Alemania después de la cumbre climática El pionero ante un desafío

Con la energía del viento;
Con la energía del viento; | © industrieblick_Fotolia

La comunidad mundial se planteó metas ambiciosas en París. Para alcanzarlas, también Alemania debe realizar grandes esfuerzos.

Con la cumbre climática realizada en París a finales de 2015, la comunidad internacional ha hecho historia. Por primera vez, todos los países de la Tierra se comprometieron a limitar sus emisiones de gases de efecto invernadero. Además, en el acuerdo reforzaron una meta principal, inesperadamente ambiciosa: el calentamiento global deberá ser detenido “muy por debajo de los dos grados”. En la actualidad, la temperatura del planeta es más o menos un grado mayor que en la época preindustrial. Complementariamente, se acordó “realizar esfuerzos para limitar el ascenso de la temperatura a 1,5 grados”.

Este agregado es problemático. Pues el límite de 1,5 grados significa que la cantidad de gases de efecto invernadero que puede liberarse en todo el mundo casi debe ser la mitad respecto a la de la meta anterior de dos grados. El objetivo de 1,5 grados obliga a anticipar esfuerzos concebidos para más tarde, y esto es válido sobre todo para el país precursor en energías renovables: Alemania. Además, se necesitan acciones mundiales para volver a quitar de la atmósfera el dióxido de carbono: por ejemplo la reforestación de grandes superficies y el almacenamiento de dióxido de carbono en capas más profundas de la tierra.

Los planes actuales, “insuficientes”

Son muchas, pues, “las medidas difíciles que aún deben tomarse”. Esto puede verse en los objetivos nacionales respecto al dióxido de carbono, que entregaron los ciento noventa y cinco países participantes. Hasta ahora alcanzan sólo para limitar el calentamiento a 2,7 grados y por eso, después de la entrada en vigor del acuerdo de París, dentro de cinco años, se evaluarán los pasos dados y se los profundizará. Hasta ahora Alemania es uno de los países que se ha puesto las metas más altas: sus planes ya son compatibles con el objetivo de dos grados. El gobierno federal y el parlamento ya resolvieron en 2007 bajar las emisiones de gas invernadero en un 40 por ciento para 2020 y en un 80 a 95 por ciento para mediados de siglo, siempre en comparación con 1990, el año de referencia.

Desde la perspectiva científica está claro: para poder cumplir con “París”, las exigencias deben ser más altas también en Alemania. “Una reducción de entre el 80 y el 95 por ciento seguramente no alcanzará para una meta de 1,5 grados”, sostiene el Instituto Potsdam de Investigación del Impacto Climático. A su vez, el grupo de expertos berlinés Agora Energiewende calcula, por ejemplo, que la última central eléctrica de carbón debería dejar de funcionar no en 2040, como se ha planteado, sino en 2035.

Pero ya la meta de dos grados es ambiciosa. El gobierno federal aprobó a finales de 2014 un “plan nacional de protección del clima”, que incluye numerosos puntos, para asegurar que se alcance el objetivo de 2020 en cuanto a la reducción de dióxido de carbono. El motivo porque se elaboró el plan: el ahorro de los años anteriores quedó bajo los valores postulados, en algunos casos se registró incluso un aumento de las emisiones. A finales de 2015, comparada con 1990, la expulsión de dióxido de carbono bajó un 28 por ciento. Para 2020 deberá bajar por año otros tres puntos porcentuales. Para todos los campos –desde la producción de corriente eléctrica hasta la industria y el transporte– rigen objetivos de ahorro que se evaluarán y ajustarán anualmente. Además, el Ministerio de Medio Ambiente, Protección de la Naturaleza, Construcción y Seguridad Nuclear está elaborando un “Plan de Protección del Clima 2050”, que describe el modo en que se implementará la amplia reducción del dióxido de carbono para mediados de siglo. El plan será aprobado en el verano de 2016.

Polémica por el carbón

Desde la cumbre climática se debate apasionadamente en Alemania sobre una profundización del curso a tomar. Los principales puntos en que se pueden realizar ajustes son el ritmo de la difusión de las energías renovables y del abandono del carbón, el aumento de la eficiencia energética, la promoción de la electromovilidad y un cambio en el transporte que implique el paso del automóvil al autobús, el tren y la bicicleta. La Confederación de la Industria Alemana (BDI) advirtió sobre una excesiva ambición en política climática. “No es el momento indicado para pensar nuevas metas europeas o nacionales”, ha dicho el presidente de la Confederación, Ulrich Grillo. No sería bueno, opina él, que, en cuestiones de política climática, Alemania pasara “de ser un pionero a un ermitaño”. Por el contrario, las asociaciones de protección del medio ambiente, algunas iniciativas provenientes del campo económico y los partidos de oposición exigen metas más altas.

Sobre todo resulta controvertida la política a seguir respecto al carbón. El Ministerio de Medio Ambiente considera que es posible dejar de aprovechar el carbón, sin consecuencias sociales, dentro de veinte o veinticinco años. El Ministerio de Economía y Energía, así como los políticos demócrata-cristianos y social-cristianos, insisten en plazos más largos. Por su lado, Annalena Baerbock, experta en clima del Partido Verde, opina: “Quien como el gobierno federal en París ha suscripto una limitación del caliento global por debajo de dos grados, debe ser consecuente y abandonar el carbón”. El jefe del sindicato del sector minero y químico (IGBCE), Michael Vassiliadis considera “insensato estar comenzando a cada rato un debate sobre el cambio de energía”. Para reducir el dióxido de carbono, más bien recomienda invertir dinero en los países en vías de desarrollo: “Así cada centavo estará mejor usado y sacará del mundo más toneladas de dióxido de carbón que si Europa define nuevos objetivos de ahorro por valores decimales”.