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15 de noviembre 2019
Respuesta o seis escenas de Santiago

Querido Schnee,
 
Como dices, es increíble lo concreto que se ha vuelto lo político. He visto que en Alemania y otros lugares de Europa han realizado actos y protestas en solidaridad con Chile, me parece hermoso que pase algo así. Lo mismo con la gran cantidad de chilenos que viven en el extranjero. Dos de mis más cercanas amigas viven en París, y he visto cómo se han movilizado durante estas últimas semanas para que se conozca la situación de Chile, sobre todo en relación al atropello de los derechos humanos, situación que se ha extendido y es prácticamente cotidiana. Espero que nuestras cartas también puedan ser un grano de arena en la difusión y el entendimiendo de esta compleja situación que atravesamos.
 
Me preguntas qué puede escribirse para ayudar, la verdad es que no tengo ninguna respuesta. Esto ya es un punto de partida para el apoyo. En estos momentos pareciera que la labor de quien escribe es observar y manifestarse. Y sí que conmueve ver a millones de personas movidas por la dignidad de vivir. 
 
La carta de Johanna me ha gustado mucho, y he enviado mi respuesta en un poema-carta. Lo mismo haré aquí, respetando el formato que me propones (y que me recuerda algo en la configuración de las escenas a los poemas de Inger Christensen, a quien admiro mucho). Me dices gracias por compartir la experiencia, yo te devuelvo a ti las gracias, por el apoyo, el interés y la comprensión.
 
Un gran abrazo,
 
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Escena

Pensando en ir a Valdivia, mi novio y yo hacemos maletas. Mi hermana me llama desde el terminal de buses y me dice que le han disparado a una chica, que busque en internet un video que acaban de subir. Es 18 de octubre y desde aquí en adelante ya podemos hablar de estallido social. Esa noche Sebastián Piñera dictamina estado de emergencia y toque de queda para la región metropolitana y Santiago. Los militares salen a las calles y este estado se prolongará por casi diez días y abarcará practicamente todo el territorio nacional. Por supuesto, no viajamos.
 
Escena

Afuera de la Biblioteca Nacional, en gran parte rayada con consignas, se reúne una multitud que se ha puesto de acuerdo para entonar “El derecho de vivir en paz”, de Victor Jara. La canción resuena en el centro de Santiago y luego se viraliza en una inmensa cantidad de videos. Victor Jara y Violeta Parra son dos estandartes de lucha en estos días. Se pide por redes sociales que a las ocho encendamos nuestras radios, para replicar la canción. Ningún cañón borrará / El surco de tu arrozal, esos versos se repiten por una o dos semanas. Todos los días a las ocho, mis vecinos suben el volumen.
 
Escena

Vamos con mi novio y dos amigos a Plaza Nuñoa, el lugar donde la gente va en masa a cacerolear las primeras dos semanas de movilizaciones en la parte oriente de Santiago. Hay muchísima gente con niños, con abuelos, llevando pancartas y haciendo sonar sus ollas y sartenes con cucharas de madera. En el centro de la plaza hay un pequeño anfiteatro, donde artistas que apoyan las movilizaciones van a tocar su música. Volvemos a nuestras casas para comer, y pocos minutos después Camila Moreno se sube al anfiteatro a hablar, con su hija en brazos. Me llegan comentarios de amigos que han estado allí, dicen que ha sido emocionante.
 
 
Escena

Luego de tres semanas de movilización, retomamos el taller que comparto junto a otros poetas jóvenes. Hablamos de la incertidumbre y la esperanza. Esas dos palabras, incertidumbre y esperanza, se camuflan en las conversaciones con naturalidad. Apenas comienza a atardecer se inicia una batalla en la calle. Mujeres y hombres encapuchados hacen barricadas y gritan a las fuerzas policiales. Les tiran piedras y reciben a cambio balas. Les gritan y reciben a cambio intentos de atropello con el auto, bombas lacrimógenas. Adentro hablamos de lo mismo, y cada cierto rato miramos por la ventana. 
 
Escena

El día anterior a escribir esta carta, almuerzo sola en un restaurant del centro. Aún hay sectores donde puedes comer hasta las siete de la tarde. Luego todo cierra, las micros dejan de pasar y el metro deja de funcionar. No hay toque de queda, pero es como si tuviésemos un horario restringido. Me sirven arroz con curry y verduras, e intento terminar un libro de una autora chilena. A mi lado, dos chicas alemanas hablan animadas sobre algo que por supuesto no entiendo, pero intento imaginar por sus gestos. Una de ellas se detiene en mí, me incomodo y miro el libro. Pienso en el poema de Johanna y miro el patio interior de este local. Allí hace un año vi nevar, en una trampa curiosa del clima. No es normal que haya nieve en Santiago, pero muchas cosas han dejado de ser normales. 
 
Escena

Rescribo un poema:
 
No es gran cosa
tapar el sol con un dedo.
Aunque se insista en oscurecer
calcinar iris y pupila
para ver su contorno.
A los diez años mi madre y sus hermanos
dejaron agua corriendo en un lavatorio
antiguo, de piedra blanca
y la luz astuta del eclipse se reflejó 
diluido en olas fosforescentes.
 
Lo que para ella es una anécdota
ahora nos replica
nunca antes hubo tanta gente sin vista
hasta el sol se apiada
de la ceguera.
 
 
 
 

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