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Pétalos
Teresa Constanza Rodríguez Roca

La luz se filtraba entre las hojas del parral, caía en los pechos generosos de Melania, en los cabellos plateados de Benedicta, en las chirriantes hamacas. Desde la sombra de uno de los horcones, Belisario seguía la conversación entre su hermana y la sirvienta.  

—Cada día estaban más pelados los rosales, señora —dijo Melania, dándole impulso a la hamaca con los pies—. Creo que don Belisario era el que arrancaba los pétalos. ¿Sabía usté que a lo último su hermano no quería ni un majadito? Ustedes quieren envenenarme con este bodrio pestilente, protestaba. Y yo nomás hacía de oídos sordos al montón de disparates que salía de su boca seca.    

“Dale que dale con el tema”, pensó Belisario, “estas dos se pasan las tardes contando una y otra vez la historia de las flores. A ver cuándo se van a la cocina. Tengo que entrar urgente a mi dormitorio, pero no quiero que me vean”.  

⎯Pobrecito, mi hermano ⎯dijo Benedicta⎯, quedó pues fuera de órbita desde la guerra del Chaco. Cuando empezaba a gritar en las noches, yo tenía que sacudirle la pesadilla. “Una granada cayó en la trinchera”, decía, “al tiro me acalambré, vi pasar mi vida como en una película en retro. Sólo estuve a salvo, cuando llegué al vientre de mamá. Y suerte que la maldita cosa no explotó”. Yo le daba vuelta a la cabecera del lado seco y me quedaba un rato con él, acariciándole la frente sudorosa.  

Belisario no coincidía con la hermana respecto de su locura, mucho menos que lo llamara pobrecito, “ahora que estoy de lo más contento”, dijo para sí el observador y, de un salto ligero, pasó al siguiente pilar.

—Sí, doña Benedicta, yo también escuchaba sus berridos a medianoche ⎯secundó Melania.

“Caramba, ché, así que la criada me oía gritar; para eso son vivas estas cunumis. Que se levanten de una vez de las hamacas, para que yo pueda entrar a mi cuarto”.

Benedicta recordó el día que su hermano se fue a la guerra, sonriente, orgulloso de servir a la patria. Alzó el rostro hacia las hojas trémulas del parral; una nube había escondido el sol.  Se acercó a Melania y, casi en susurro, le dijo:

—Belisario enmudeció por mucho tiempo. Cada vez que escuchaba cohetes de carnaval o alguna manifestación callejera, se escondía bajo la cama. Cuando en una de ésas recuperó la voz, dijo que había estado en la barriga de mamá, “feliz como un delfín”, y que había renacido con la misión especial de mantener a los aviones en el aire. “¿Ves ése que acaba de aparecer en el cuadrante azul?”, preguntaba, “mirá, lo sostengo con la pu-u-unta de mi dedo porque si no, se vie-e-ene abajo y no es más”. Hinchaba las venas del cuello hasta ponerse morado. Recién cuando el avión iba orilleando las tejas del patio, él bajaba el dedo y decía, “ca-a-rajo que soy macho, no se cayó el avioncingo”.

Melania ponía cara de sorprendida, como si fuera la primera vez que escuchara aquella historia.

—Sí, doña Bene. Yo rogaba a la virgencita de Cotoca que no aparezcan más aviones, pa no tener que lavar después los calzoncillos cagaos del señor.

“Cómo no me voy a acordar de esas cosas”, pensó Belisario, ya más cerca de su alcoba. “Y no olvido cuando me llevaron al manicomio Pacheco de Sucre. Me hicieron creer que por mi valentía en la guerra, había ganado el premio de vivir como rico: sirvientes privados, enfermeras, doctores, comida, remedios; a todo lujo. Y me quedé añares en ese lugar indigno de mí”.

Hacía un año que Belisario había sido trasladado a la ciudad de Santa Cruz. Benedicta lo atendía con una devoción que no era reconocida por el hermano, quien vivía quejándose de todo.

“También vine a visitarlas ayer. Las dos fingieron no haberme visto, ni me saludaron siquiera. Se habrán puesto de acuerdo. Total, para ellas no valgo ni una calucha. Si no fuera que el año pasado me trajeron al caserón que me vio nacer, diría que mi hermana es una malagradecida. Cuántas veces he gastado mis poderes especiales salvándola de peligros. Sin ir muy lejos, anteayer detuve el tráfico cerca del cementerio, en lo que Benedicta cruzaba la calle con un ramo de flores grandote, no había visto el semáforo en rojo. Ahora ni se han dado cuenta de que las estoy rondando. Allá están las dos, ahuyentan el calor con el vaivén de las hamacas y el aburrimiento con el tema de las flores”.

⎯¿No le había contao, señora, que hallé unas bolsitas lleningas de pétalos bajo el colchón de don Belisario? Unas cuantas estaban vacías. Sigo pensando que él arrancó las flores del jardín.

Benedicta calla. Le invade una pesadumbre intensa al pensar en los años transcurridos sin su hermano, en aquel tiempo irrecuperable. Belisario espera.

“Ya me tienen pochecó. Dale que dale con las flores. ¿Y qué si estoy comiendo nada más que pétalos? La verdad es que saben y huelen a paraíso. Ahora espero que se vayan de las hamacas para entrar en el cuarto y llevarme la reservita que tengo escondida, porque donde me trasladaron hace una semana, los cumpas desca-a-nsan y desca-a-nsan todo el tiempo en sus cajones largos. No hay quien me ofrezca un platito de comida”.

 
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