Reporteros protagonistas

Las problemáticas contemporáneas reclaman cronistas con nuevos puntos de vista, capaces de experimentar con su voz para innovar sus métodos de trabajo y herramientas narrativas. Gonzo, inmersión, memoria personal, disfraz, confesión, testimonio... nada le es ajeno a la nueva crónica latinoamericana, que sigue en plena y constante transformación.

Los que empezamos a escribir crónicas a inicios del siglo XXI no teníamos ni idea de lo que estábamos haciendo, ni imaginábamos que en los años venideros se iban a lanzar tantas hipótesis sobre la naturaleza del género. Simplemente éramos un poco periodistas y un poco literatos, y ese extraño lugar en medio de todo y en medio de nada llamado crónica nos pareció el mejor sitio desde donde contar nuestras historias. Nos sentíamos cómodos en ella, leíamos a los maestros y a los maestros de los maestros, y un día empezaron a llamarnos cronistas. Nos gustaba que la literatura irrumpiera en cualquier discurso y que el relato siguiera considerándose “real”, o “verdadero”. Siempre entre comillas. Nos acostumbramos a hablar entre comillas porque las crónicas no son, por desgracia o fortuna, una noticia contrastable sino cosas de la subjetividad, hechos de la mirada. La crónica nos enseñó que podía llegar a donde ni la ficción ni el periodismo por sí mismos podían llegar.

Sin la presión de informar contra el tiempo, el cronista puede permitirse largas y exhaustivas investigaciones plasmadas con la dedicación formal de cualquier obra literaria, pero en diálogo abierto con las preocupaciones del presente. Aunque parte de nuestro trabajo tiene que ver con puntos de vista, tenemos una única restricción: no podemos inventar y ese pacto con el lector marca estética y moralmente la andadura de la crónica. Es precisa la frase de Gay Talese, uno de los grandes cronistas norteamericanos, cuando define su trabajo como un intento de “evocar la corriente ficcional que fluye bajo el río de la realidad”. En efecto, aunque su material son los hechos, la crónica acecha, rodea y abraza lo real pero para desentrañar su cara más misteriosa y desconocida.

La música del presente

Las crónicas que se escriben hoy en América Latina han dado un nuevo giro, entrando y saliendo de su propio elemento para proponer otras lecturas documentales. Menos preocupados por la forma y el lenguaje de sus textos – eso fue tarea del Nuevo (ya viejo) Periodismo de Tom Wolfe –, los nuevos cronistas están innovando desde hace un tiempo en las estrategias para acceder a la información y en el propio trabajo del reportero (esta reactualización y revitalización del periodismo literario americano fue bautizado por el estudioso Robert Boynton como “The New New Journalism”). Pero más importante aún – como escribe Jorge Carrión en el prólogo a su antología de crónicas Mejor que ficción (Anagrama, 2012) – es el empeño de estos nuevos escritores por sintonizar “con la música del presente”, esto es, por experimentar con otras formas narrativas para contar los cambios sociales y culturales últimos: las guerras, migraciones y activismos, los narcos, la tecnocumbia, los neopopulismos, Twitter, la crisis...

Cada época reclama sus testigos, sus cronistas. Estos, los que escriben en la primera década del siglo XXI, continúa Carrión, “han sabido educar sus miradas y adaptar sus herramientas y sus métodos de trabajo para construir artefactos narrativos de una complejidad a la altura de la múltiple y acelerada realidad”. En tiempos de Twitter, “la figura del reportero protagonista ha ganado un lugar que hoy se revela más acorde con las pautas informativas contemporáneas”, escribía hace poco el periodista Leonardo Tarifeño sobre los nuevos caminos del periodismo en tiempos de redes sociales, blogueros, periodistas ciudadanos y lectores que se hacen diarios a la carta. Frente a cronistas que asisten casi siempre en un segundo plano a la acción, hay otros que se colocan en un lugar muy diferente al de la invisibilidad habitual.

En primerísima persona

Sus (impresentables) maestros son Hunter S. Thompson o Günter Wallraff, escritores conocidos por infiltrarse en submundos por lo general inaccesibles y, me temo, no muy bien vistos en las facultades de periodismo. Otra periodista a la que no estudiarán los jóvenes periodistas es la señora Nelly Bly, la primera reportera infiltrada de la historia. Sabía en qué líos meterse – algunos que requerían de ella un alto grado de osadía – para convertirse en la protagonista absoluta de sus historias, allá por el siglo XIX. “Para triunfar se necesitan dos cosas: la primera es conocerse a uno mismo, la segunda impedir que el mundo te conozca”, solía decir. Bly se hizo pasar por loca para denunciar las irregularidades que estaban cometiéndose en un hospital psiquiátrico. Su reportaje logró que las autoridades emprendieran reformas sanitarias en el centro.

Hay muchos reporteros que han actuado como protagonistas de sus historias en algunos de los mejores textos publicados en la última década. El chileno Juan Pablo Meneses acompañó como uno más a los barristas de la “U” de Chile en el autobús que los llevaba a ver un partido contra River Plate y que se convirtió en metáfora de las desigualdades en el continente. Más confesional y literaria, la colombiana Margarita García Robayo narró en primerísima persona su atracción por los hombres maduros y la argentina Carolina Aguirre, conmovedoramente, hizo lo mismo con su gordura y operación de vientre. Otros dos argentinos han reporteado realidades desde dentro y poniendo sus propios cuerpos y biografías como vehículos para sus investigaciones: Laura Meradi exploró en los trabajos basura el Buenos Aires de nuevo cuño y Leonardo Faccio prestó su cuerpo a la ciencia como un conejillo de indias para destapar la mafia de la industria farmacéutica.

Espíritu gonzo

Lo “gonzo”, término que se inventó para explicar las locuras y bizarrismos del escritor Hunter S. Thompson y que hasta hoy define a un reportero que acaba protagonizando la historia que venía a contar, no suele ser un trabajo a tiempo completo para los cronistas y escritores latinoamericanos, sino una línea que a veces se atreven a cruzar. Andrés Felipe Solano se propuso vivir un mes con el sueldo mínimo colombiano y lo consiguió para contarlo; su compatriota, el novelista Efraín Medina Reyes, compartió los detalles de la operación de cirugía estética de su propio rostro. El brillante Alan Pauls contó qué se siente ser un hombre argentino en un taller de masculinidad y el chileno Alberto Fuguet reconstruyó los pasos de su tío desaparecido después de migrar a los Estados Unidos en Missing. Pero si hay dos cronistas que han llevado la crónica, ya sea desde lo intelectual o popular, hacia la exposición más descarnada y política en tanto personal, de sus voces y cuerpos descolocados, esos son la argentina María Moreno y el chileno Pedro Lemebel.

Hablamos de experimentos de inmersión en realidades de las que el escritor no sale nunca como entró, sino que vuelve involucrado, transformado para siempre. Más próximos a la memoria y al testimonio; o a la crónica de viajes y al relato de aventuras en primera persona, los reporteros protagonistas se convierten ellos mismos en laboratorios para sus propias experiencias. Tanto si para acceder han tenido que valerse de la máscara o la impostura, como si en el camino no les ha quedado más remedio que autorevelarse, el tema de los límites siempre es un tema por resolver para estos reporteros. ¿Hasta dónde puedo llegar como periodista? ¿Cuánto puedo exponerme? ¿Voy a perjudicar a gente en el camino? ¿Puedo intervenir en la acción sin cambiar del todo el rumbo de una historia? ¿Servirá lo personal para explicar una realidad compartida? Solo hay una manera de averiguar las respuestas: leyéndolos.