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''Y en el fondo tu ausencia''
Rosario Barahona

…nunca olvidaré el último día en que el padre José vino a casa, abrigados sus lomos con una capa oscura de vicuña. Eran como las cuatro de la tarde, nuestro padre redactaba a su amanuense los otrosíes que por falta de tiempo no había redactado en su despacho de la Universidad. ¡Pero cómo!, dijo nuestro padre, dirigiéndose a su amigo, no hacía falta que vinieses, que si me decías, partía en este instante a buscarte. El padre José sonrió bondadosamente y dijo que no, que no hacía falta, le mostró la carta de su superior, le contó a papá que por su salud debilitada había retrasado por mucho tiempo el viaje a Oruro, pero ya no sería posible posponerlo más, porque su vida se había caracterizado por cumplir las órdenes superiores sin discusión alguna. Sin embargo, continuó el padre José, ante cualquier cosa que pudiere suceder, he venido para llevarte donde el notario, ya que quiero nombrarte mi albacea.

Por supuesto, papá aceptó, con esa natural virtud que emanaba de sus pupilas, sin saber que era la última vez que veía a su amigo. El padre José partió al siguiente día, y al llegar a Oruro, se puso tan morado que murió allí con las venas reventadas por la presión y los oídos sangrantes.

En su testamento había dejado todos sus bienes a nuestro padre, con unos cuantos mandatos testamentarios, como que conservase su biblioteca, que era su mayor tesoro, pues le había costado toda una vida de búsquedas y sacrificios varios en pos de los mejores y más raros ejemplares. Asimismo, había pedido ser enterrado sin gloria, pero con dignidad, en una cripta cerca del altar de San Sebastián, y papá puso tanto esfuerzo en aquella empresa, que comenzó a enfermar. El cadáver del sacerdote llegó a esta muy descompuesto, y hubo que llamar al médico barbero y hasta a un indio curandero para que hicieran algo, pero ambos opinaron que lo mejor era enterrarlo inmediatamente, sin misas ni rito alguno, lo que en efecto se hizo.

Aturdido por una tos incesante, papá trasladó la biblioteca de su amigo hasta nuestra casa, y se necesitaron cuatro indios para cargar los más de dos mil volúmenes.

Pero faltaba lo peor, hermana. Poco antes de morir el padre José de Rivera, había dormido el sueño de los justos su amigo personal, el padre Josep de Suero, un asturiano de ascendencia, culto, gordo y rico, rector que había sido de San Bernardo y San Lorenzo en Potosí y abogado del juzgado sinodal, así como Consultor y Comisario del Santo Oficio de esta ciudad donde moramos. Toda una personalidad oficiosa que, entre sus extravagancias varias, había nombrado como albacea al padre José de Rivera, que, como sabes, hermana, a su vez había dejado la responsabilidad de albaceazgo a nuestro padre, así que en la práctica él quedaba con las posesiones de ambos sacerdotes, sin saber que también moriría de tos sangrante en el hospital de San Juan de Dios, en menos de lo que canta un gallo: ni siquiera cumplido un año de la muerte de dichos religiosos.

Murió en el hospital convento de los hermanos juandedianos, apagándosele la gran voz de tenor que tenía. Con su inteligencia de abogado, aun en su lecho de muerte supo qué hacer: por ser la primogénita, te declaró oficialmente heredera universal de todas sus posesiones y dueña absoluta de un poder para testar ante el notario Mariano Pimentel, y en caso de que vos faltares o de que precisares una colaboración adecuada, nombró nuestro tutor y curador al padre Antonio del Risco y Agorreta, por ser las seis hijas menores de edad. Asimismo, como abogado que era de los casos de la Universidad y de la Real Audiencia, dejó escrito de su puño y letra la lista de los que le debían, que eran muchos, y de los que en el último tiempo le nombraron albacea testamentario, que eran solo dos: los ricos sacerdotes José de Rivera y Josep de Suero, finados, de quienes heredamos sus magníficas bibliotecas, plata labrada, sacros objetos, como pinturas y bultos de santos y vírgenes, más tres casas y dos haciendas que vos, bien apoyada en el padre Antonio del Risco y Agorreta, supiste administrar de tan buen modo, rentando a terceros, vendiendo las cosechas y haciendo multiplicar el ganado con el mismísimo talento de Jacob el patriarca, con un don natural de administración financiera que sorprendía a todos, hasta al propio padre Antonio. La vida no alcanzó a papá para cumplir las mandas testamentarias de cada quien, y a veces pienso que se murió por el afán de hacerlo.

Se murió de culpa, corriges nuevamente, rompiendo tu necio silencio. Pero finjo no oírte, hermana mía, al igual que vos haces conmigo, a ver qué se siente.

Pobres hombres de Dios, que confiaron el uno en el otro, continúo, haciendo caso omiso de tus palabras. Mas no se equivocaron, hermana, que tus manos son confiables, y como albacea de papá has venido cumpliendo cada una de sus mandas testamentarias, como él lo hubiese hecho.

¿Ves ahora, Juana de Dios, por qué el destino es mi premisa, mi evangelio? El padre Antonio del Risco y Agorreta legará sus bienes a sus sobrinos, los Segovia, hijos de su hermana, pero a nosotras nos dejará su biblioteca, porque conoce de mi amor por la lectura. Es más, yo sé que ya redactó esa su voluntad ante el notario Pimentel, pero puso la condición de que antes leamos unos raros escritos suyos que guarda en esta elegante carpeta forrada de terciopelo granate, con el ingenioso título de “Apuntes sobre los delirios de un cura”. ¡Pero qué cosa!, dijo que contiene información de la vida y hechos del padre Josep de Suero, redactada por nuestro tutor, en cumplimiento de una manda testamentaria de aquel, y además porque lo justo es que sepamos quién fue el que por esos raros azares de la vida nos legó sus pertenencias.

Es justo el padre Antonio. Gracias a él, los meses de verano que siguieron a la muerte de papá los pasamos amparadas bajo su consejo y visitas, así que permanecimos en la hacienda del valle de Pitantora, encerradas con nuestros dos esclavos, Sacramento de Gil, a quien papá dio su apellido, y Pablo Congo, marido de esta, y los dos indios de servicio, Dámaso Huayra y Renata Piedra, ante el miedo de contraer los malos aires de enfermedades y dolencias crueles como las que mataron a nuestros padres. Sin embargo, ante la tranquilidad de la ciudad y la imperiosa necesidad de ocuparte de tus asuntos de administración, volvimos, y henos aquí.


Pero no nos atacaron los males comunes, como las tercianas y tabardillos que abundan en esta ciudad, porque lo que nos desbarata la vida es esta peste maldita de erisipela que revienta en los cuerpos como brotes tiernos de pequeños gránulos de arroz debajo de la piel.

Hace pocos días atrás, a la morada celestial de nuestros padres entraron Remedios, de doce años, Paloma, de diez, Valentina, de nueve, y la pequeña Macarena, a quien vos escogiste el nombre e hiciste bautizar de urgencia, pensando que moriría, todo por quitarle el pecado original, aunque no murió y la criaste personalmente hasta que la peste cundió y acabó con su delicado cuerpecito de apenas ocho años de edad.

Siete, vuelves a corregirme, pero nuevamente finjo no oírte, como vos haces conmigo hermana mía, a ver qué se siente.
 

                                                                  
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