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Carta para María Paz

Mintraching, 31 de mayo de 2018
 
Querida María Paz:

   Hay tormenta y llueve. Estoy sentada sobre las piedras frente a la casa de mis padres, cerca del enchufe, ya que mi laptop no tiene suficiente batería. Inclinada frente al prado se encuentra la colmena alrededor de la cual las abejas volaban hace dos horas, antes de que se levantase la tormenta, mientras los insectos se replegaban alrededor la casa.
   Me gusta la tormenta. Hizo calor todo el día, el cielo estuvo celeste y despejado y ahora únicamente se han levantado unas teatrales nubes grises. Hay viento, relampaguea y truena.

 
Abbildung der Sumpfdotterblume "Abbildung der Sumpfdotterblume" en "Flora von Deutschland, Österreich und der Schweiz" de Otto Wilhelm Thomés, Gera 1885. | © libre    El cuadro de Pedro Lira me encanta. Me gusta cómo la mujer se aparta de tal modo que no se puede ver su rostro. La luz reposa sobre su vestido, la habitación en el fondo está oscura. Y la carta en su mano, sostenida detrás de su espalda; la escena reviste cierto carácter dramático, no tanto como el de la tormenta en este momento, sino con mayor sosiego. Me da la sensación de estar enterada de algo, de ver aquello que no está destinado a mis ojos. Con eso juega la imagen, ya que probablemente ésta sí apunte a ellos; de lo contrario no habría sido pintada.
   Como espectadora estoy al tanto de algo y al mismo tiempo no lo estoy. Me ha sido revelado el contenido de la carta, así como el rostro de la mujer, que podría interpretar – parece nervioso, temeroso, triste – e inferir de su mímica sobre la misiva.
   De momento me encuentro leyendo un ensayo de Susan Sontag “Ante el dolor de los demás”. Allí escribe sobre fotografía: “Queremos que el fotógrafo sea un espía en la casa del amor y de la muerte”*. Debo pensar en la frase mientras miro la imagen. El pintor adopta en este caso el rol del espía. Y como se trata de un cuadro, parecido en la ficción a una novela, o construido como ella, me permito ingresar en él. Susan Sontag escribe: “Descubrir que las fotografías que al parecer son registro de clímax íntimos, sobre todo del amor y de la muerte, están construidas, nos consterna especialmente”.*
 
   El cuadro de Pedro Lira tiene algo de íntimo al igual que las cartas. En rigor, por el solo hecho de doblar el papel, ponerlo en un sobre, pegarlo, escribir sobre éste un destinatario a quien se le dirige el contenido y confiar en el correo. Por supuesto, las cartas también pueden perderse como tú dices. Y debo ponerme a pensar, como hace un par de años, ya no recuerdo más dónde, si fue en una película o en el Museo del Stasi en Leipzig, en algo parecido a una máquina de vapor con la cual lxs trabajadorxs de las autoridades del Stasi podían abrir los sobres para leer las cartas y luego cerrarlos, sin que en dichos sobres quedara desde afuera ningún rasguño visible. Sin ninguna forma de notar en el sobre que alguien se había sentado en una mesa y allí hubiera podido sacar la carta, leerla y vuelto a colocarla en él. Así la misiva llegaba desde su remitente a su destinatario/a, sin que este último se enterara que aquella había pasado por las manos de otra persona y que ésta también la había leído.
   La intimidad de las cartas para mí también se relaciona con la letra. No puedo decir exactamente porqué. Hace un rato ordené mi habitación y casualmente encontré una nota de mi ex novia. Era una lista con sus podcasts favoritos, que me había escrito porque yo tenía un largo viaje en tren por delante. No sabía todavía entonces qué tipo de nota era, pero supe enseguida quién la había escrito. Era su propia e inconfundible letra. La volvería a reconocer en muchos escritos: la forma en que sus letras se desvían, las líneas plagadas de garabatos. Pienso en la letra de mis amigos, de mis padres y de mi hermana. Es raro, pero por alguna razón también siempre me conmueve la caligrafía de la gente que conozco bien.
Esa intimidad de la letra aquí se pierde. Ahora escribo esta carta no solo en la laptop sino también sabiendo que no solo tú serás quien la reciba, sino también el traductor y lxs lectorxs de este blog.

Calta palustre© Ronya Othmann
 
Entretanto, es viernes y estoy sentada afuera en el jardín. El sol brilla, hace calor y aquí vuelven a zumbar las abejas.
   Me alegró mucho la imagen del herbario de Emily Dickinson. No sabía que había confeccionado uno.
   Y sí, construyamos un herbario, sea como sea que se vea.
   Te envío la foto de una flor que florece acá en mi jardín. La fotografié con mi laptop. Se llama Calta palustre. Volví a leer el nombre ya que aunque puedo acordarme bien cómo se llaman las plantas – sobre todo, en casos como Calta palustre – casi nunca logro asociar los nombres con cada una de ellas. Cuando camino a través del bosque, veo un árbol, un arbusto, una flor, una hierba. A veces desearía poder caminar por el bosque y decir: Castaño, Roble Rojo, Acebo, Abeto común, Ambrosia artemisiifolia, Ambrosia.

Sumpfdotterblume-1© Ronya Othmann
 
   También te envío un poema, donde un Yo camina por un paisaje. El poema que en realidad te quería mandar todavía no está del todo terminado. Te lo remito la próxima vez.
   En lugar de él acompaño la foto de una sábana que yace bajo un moral aquí en el jardín. Sobre ella caen las moras que son recogidas siempre por la noche.

Sábana© Ronya Othmann
 
   Busco los crisantemos cuando esté de regreso en Leipzig y te envío un abrazo!
 
Cariñosamente,
Ronya



*) Las citas son de:

  • Sontag, Susan: "Ante el dolor de los demás", traducido por Aurelio Major, Buenos Aires, Alfaguara, pág. 67.

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entre las briznas una contracción
resistiré hasta la parada del micro, mis hombros
quépesados. en el prado el mucílago, de
alguna fiera o del rocío. Juro ceniza,
a una rosa, endeble. y mi mano
izquierda roza un insecto. qué moscas lleva la piel
y hacia dónde forma los copos la leche en la mañana. yo
deseo la vera de un camino, gas natural, si. no he cantado
ni quebrado en dos. mas adónde irán las
penas. 

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