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18 de Septiembre 2019
SOBRE LOS SEUDÓNIMOS

Liebe Johanna,
 
Aquí estoy todavía. Gracias por el vagabundeo y tus audios.
Al igual que vos
con ayuda del diccionario he leído tu carta en alemán
(pero esto te lo digo en voz baja
no quisiera que nuestros traductores se pregunten:
¿Para qué estamos aquí?). El otro día se me ocurrió
esta idea: querida traductora, ¿no quisieras poner cosas tuyas
también en estas cartas? Quiero decir: algún texto, una foto,
lo que sea, lo que quieras. Mal que mal, estamos haciendo
este experimento
juntos
¿no?
Sería muy divertido. Así podemos seguir alimentando
el voyerismo – el nuestro y de las personas que nos leen.
Y Johanna: es verdad
te hice muchas preguntas en la carta anterior. Soy curioso,
no consigo evitarlo. Y pese a que no has respondido casi
ninguna, me ayudó mucho leer tu biografía express.
 
Esta vez quisiera retomar lo que has escrito
casi al final de tu carta
acerca de los múltiples nombres de nuestra poeta
Lucila
             Gabriela
                              Gabriel.
Ahora que estamos
siendo poseídos por su poesía en esta residencia
y sacamos sus libros
de las estanterías o de las bibliotecas
mira
esta cita que encontré:
 
 
“¿Qué si tuve otro nombre? Si, yo tuve dos: el que me dieron de veras (Lucila Godoy) y el que me di de mañosa (Gabriela Mistral). Y el nuevo me mató el viejo: una en mi maté, yo no la amaba”.[1]
 
 
No deja de ser curiosa esta cita. Lucila citándose a sí misma
diciendo de alguna forma: la poesía no es ficción – o si lo fuera
sería la ficción suprema, la mentira sacra.
¿Lucila citando a Gabriela, Gabriela
explicando a Lucila y ocultando a Gabriel?
– Es fascinante este juego.
 
Sobre el tema de los nombres, espiar lo que se oculta en ellos
resulta muy necesario para quienes escribimos.
En un libro que leí hace poco sobre literatura oral
el autor señala que:
 
 
“Por su misma naturaleza sagrada, los guaraníes consideran inconveniente que su nombre verdadero esté en boca de todos, y en especial de los que pueden hacerles daño. De ahí que a menudo aceptan los nombres que les endilgan los misioneros y agentes del registro civil, ya que este nombre falso servirá para enmascarar su verdadero nombre, sustrayéndolo del desgaste cotidiano”.[2]
 
 
Esta cita sobre los guaraníes es muy interesante. Crearse
un nombre para protegerse. Para muchos escritores
la tensión entre el nombre verdadero
y el nombre artístico es productiva, ya que entre ambos
siempre estará la seducción, la ambigüedad de que nunca se sepa
completamente
quién es esta persona. El seudónimo como talismán
para protegerse de un hechizo (dirigido por la crítica literaria)
hacia el nombre verdadero. Vemos
ejemplos de esto especialmente en la internet, en su fragmentación,
donde podemos usar seudónimos en diferentes contextos.
Sin embargo, pese a que todo esto es cierto
en la internet tengo la sensación de que estamos
un poco más obligados a confesarnos, a decir
la verdad de quién somos, qué nos gusta, qué opinamos.
En la literatura
no importa tanto
dónde vamos, qué compramos ni dónde vivimos. 
 
