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Hispano, latino, latinx
Más que simples etiquetas

© Marina Camargo, 2019.
© Marina Camargo, 2019.

Tanto entre los organismos oficiales como las comunidades de ciudadanos en Estados Unidos, el intento por establecer apelativos generales para los latinoamericanos provoca hasta hoy desacuerdos. Sin embargo, ese intento también abre debates importantes sobre la identidad y la visibilidad de poblaciones enteras.

De Ludy Grandas

“Maestros hispanos quieren ayudar a los niños latinos en las escuelas de Georgia”, informa un periódico local estadounidense. ¿Provienen los maestros de una región y los estudiantes de otra? La respuesta depende. Etiquetas como “hispano”, o “latino”, y la más reciente, “latinx”, han tenido desde funciones burocráticas de corte pan-étnico, hasta movilizadoras.

La historia oficial estadounidense ha oscurecido la presencia de las poblaciones de origen latinoamericano, indígena y español. Por eso se desconoce que la presencia de “latinos” viene desde el siglo XVI, cuando España construyó sus primeros asentamientos en la Florida y Nuevo México; que entre 1846 y 1848, México y Estados Unidos entraron en guerra por territorio y que, en 1848, con el Tratado de Guadalupe Hidalgo, México cedió a EE.UU. siete estados de lo que hoy es el Suroeste de los Estados Unidos. A los mexicanos pudientes se les brindó protección de sus derechos civiles y de propiedad. Por su parte, los mexicanos pobres obtuvieron la ciudadanía pero de segunda categoría. A ellos y a sus descendientes se les llamó peyorativamente “chicano”, como sinónimo de “pobre” e “inmoral”.

En la década de 1960, durante el movimiento por los derechos civiles, el apelativo “chicano” fue reapropiado con orgullo y popularizado por estudiantes y trabajadores agrícolas mexicanos y sus descendientes. Al lado de los afroamericanos y otras minorías, el movimiento “chicano” reclamaba la inclusión e igualdad en derechos y oportunidades que la sociedad blanca. Esta década tuvo un fuerte impacto en la sociedad estadounidense y repercusiones en el gobierno estatal y federal. En un intento por equilibrar la balanza social y económica, la cual históricamente beneficiaba a la población blanca, varios decretos presidenciales consolidaron el programa Acción Afirmativa. Este programa requería que el gobierno y empresas privadas mantuvieran cuotas para asegurar a las minorías igualdad de oportunidades.

Una supuesta identidad pan-étnica

Para comprobar la efectividad de la Acción Afirmativa, en 1976, el gobierno federal ordenó que se registrara por primera vez la información estadística de los residentes de origen latinoamericano y otros países de habla hispana para rastrear su progreso económico y social en relación con otros grupos migratorios y la sociedad blanca. Para lograrlo, en 1977 la Oficina de Administración y Presupuestos, encargada del censo nacional, utilizó el apelativo “Hispanic” con el fin de crear oficialmente una suerte de la identidad pan-étnica. Así, para el censo de 1980, hispano aplicaba a toda persona nacida en América Latina o España, y toda persona que descendiente de por lo menos una persona nacida en América Latina o España.

“Hispano” no equivale a una raza. Y sin embargo, al ser ubicado al lado de “blanco” y “afroamericano” en el formulario, el componente racial y étnico del término se hizo evidente. Al imponer una identidad de esa magnitud se corre el riesgo de que la población responda negativamente al encasillamiento. Eso sucedió en efecto con los supuestos hispanos, que tienen afiliaciones nacionales muy fuertes y variadas, conforman una población diversa y tienen experiencias fundacionales, económicas, sociales, políticas y culturales distintas. La inconformidad con el apelativo no se hizo esperar.

