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Lucy Fricke

Lucy Fricke
Foto: © Foto: © Dagmar Morath

Lucy Fricke nació en Hamburgo, estudió en el Instituto de Literatura Alemana de Leipzig, trabajó en el cine durante muchos años y publicó cuatro novelas en los últimos diez años. Ha recibido varios premios por su trabajo. Su libro "Töchter" fue galardonado con el Premio Bávaro del Libro 2018 y es uno de los best-sellers del 2018/2019. Es una novela sobre la amistad, los padres y la vida a los cuarenta años. Con un humor deslumbrante y muy agudo, además de un perfecto equilibrio entre ligereza y profundidad al mismo tiempo, la autora alemana habla de mujeres en la mitad de sus vidas, de despedidas que no perdonan a nadie y de padres que desaparecen demasiado pronto. Cada una de sus cuatro novelas deja en claro que Lucy Fricke es una de las voces jóvenes y femeninas más importantes de la literatura alemana, que además busca y vive los encuentros literarios con colegas de otros países con curiosidad y apertura.
Desde 2010, Lucy Fricke organiza HAM.LIT, el primer festival de literatura y música jóven de Hamburgo. Ella vive en Berlín.

 

Eres conocida por tu curiosidad intercultural y tu abierto interés por conocer nuevos países y culturas ¿Qué te interesa de América del Sur en general y de Bolivia en particular?
 
Me interesa sobre todo lo que no conozco. Me interesan los lugares en los que nunca he estado. También me gusta no saber qué esperar. La percepción en lugares extraños es diferente, más aguda, más alerta, más atenta. La curiosidad es una característica que se intensifica claramente en mí fuera del entorno familiar.
La regla básica es: nunca quiero ver solamente aquello que me he propuesto ver.
De niña pasé una vez las vacaciones de invierno en Buenos Aires, el novio de mi madre era de ahí, vivimos con su familia durante seis semanas. Era un invierno frío, la casa estaba húmeda y hacíamos un asado en el jardín contra el frío. Los recuerdos de esta época me han llevado a un constante anhelo por Argentina, en general por Sudamérica. Se siente como si estuviese retornando.


Tu última novela "Hijas" fue traducida a varios idiomas casi simultáneamente. Desde el punto de vista de la escritora, ¿cuál es el mayor desafío de la traducción literaria?
 
Mantener el tono del relato, que no sólo es evidente en el ritmo, sino también en las palabras, en los juegos de palabras. ¿Cuántas palabras hay para Schnaps (licor)? ¿Cómo se traduce “Väter” (padres masculinos)  a un idioma que solo conoce una palabra tanto para padres y madres? ¿Qué tan exacta debe y puede ser una traducción, si en alemán o en Alemania las alusiones son suficientes?
A mis traductoras nada se les escapa. Lo ven todo, cada impureza, cada ambigüedad. Incluso llego a pensar que una novela debe ser primeramente traducida (o mandada a traducir) y sólo después publicada en el idioma original.


Tan solo recientemente has participado en el diálogo literario argentino-alemán entre las ciudades de Berlín y Buenos Aires. ¿Cuál fue tu experiencia más persistente en este proyecto?
 
El primer día mi colega escritora Gabriela Cabezón Cámara me mostró el Riachuelo. Un río que pertenece a una de las zonas más contaminadas de la Tierra. En un barco y con un permiso especial navegamos por el Riachuelo, que forma la frontera entre la ciudad y la provincia de Buenos Aires. Era un hedor despiadado, un caldo diabólico de aguas residuales orgánicas e industriales. Ochenta por ciento de cloaca, veinte por ciento desagüe industrial. Condujimos a lo largo de los barrios bajos, los niños nos saludaban desde la ladera y nosotros, envueltos en nuestros brillantes chalecos salvavidas, les devolvíamos el saludo. Fue un viaje a través de la pobreza y la suciedad, y me avergoncé de conducir por aquí durante una hora como turista, ser un huésped en la miseria. Es como si todavía pudiera oler este río. Tampoco podía deshacerme del olor en Buenos Aires, cuando ya veíamos parejas bailando tango por la noche, cuando estábamos sentados en un restaurante de carnes, cuando hacíamos una lectura en un club, al caminar por San Telmo, al ir al mercado de pulgas y cuando paseábamos por la sala del mercado. El olor de este monstruoso fracaso se quedó y seguirá conmigo.

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