BIGDATABIGADATABIGADATABIGADATABIGDATABIGDATADATABIGADATAGDATABIGADATA
BIGADATABIGADATABIGDATABIGDATABITABI
 
La cita de Lucila continúa como confesión, con la verdadera historia
del nombre Gabriela Mistral: a contra mano de lo que muchos
han pensado, no tiene relación
con Frédéric Mistral.
Gabriel dice: “De todos los elementos es con el viento
con el que me he entendido mejor”. Lucila dice: “Es curioso, pero
el viento me produce el mismo efecto que a los borrachos el vino
y después de un rato de sumergirme en su soplo me siento mejor”.
Gabriel continúa: “Se me ocurrió así
buscar un nombre de viento que pudiera ser de persona y encontré
el mistral”. Lucila confiesa: “Una vez tuve que mentir sobre mi nombre
literario a un hombre y me dolió porque a quien mentí era un hombre
sabio pero no pude hacer otra cosa”.
Querida Lucila: si estuvieras en el siglo XXI,
tal vez ahora te estarían juzgando
por estar jugando a la mentira con esos nombres
no por la crítica literaria (no verían en ti una excentricidad)
sino por las redes sociales y la ciberpolicía:
pensarían que eres un caso de suplantación de identidad:
Gabriela Mistral es el troll
que se hace pasar por la usuario:
Lucila de María Godoy Alcayaga.
 
¿Y tú Johanna, estás usando un seudónimo? Viví durante muchos
años en Argentina. Cuando recién había llegado y comenzaba
a tramitar mis papeles, para hacer mi documento de identidad
me pidieron que eligiera mi apellido.- Disculpe, no entiendo, dije
al funcionario. Señor, dígame, ¿cuál de sus dos apellidos quiere
elegir para su documento
Sáez o Riquelme?
Antes de aquella experiencia yo me llamaba
Felipe Sáez
pero ante la pregunta tuve miedo
de perder el apellido de mi mamá y no sólo
su apellido sino
su historia y la de sus papás –mi abuela Margarita, mi abuelo
Raúl – y la de sus papás –mis bisabuelos -  y así hacia atrás
quizás hasta llegar a algún pariente cercano de algún
protopariente del funcionario que me hacía esta pregunta
(si confiamos en el cálculo especulativo, en teoría somos todos
más o menos parientes y entre Argentina y Chile hay más chances
de serlo aún). Entonces le dije: por favor
escriba los dos apellidos en mi documento. Y así es que
desde ese momento tengo a papá y mamá juntos
como un manifiesto. Mi nombre es absolutamente poco práctico
en especial para un artista – ahora los nombres de artistas tienen
que parecerse a los nombres de marcas: simples y memorizables.-
 
Tan poco práctico como Lucila Godoy Alcayaga. Como ella
yo también soy profesor
y algunos de mis alumnos no son capaces
de pronunciar la combinación entre la a y la e; algunos otros
creen que Sáez es también un nombre. Como Sandro. Como
Sergio. Generalmente
lo escriben mal –hecho que no me desagrada- Esto
me recuerda a que más de alguna vez he tenido alumnos
procedentes de China. Casi siempre
el primer día de clases, cuando se presentan
cambian sus nombres por Juan, María, Pablo, Rita, José. Nombres
bíblicos que siguen el estereotipo de los nombres de España.
Yo los entiendo. Están resignados a que nadie
más que ellos pueda pronunciar correctamente
sus nombres. Se ahorran la vergüenza ajena. Sin embargo
a veces pienso que tal vez lo hacen
para cambiar de identidad, para ser otros
para en otra lengua ser
otras personas.   
 
Como en el poema de Mistral
 
LA OTRA
 
una en mí maté
yo no la amaba
 
 
Así comienza. Su poesía está llena de estos comienzos
que te deleitan en su síntesis
de algo inexpresable
y mientras avanza el poema parece haber una fricción
entre la una y la otra; una se ha liberado de la otra
y aún en esa liberación está la amenaza de caer
nuevamente
bajo el influjo de la otra. Es el tema del doble y esa
ambivalencia, esa ambigüedad de ser multitud. ¿Cuántas
vidas hay dentro de la vida de una persona
enlazadas unas con otras
siendo este lazo la causa
de su desgracia?
 
Este poema es oscuro y muchas veces eludido. Para mi
es muy profundo, me parece que está hablando de un ejercicio
espiritual, de abandonarse.
Profundo
como los poemas que escribió sobre los elementos:
el agua, el pan, la sal, la tierra, el aire, la casa.
Elemental
como el mar que te dejo al final de esta carta.
 
Porque al final es el mar
quién reúne lo diferente
en lo igual.
 
 

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[1] Gabriela Mistral -  Vivir y escribir: Prosas autobiográficas

[2] Adolfo Colombres -  Celebración del lenguaje. Hacia una teoría intercultural de la literatura.
 

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