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Inclusión en la ciudad
¿Cómo puede la arquitectura favorecer la cohesión social?

© Marina Camargo, 2019.

Las decisiones urbanísticas pueden agudizar las fronteras sociales, pero también hacerlas más fluidas. ¿Qué tipo de estructuras arquitectónicas necesitamos para que las ciudades sirvan mejor a la comunidad y propicien prácticas de inclusión?

En sus primeras visitas a la futura sede del centro cultural Sesc Pompeia, en São Paulo, en el año 1976, la arquitecta brasileña Lina Bo Bardi se sintió fascinada no sólo por los galpones y la estructura de hormigón armado de principios del siglo XX que vio allí, sino también por el movimiento espontáneo en el lugar. “Los niños corrían, los jóvenes jugaban al fútbol debajo de la lluvia que caía de los tejados agrietados, riéndose de los disparos en el agua. Las madres preparaban churrascos y sándwiches en la entrada de la calle; un teatro de títeres funcionaba allí cerca, lleno de niños. Y pensé: todo esto debe continuar así, con toda esta alegría”, relató más tarde la arquitecta en el libro Lina por escrito, publicado en 2009.

Lo que Bo Bardi percibió como valioso fue la sensación de pertenencia que surge del uso compartido del espacio público. Y así, con base en los diseños de Bo Bardi, el Sesc Pompeia se convirtió después de su inauguración en 1982 en uno de los centros de recreación más emblemáticos del mundo. No por casualidad este proyecto es uno de los ejemplos de arquitectura inclusiva abordados en Acceso para todos – Las infraestructuras arquitectónicas de São Paulo, exposición que integró en 2019 la programación del Museo de Arquitectura de la Pinacoteca de Múnich.

Con la curaduría de Daniel Talesnik, la muestra analizó el modo en que una megaciudad como São Paulo, con más de doce millones de habitantes, creó estructuras para compensar la escasez de espacios abiertos y de esparcimientos urbanos. El elemento común de la selección que se presentó es el énfasis en el diálogo con el entorno. “Catalogamos obras de diferentes dimensiones que crean puntos de inclusión para la sociedad”, resume Talesnik. Para el curador, “inclusivo” quiere decir construcciones capaces de favorecer el encuentro entre las personas por medio del deporte, la cultura y la educación. “Es una perspectiva que entiende que la arquitectura también tiene un carácter político”, completa el curador. 

Fronteras en movimiento

“Hay algo preocupante en la dimensión macro, que es nuestro problema principal: la exclusión y la desigualdad socioterritorial, una cuestión propia de América Latina, el continente más urbanizado del planeta. Tenemos una realidad urbana difícil, asociada a una economía desigual, algo que no puede olvidarse si uno piensa en lo urbano, sea para hacer una casita o diseñar algo más grande”, confirma el arquitecto Vinicius Andrade, de São Paulo.

Según el último censo del Instituto Brasileño de Geografía y Estadística (IBGE), del año 2010, Brasil tenía cerca de once millones de personas que vivían en comunidades de pocos recursos, llamadas “favelas”. El Programa de las Naciones Unidas para los Asentamientos Humanos (ONU-Habitat) estimó en mil millones las personas que en 2018 vivían una situación semejante. “La favela es una especie de frontera, el límite de la ciudad. Pero a su vez, del otro lado de la favela también hay ciudad, es decir la favela no tiene un otro lado. La persona que sale de la favela y se pone en movimiento en la ciudad es –ella misma– esa frontera en movimiento. En cierto modo, el cuerpo negro, pobre y “favelado” es una frontera en movimiento, por eso corre riesgos, reflexiona el filósofo y director de teatro José Fernando Peixoto de Azevedo, profesor de la Universidad de São Paulo y uno de los creadores del grupo de “Teatro de Narradores”, que en muchas piezas ocupó el espacio público, teniendo como tema y como sala la ciudad con sus conflictos. 

Esos riesgos a los que se refiere dicen mucho sobre la distribución de la violencia. “Esa es una cuestión compleja para pensar la ciudad de hoy, porque la arquitectura también diseña cuerpos. Hay espacios que los reprimen, o de exclusión y vigilancia. La arquitectura es una negociación constante con los cuerpos”, afirma Peixoto de Azevedo. 

Rehenes del control y la segregación

De esa negociación surge la retórica de la seguridad, que se traduce en muros, barreras, contraseñas, controles y accesos separados, en emprendimientos con fuertes aparatos de vigilancia. “Hay un aspecto esencialmente coercitivo en la arquitectura. Cuando usted levanta una pared, está diciendo: “Por aquí no se pasa”. Lo único que podemos hacer es intentar ampliar los márgenes de libertad, pero lo que se ve cada vez más son arquitecturas que, a partir de una falsa idea de seguridad, practican en la ciudad una separación radical”, comenta Carlos Alberto Maciel, del estudio Arquitetos Associados, de Belo Horizonte. “Ya hay edificios con sensores de iris, es decir, se llega a una situación en la cual el carácter coercitivo invade y coloniza lo cotidiano, y hace del morador mismo un rehén de una estructura de control y segregación”, agrega el arquitecto. 

Incluso la elección de los acabados puede servir para aproximar o alejar: “Es una comunicación que pasa por la materialidad. En cualquier proyecto, es importante realizar una intermediación entre el edificio y la ciudad, eso que muchos llaman ‘gentilezas urbanas’”, recuerda el arquitecto Luis Mauro Freire, profesor de la Escuela de la Ciudad y miembro el estudio de arquitectura Projeto Paulista.

Respeto de las singularidades locales

¿Pero cómo mantener la identidad local a través de interferencias arquitectónicas? ¿Qué es lo que crea la sensación de pertenencia a un lugar? “La identidad local está relacionada con las redes sociales construidas por la población. La arquitectura no debe imponerse sino respetar las dimensiones del barrio, la vegetación y las culturas locales”, afirma la arquitecta y urbanista Elisabete França. Ese cuidado se tuvo en 2003 cuando se crearon en São Paulo los Centros Educacionales Unificados (CEUs), una política pública para las zonas de pocos recursos de la ciudad. “La idea era crear un pilar anclado en principios éticos de construcción colectiva del lugar, abrir esos claros, esas esquinas culturales que promovieran un encuentro de las diferencias”, manifiesta Alexandre Delijaicov, arquitecto, profesor de la Universidad de São Paulo y uno de los responsables del proyecto. 

Un ejemplo importante de este intento por respetar la identidad en la arquitectura se ha dado en Colombia. “El urbanismo social que se practicó en el país consolidó un abordaje integrador”, observa Andrade. Considerada en los años noventa la ciudad más violenta del mundo, Medellín vio caer sus tasas de homicidio más del 80% entre 1992 y 2012 gracias a innovaciones capaces de enfrentar sus temas críticos, entre ellos el narcotráfico.

Fue por recomendación de sociólogos y urbanistas que se generaron medidas como las de conectar por medio de teleféricos las comunidades de las laderas, o crear parques con bibliotecas. Pero esto se hizo incluyendo a la población. “A partir de los años ochenta fue ganando fuerza un criterio internacional que se imponía con las mismas características en todas las ciudades. Hoy, eso perdió fuerza y adquieren importancia las especificidades locales, así como la presencia del arquitecto que busca soluciones para los mayores desafíos del nuevo siglo: la precariedad urbana y la protección del medio ambiente”, concluye França.

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