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Robert Brockmann

Robert Brockmann
Robert Brockmann | Foto: © Roberto Calderón

Robert Brockmann nació en Cochabamba, Bolivia, en una familia donde la lengua materna ya era el español, pero donde el contacto con Alemania siempre estuvo vigente. Estudió Ciencias de la Comunicación en la Universidad Católica San Pablo de La Paz, Periodismo en la Universidad Estatal de Arizona en los Estados Unidos y realizó un voluntariado en la Deutsche Presse- Agentur (dpa) y en la Akademie für Publizistik de Hamburgo. El hablar y escribir en tres idiomas (español, alemán e inglés) le dio una ventaja comparativa en su carrera periodística. Particularmente en la dpa, su trabajo consistía en editar, reescribir y/o traducir textos en alemán o inglés al español.
Robert Brockmann nació en Cochabamba, Bolivia, en una familia donde la lengua materna ya era el español, pero donde el contacto con Alemania siempre estuvo vigente. Estudió Ciencias de la Comunicación en la Universidad Católica San Pablo de La Paz, Periodismo en la Universidad Estatal de Arizona en los Estados Unidos y realizó un voluntariado en la Deutsche Presse- Agentur (dpa) y en la Akademie für Publizistik de Hamburgo. El hablar y escribir en tres idiomas (español, alemán e inglés) le dio una ventaja comparativa en su carrera periodística. Particularmente en la dpa, su trabajo consistía en editar, reescribir y/o traducir textos en alemán o inglés al español.

Aparte de este extenso e integral trabajo que es difícil de cuantificar, tradujo su primer libro "¡Vamos a América! Inmigración alemana a Bolivia" de Claudia Maennling en 2016. "Guttentag - La vida del editor judío Guttentag entre Alemania y Bolivia", fue el segundo libro traducido por Robert Brockmann en 2020 y promete convertirse en un hito literario y cultural en Bolivia.
 
Brockmann es también autor de varios libros de historia, todos ellos éxitos de ventas en su país.
 

Y, para ti, ¿qué es la traducción literaria? ¿Cuál ha sido tu experiencia y desafío más importante en la traducción hasta ahora?

Ojalá todo el mundo tuviera la suerte de poder leer a todos sus libros favoritos, a sus autores favoritos, en sus lenguas originales. Pero claro, ello no es posible. De ahí que todos debiéramos estar conscientes de que tener una buena traducción en nuestras manos es tan importante como tener una buena trama, buena escritura, y/o a un buen autor. Si cualquiera de aquellos falla, nuestro disfrute y apreciación de la obra sufrirá en consecuencia. Una de las novelas más importantes de la literatura, boliviana, por ejemplo, “Laguna H.3” de Adolfo Costa du Rels, fue escrita originalmente en francés. El que no haya sido suficientemente apreciada en español se debe, dicen, a una mala traducción.
 
Todos hemos sufrido la lectura de malas traducciones, o de traducciones insuficientes. Existen, por otro lado, dicen, traducciones que trascienden a la obra original y la mejoran. Jorge Luis Borges escribió extensamente sobre el tema. Para él, podía haber, y había, traducciones superiores a los originales. Incluso acuñó el término “la superstición de la inferioridad de las traducciones”, y él mismo tradujo, magníficamente, “La metamorfosis” de Kafka.        
 
En el otro lado del espectro tenemos la pretensión de que las modernas series de televisión son la nueva literatura. Y en ese universo, menudean, en el ámbito latinoamericano, programas documentales o pseudodocumentales elaborados en Estados Unidos y traducidos en Estados Unidos, por inmigrantes hispanoparlantes que han perdido el contacto directo de la lengua a la que traducen. Como resultado tenemos una televisión traducida llena de anglicismos y barbarismos que empobrecen el idioma.
 
Los traductores terminan siendo casi coautores de los libros que traducen. Los reescriben y en ese proceso sufren, se alegran y pasan, con más profundidad que los lectores regulares, por toda la gama de emociones que emanan de la obra y de la pluma del autor. Nadie conoce mejor a los autores y a las obras, aunque suela ser una relación relativamente breve, que los traductores.
 
¿Qué sería de la cultura sin los traductores? Somos los vasos comunicantes no sólo entre las palabras y los idiomas, sino entre los significados profundos, entre los conceptos, entre la vivencias similares —o idénticas— experimentadas en lugares y épocas distantes, que nos igualan como seres humanos, pero que sólo suenan diferentes.
 
El desafío de una buena traducción está en no sólo reproducir la idea, el concepto, sino en recrearlo en términos culturales. De ahí que no basta el mero conocimiento del idioma. Hace falta haberse mojado los pies, por lo menos, en la cultura que ha producido la lengua que estamos traduciendo. Eso hace más difícil traducir obras de la antigüedad, cuya experiencia ya no está a nuestro alcance.
 


 

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