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¿Qué existió antes: la música o la palabra? La hija de ambas es la poesía, eso está más que claro.

   A mi padre le gustaba recitar en voz alta poemas y otros textos – ya fuera en alemán, español, inglés o francés – en su habitación. Desde luego, el placer de dejar resonar la propia voz, el arte del habla, es algo que comencé a captar de forma intuitiva desde niña. Además, me llegaban cuentos para dormir de mi madre mediante los poemas de Georg Trakl – que aunque mi intelecto no pudiera comprenderlos, me fascinaban por su tono oscuro tanto como la música de flauta autodidacta de mi padre o las voces de la radio. El medio que teníamos en casa –, mientras que el televisor siempre brillaba a la distancia, en la casa de los demás.

Si la poesía Es la hija de la música y la palabra, ¿entonces el acento sería su hijastro?

   Mi padre se dedicó a adquirir el idioma alemán hasta la perfección – razón por la cual seguramente hasta el día de hoy me resulte tan penoso mi propio acento en español, mi idioma paterno. Me hiere en el más amplio sentido. No porque esté terriblemente marcado – sino porque torna visible aquello que me gustaría silenciar: que no pertenezco como “debería pertenecer”. Quizás por eso me fascinen lxs escritorxs y traductorxs que abordan esto abierta u ofensivamente. Figuras como Samuel Beckett, que a partir de 1946 y de la redacción de su novela Mercier et Camier escribiría principalmente en francés, su segunda lengua, porque le era más fácil escribir “without style”.
Vicente Huidobro © Biblioteca Naional de Chile / Hans Arp
   Apenas veinte años antes Vicente Huidobro – también en París – había publicado sus Manifestes en que reflejaba su postura teórica sobre el Creacionismo y con ello su actitud frente al programa de los surrealistas allegados a André Breton. Tampoco él redactaba este escrito, característico de su obra, en su lengua materna sino en francés.

   (No estoy segura si el padre del Creacionismo y el padre del Teatro del absurdo se habrían llevado bien o si se habrían despedazado. En cada caso se presentan paralelismos también entre ellos y no me sorprendería que se hubieran realmente conocido: Ambos lucharon junto a su común patria adoptiva, París, del lado de los Aliados respectivamente apoyaron la resistencia).

   El acento es algo disonante por naturaleza, sea que moleste o no. Aporta una pausa en la fluidez; es un otro en lo esencial. Dentro de una lengua hablada siempre alude a otra, la lengua original. En este sentido, conforma un medio. Y traduce el ser-ajeno dentro de una lengua en otra. En mi caso se trata de la “R enrollada” y otra manera de pronunciar los vocales – en otros casos la dificultad reside en pronunciar la diéresis alemana o la “ch”. El acento siempre constituye una situación de mezcolanza que deriva de una lengua de partida y la de llegada. ¿Un puente? ¿Un hoyo en la calle? Una rasgadura en el periódico a través de la cual se* puede ver el mundo con otros ojos.

¿De dónde eres?

   Y a través de la cual unx está vista/o de manera distinta que la mayoría: En Chile me preguntan a menudo de dónde soy. Entonces la mayor parte de las veces me surge el deseo de decir: de la Patagonia (de donde proviene la familia de mi padre). Suena romántico y osado (¡el fin del mundo! ¡Tierra del Fuego! ¡Darwin!) y es sobre todo una cosa: asimilación. Recién tras estas experiencias – de los últimos diez años – tengo una idea de lo grande que pueden ser las ganas de asimilarse, es decir, de no ser identificado como alguien cuyo origen/color de piel/religión/identidad u orientación sexual no correspondan con la mayoría. Muchos descendientes de la segunda o tercera generación de inmigrados* a Alemania describen este fenómeno del “ser preguntados” como una aclaración: de no pertenecer como los otros (los bioalemanes). O como el (ex) autor berlinés, pedagogo, investigador social y performer Mutlu Ergün expresa en su libro Die geheimen Tagebücher des Sesperado [Los diarios secretos del Sesperado] “en sintaxis neandertal”: “Tú no blanco. Porque tú no blanco, no ser puedes alemán. Entonces: ¿de dónde eres?”.
 

   En la sociología este fenómeno se denomina othering (otredad) – los demás te hacen ser otro/a. ¿Y el acento? El acento puede estar presente como aliado del que habla, por ejemplo, el acento francés (en alemán) se considera encantador, pero del mismo modo puede devenir un aliado del que excluye si no hay lugar para él en el cajón de los aceptadxs otrxs… Por supuesto, también puede jugar bien con el hijastro malvado – basta pensar en Kommienezuspadt [Nunca llegues tarde] de Tom Waits en la que éste imita el idioma alemán y se burla de la puntualidad alemana.
 

   Jugar bien sin poder detenerlo. El acento es un viajero, se escabulle cuando uno desea eternizarlo en el papel. Sí, allí se pueden cometer errores. Pero el acento no es ningún error, no es algo estático, sino otra cosa, siempre movible. “Ella es la otra voz”, se cita a Octavio Paz en la antología de lírica latinoamericana contemporánea Dunkle Tiger [Tigre oscuro] con referencia a la misma lírica. El acento es precisamente eso: un tigre en la sombra de la lengua.


[Sara Magdalena Gómez Schüller. Traducido del alemán por Patricio Hergott]
 

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