, de la montaña. Y tener en ese lugar los elementos culturales, históricos y tradicionales. O sea, en vez de darle uno sentido a un lugar, es el lugar el que le imprime sentido a la existencia de uno.

El antropólogo brasileño Eduardo Viveiros de Castro argumenta que lo que define a los pueblos indígenas es que pertenecen a la tierra en lugar de ser dueños de ella. ¿Está de acuerdo?

¡Sí! El ser humano no es superior a ningún otro ser viviente del planeta y, por lo tanto, me parece absurda la idea de querer ser propietario de cualquier porción de la Tierra. Hay una carta atribuida al Jefe Seattle, Ts´ial-la-kum, escrita en el siglo XIX en respuesta al entonces presidente de los Estados Unidos, Franklin Pearce, que quería comprar el territorio indígena de los Suquamish y Duwamish, en el actual estado de Washington, EE.UU.

En un pasaje, el líder indígena dice así: “¿Es posible comprar o vender el cielo o el calor de la tierra? Esa idea es extraña para nosotros. Si no somos dueños de la frescura del aire y el brillo del agua, ¿cómo poder comprarlos? Cada pedazo de esta tierra es sagrado para mi pueblo”. Y él no estaba hablando sólo de ese territorio, sino de la Tierra, de ese organismo vivo, fantástico. Formar parte de él es condición de nuestra existencia. Esa ambición de ser dueño del lugar lleva al ser humano a separarse de la Tierra y observar el mundo desde fuera, como si no participase del todo. Esta separación hace, por ejemplo, que algunas personas, al mirar una montaña, sólo calculen cuántas toneladas de mineral pueden extraer de allí.

En el libro Ideas para aplazar el fin del mundo, publicado de 2019, usted escribe: “Cuando despersonalizamos el río, la montaña, cuando les quitamos sus sentidos considerando que eso es atributo exclusivo de los seres humanos, estamos haciendo que esos lugares se vuelvan residuos de la actividad industrial y extractivista.” ¿Podría hablarnos más sobre eso?

La aldea Krenak está situada en la margen izquierda del río Dulce y, en la derecha, está la montaña Takukrak, que es una especie de oráculo para nosotros. Todas las mañanas miramos en su dirección para saber cómo va ser el día. Cuando la montaña amanece con nubes claras que sobrevuelan su cumbre, toda adornada, es señal de que podemos bailar, pescar, festejar, salir. Pero cuando está con cara de pocos amigos, nos quedamos más quietos.

Pero en el libro también hablo de nuestra relación con el río, que llamamos Waty y al que consideramos un ancestro, un anciano, nuestro abuelo. En 2015, fue afectado seriamente por un crimen ambiental [N. de la R.: la rotura de la represa del Fundão, en Minas Gerais, de la empresa minera Samarco, controlada por las multinacionales Vale y BHP Billiton, que mató a diecinueve personas y contaminó toda la cuenca del río Dulce, que tiene más de seiscientos kilómetros de extensión], un crimen ambiental tan serio que la prensa anunció la muerte del río. Ese episodio afectó nuestra vida de forma radical: nos quedamos sin agua, sin peces, sin lugar para los rituales y las fiestas. Los niños ya no podían jugar más allí.

Cuando los Ministerios Públicos Federal y del Estado comenzaron a presionar a Samarco, a Vale y a BHP Billiton para que compensaran a los Krenak por los daños sufridos por el barro tóxico de la minería, la primera cosa que el consorcio de empresas propuso fue sacarnos de nuestro territorio. Pero nosotros nos negamos. Y ellos, las empresas, nos preguntaron: ¿Entonces ustedes se van a aquedar aquí, inundados, ahora que el río murió? Y respondimos: el río es una extensión de nuestra familia, vamos a continuar aquí para cuidarlo. Eso puede parecer incomprensible para las mentes que no comprenden la idea de pertenecer a un lugar.

¿Cómo evalúa la situación de los indígenas en Brasil con el desmantelamiento de la política ambiental e indigenista por parte de actual gobierno?

En 2018, poco antes de la elección del presidente de Jair Bolsonaro, un periódico portugués me preguntó: “¿Cómo van a hacer los indios frente a todo esto? Y yo respondí: “Hace quinientos años que los indios están resistiendo, lo que a mí me preocupa es cómo van a hacer los blancos para salir de esta”. Y hasta ahora no vi una actitud más contundente de los blancos en relación con los ataques del gobierno al medio ambiente, a la educación, a la cultura, a las políticas sociales”.

Yo pensaba que los partidos políticos formarían una inmensa coalición para enfrentar ese proyecto neoliberal, pero no pasó nada. Las personas parecen anestesiadas. Nosotros, los indígenas, continuamos resistiendo, pero yo veo al gobierno de Bolsonaro con un capítulo más de nuestra lucha colonial, que comenzó en 1500, cuando los portugueses invadieron nuestro territorio, y sigue hasta el día hoy. El modelo de ocupación de América que tenían los europeos apuntaba al exterminio de los pueblos originarios y a lo largo de todo ese tiempo nunca tuvimos paz. Siempre estuvimos en guerra.

¿Es posible evitar el fin del mundo?

En el libro digo que para evitar el fin del mundo es necesario reafirmar el sentido de vivir en sociedad, es necesario ser capaz de experimentar el placer de estar vivo, de bailar, de cantar. Nosotros, los seres humanos, necesitamos mantener vivas nuestras subjetividades, nuestras visiones, nuestras poéticas de existencia y también valorizar la diversidad, porque homogeneizar la humanidad es una forma de despojarnos de nuestra alegría.

 

Ailton Krenak (1953) es activista del movimiento indígena y socioambiental desde los años setenta y en la década siguiente contribuyó a criar las Unión de Naciones Indígenas. En 2016, la Universidad Federal de Juiz de Fora, Minas Gerais, le otorgó el título de Doctor Honoris Causa.


 

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