Schlingel Cine para los espectadores del futuro

© One Fine Day Films-SuMo

Por sexta vez se entregó el Premio Goethe del Cine Infantil y Juvenil en el Festival Schlingel de Chemnitz. Una ciudad que había sido marcada por manifestaciones de la extrema derecha, y que gracias a este encuentro cinematográfico puso el acento en la humanidad y en la riqueza de la diversidad cultural.

En octubre de este año me invitaron a participar como jurado de Goethe en un festival de cine infantil y juvenil en Chemnitz, el Festival Schlingel. 
Fue una experiencia muy iluminadora.
 
En primer lugar, era mi primer viaje a Sajonia (Sachsen), y yo no sabía ni dónde quedaba Chemnitz. Mirando el mapa aprendí que es parte de un triángulo junto a Leipzig y Dresden. Pocos días antes de partir, sin embargo, Chemnitz pasó a estar en boca del mundo entero por las violentas manifestaciones de neonazis. Pese a estar en medio de un contexto hostil -y debo reconocer que emprendí mi viaje con temor- igualmente se realizó el Festival Schlingel en Chemnitz, en un cine de mall ubicado solo a pasos del lugar donde se desarrollaban las manifestaciones y contramanifestaciones. El director del festival, Michael Harbauer, no se dejó intimidar por nada, y más bien, acentuó aún más su estilo cálido y acogedor hacia sus visitas del mundo entero. Él mismo me explicó que la escena de los festivales infantiles es más bien pequeña y los principales actores se conocen todos; pero no existen muchas instancias donde todos se puedan reunir y colaborar. Por eso Michael Harbauer ha luchado por hacer de su festival ese punto de encuentro, de diálogo y de mostrar la riqueza que encierra la diversidad de las culturas. Por defender este punto de vista proclive a la diversidad es que se negó a suspender el festival, aunque todos los asistentes estábamos algo nerviosos, sobre todo en vísperas del 3 de octubre, día de la Reunificación Alemana.
Finalmente, ese día resultó ser tranquilo y el festival fue un éxito, con una enorme cantidad de niños y escolares en las salas del cine desde las 8 de la mañana.
 
Este festival se inició de una forma muy modesta. Michael Harbauer tuvo la idea de proyectar películas infantiles en unos antiguos galpones industriales en 1996, y poco a poco ha ido creciendo en extensión y en alcance. Este año este evento incluyó 230 películas de 51 países, con 25.000 espectadores y 400 visitantes extranjeros. Es el único festival de cine infantil y juvenil del mundo donde se confiere un premio FIPRESCI, otorgado por la crítica internacional. Lo que no se transa es que verdaderamente los niños están al centro de este evento, y para mí fue fascinante compartir las proyecciones con escolares de todas las edades, escuchando también sus comentarios y preguntas. Ellas revelaban dos cosas: que los niños perciben las películas de otra manera que los adultos (y es bueno que a uno se lo recuerden), y que ellos son bastante más perceptivos y autónomos de lo que los padres y maestros creemos. Gran aprendizaje.
 
Otro punto hermoso de Schlingel es la convivencia entre programadores de festival, jurados, críticos de cine, realizadores, profesores, actores, etc, venidos de todas partes del mundo. Es una gran red humana, muy cálida y de gran creatividad. Harbauer se preocupa personalmente de la construcción de esta red y de que respire humanidad. Para ello ha viajado por todo el mundo, y según me anunció, también vendrá a Chile en agosto de 2019 en el marco del Festival Ojo de Pescado en Valparaíso.
 
El mundo se hace presente en Schlingel, pero sobre todo a través de proyectos más bien independientes. De hecho, la gran mayoría de las películas premiadas en el festival de este año venían de lugares remotos, hasta de países sin industria cinematográfica.​ Notable ejemplo de ello fue la bellísima Pahuna, de la directora hindú Paakhi A. Tyrewala, sobre dos niños nepalíes perdidos en Sikkim.
 
Tanto el premio DEFA como el premio Goethe recayeron en Supa Modo, del director Likarion Wainaina. Es el filme con el que Kenia concursará en los Oscar. Fue producida por Tom Tykwer y One Fine Day Films, la empresa que creó en Kenia en 2008 junto a su esposa Marie Steinmann para impulsar a realizadores africanos a narrar sus propias historias, con el apoyo de mentores alemanes y de otras nacionalidades. A la fecha han realizado seis largometrajes, y en conjunto con Deutsche Welle Akademie han ofrecido talleres de cine con más de 1000 realizadores de 21 países africanos.
 
El premio Goethe de Cine Infantil y Juvenil, que ya se otorga por sexto año consecutivo en Chemnitz, consiste en la adquisición y subtitulaje de una película hasta en 10 idiomas para difundirla a través de las casi 30 cinematecas del instituto que existen en todo del mundo. No es la primera vez que una cinta de One Fine Day Films figura en el catálogo de Goethe. La primera fue Soul Boy en 2010, seguida por Nairobi Halflife en 2012, Something Necessary (2013), y recientemente se sumó Veve (2014).
 
Supa Modo es una película inolvidable. Habla de la pequeña Jo, de siete años, que no solo sueña con ser una super heroína, sino que enfrenta un agresivo cáncer de manera ejemplar. Ella convence al dueño del cine local de rodar una película sobre su ídolo, Supa Modo, con ella como protagonista; finalmente una aldea completa se hace parte de concretar este sueño. Como dice su director, sólo intentó hacer una película honesta, sin grandes pretensiones, pero marcada por la experiencia de haber conocido a un grupo de niños con cáncer en el hospital de Nairobi, cuyo sueño más grande era no ver sufrir a sus madres… Dice Likarion Wainaina que deseaba hacer “…una película que en su forma más pura brinda el alma, porque en todas partes alguien ha perdido a alguien. La muerte te ha arrebatado a alguien a quien amas, pero sabes que ese alguien te habría querido ver feliz. Y puedes ser feliz. No temas a la muerte, sino teme a no poder disfrutar de la vida”. El resultado es una aventura mágica que cala bajo la piel.
 
Este filme se proyectó una vez en el Festival de Valdivia de este año, y espero que podamos presentarlo pronto en todo Chile. Formará parte del Festival de Cine Europeo 2019. Es una oda a la vida, y también una profunda declaración de amor al mundo del cine, a la ilusión que 24 cuadros por segundo despiertan en el público y en la magia que permite hacernos soñar. Todo con un presupuesto mínimo, pero realizado con amor y humor, con ternura y con cariño por el oficio del cine.  Algo que se nos había olvidado en la era de los super héroes Marvel y las grandes superproducciones de enormes efectos especiales. 
 
Supa Modo se encarga de llevarnos a la esencia del cine, del narrador oral del pueblo, de la tradición ancestral de contar historias. Es un ejercicio de humildad necesario, muy simple y por eso mismo muy potente. Fue un gran orgullo conferir el premio a esta película, y espero que el público chileno pueda disfrutarla pronto.