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Fernanda Trías
También escribir es una artesanía

© Juan Camilo Roa, 2018

La autora uruguaya Fernanda Trías dialoga, desde su propia labor, con las ideas de Walter Gropius sobre arte, arquitectura y el trabajo de los artesanos.


"¡Arquitectos, escultores, pintores, todos debemos volver a la artesanía!" (Walter Gropius)

Hubo una época en que sentía vergüenza ajena cada vez que oía a un escritor referirse a sus libros como “mi literatura”. “En mi literatura exploro el concepto de orfandad”, podía decir el escritor en cuestión, pero yo lo oía así: “En Mi Literatura”. Sonaba como si la literatura fuera algo que podía adquirirse: estaban los que tenían literatura y los que no la tenían, evidentemente, de igual modo que algunas personas podían decir “mi Rolls-Royce”. Yo, en cambio, decía “mi escritura”, y siempre bajaba la voz al pronunciarlo. También me rechinaban los dientes cuando oía a algún otro escritor decir “mi trabajo”. Yo, en cambio, decía “mi oficio”. Qué complicadas eran las palabras y cuánto podíamos decir de nosotros con la elección de cada una. En aquella época, ya comenzaba a entender que no había palabras inofensivas. Decir “mi trabajo” parecía hablar de esa profesionalización del arte que Walter Gropius critica en su manifiesto. Yo iba a un taller de escritura y ahí estaba aprendiendo algunas cosas, pero no como se aprenderían en la universidad, sino como ese “joven que siente amor por la actividad artística” y comienza “como antaño aprendiendo un oficio”. Eso me puso a reflexionar: ¿por qué hablaba yo de aquel modo? Tal vez carecía de seguridad interior. Tal vez rebajaba mi propia escritura mediante la elección de esas palabras. Pero de ser así, ¿eso no significaba que estaba considerando el “oficio” como algo menor, una travesura infantil al lado de esa cosa seria y respetable que era el “trabajo”, y la “literatura” como algo elevado, digno de reverencia, superior al simple acto de escribir? Otra vez sentí vergüenza, esta vez por mis propios juicios de valor. Qué bueno hubiera sido encontrar una palabra neutra, una que no viniera unida a todos esos conceptos del arte como algo sublime y del oficio de escribir como algo modesto, mínimo, algo que las mujeres realizaban en sus casas, como bordar, como cocinar una buena albóndiga.

En mi imaginación, era como si esos escritores tuvieran el poder de la alquimia, como si las palabras que pasaban por ellos inmediatamente se transmutaran en algo valioso, digno de ser dicho. Por el contrario, mi propia experiencia con la escritura estaba muy alejada de ese sentimiento. Yo no producía milagros, como un rey Midas de las palabras, nada brotaba de mí. En todo caso yo construía con ellas como si fueran bloques de Lego, trabajosamente, lentamente, como si enhebrara las cuentas de un collar muy largo. Lo que yo hacía era una forma de arquitectura, tal vez de albañilería, eso que Gropius llamó “un mundo de gente que construye”.

¿Y la inspiración? Mi cabeza tampoco recibía ideas, sino que más bien las encontraba. En el ejercicio de encastrar palabras a veces me topaba con una idea, un destello. Las palabras se engarzaban para construir imágenes y, con un poco de suerte, las imágenes producían chispas, como dos piedras que se entrechocan, y esas chispas se convertían en historias. Muchas veces, mi encuentro con las ideas se producía con sorpresa, como una consecuencia inesperada del lento proceso de encastrar bloques. Tal vez por eso no me sentía dueña de la literatura: así como algunas civilizaciones se dedicaban a la agricultura, yo me dedicaba a la caza y recolección. ¿Entonces eso significaba que yo no tenía ideas? Para mí, la palabra “literatura” se relacionaba con “obra” y la palabra “artesanía” con “manualidad”. Yo escribía, movía los dedos sobre un teclado, a veces incluso utilizaba una lapicera sobre un papel. ¿Con qué se piensa, con la cabeza o con la mano? Las articulaciones ponían en movimiento la mano, pero la mano despertaba un músculo antiguo, extrañamente ligado a la imaginación, comunicaba con algo más arcaico, más auténtico.

“No existe ninguna diferencia esencial entre el artista y el artesano”, dice Gropius, pero tuvieron que pasar años para que la idea de la escritura como una artesanía fuera adquiriendo en mí otros sentidos. La artesanía no solo hablaba de un modo de producción, sino también de una postura ante el mercado: lo escrito, el resultado de la ardua labor nunca sería homogéneo, nunca podría masificarse. Despojadas de ese poder transaccional, las palabras ya no me asustaban tanto. Ahora podía verlas igual que la arena que usábamos de niños para hacer castillos en la playa. La arena, recordé, que siempre traía sorpresas: un caracol enterrado, un anillo perdido.

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