En grandes ciudades como Nueva York, Chicago y Los Angeles, como lo documenta Suzanne Oboler en su libro La identidad latina de ayer y de hoy (1995) el término “hispano” parecía reforzar la identidad colonial de España en América Latina y, en ese sentido, parecía que se buscaba ignorar la compleja identidad latinoamericana e implicaba un alejamiento de las minorías negras e indígenas del continente en nombre de una lengua, el español, la fe católica y una supuesta uniformidad cultural.

La alternativa a “hispano” fue entonces “latino”. Alrededor de “latino” se tejió una fuerza cultural que buscaba alejarse de cualquier tinte racial, como si esta fuera una posibilidad verdadera en Estados Unidos donde el otro es inherentemente racializado. Llamarse “latino” en estos espacios tenía como objetivo una agenda política clara (lograr vivienda, derechos al sufragio, vivienda justa, educación bilingüe) que difícilmente podía lograrse si cada comunidad insistía en su afiliación a su identidad nacional particular.

A simple vista, “latino” parece una abreviación de “latinoamericano”. Desde esta perspectiva, lo latino es problemático ya que connota que del Río Bravo hasta La Patagonia existe una homogeneidad tanto étnica como lingüística proveniente de España, Portugal y Francia. Esta visión también excluye a los grupos indígenas, negros y demás poblaciones que provienen de esta región. Entendido de esta manera, no sorprende tampoco que que el término “latino” no sea bien recibido por varios grupos que sienten que sus identidades particulares son invisibilizadas. Los latinos blancos, por su parte, sienten que también se les desconoce su afiliación con Europa, especialmente con España.

Nuevas etiquetas, nuevos descontentos

Oficialmente, desde el Censo del año 2000, y en la cultura popular, los medios de comunicación e interacciones cotidianas, la academia, se ha venido utilizando “latino” e “hispano” indistintamente. Sin embargo, como reportó el Pew Research Center en 2011, un 51% de los censados sostuvo que prefiere identificarse con su país natal o con el país de origen de su familia. Solo un 24% prefirió identificarse con “hispano” o “latino”. Queda claro que ni la etiqueta “hispano” ni “latino” satisfacen enteramente a una población que cada día crece en número en los Estados Unidos (hasta 2018, un 18% de la población). La insatisfacción se da porque independientemente de cuánto se haya asimilado una persona a la cultura dominante, como sostiene Oboler, siempre será considerado “extranjero”, sin importar si la familia lleva generaciones viviendo en los Estados Unidos o si se cruzó la frontera ayer en la tarde.

Etiquetas pan-étnicas como “hispano” o “latino” siguen siendo fuertes, pero esto no impide que surjan etiquetas que buscan mayor inclusión. Este es el caso de la etiqueta “latinx”. Juliana Martínez y Salvador Vidal examinan las posibilidades del término “latinx” en su ensayo “Latinx Thoughs: Latinidad with an X” (2019). Según ellos, el término ya aparecía en foros en línea en la década de 1990 y en 2015, la palabra se popularizó entre académicos, activistas y redes sociales. Tal ascenso está atado a la habilidad que tiene este término para incluir la diversidad sexual, étnica y racial de los latinos y retar la cultura dominante y sus normas al otorgare a “x” un género neutro, inclusivo.

Detractores del término “latinx” lo ven como otra imposición colonial que intenta borrar la historia de personas con roles de género tradicionales y que distraen de problemas que aquejan a la comunidad. Para otros, es solo una moda pasajera sin impacto real. Para Martínez y Vidal, término “latinx” produce malestar entre algunos hispanos/latinos conservadores heterosexuales que ven la desestabilización de la dinámica que los ha mantenido en el poder gracias a la marginalización y violencia hacia las minorías.

Podemos concluir que de la misma manera que algo como identidad latinoamericana es una ficción, intentar crear una categoría pan-étnica como “hispano”, “latino” o “latinx” es algo ilusorio. Ahora bien, también es innegable que estas etiquetas, incluso si son problemáticas, han permitido el surgimiento de movimientos de solidaridad que buscan dar visibilidad y poder a la minoría más grande de los Estados Unidos.

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