La Berlinale y la presencia de Chile en el festival

El director de cine Sebastián Lelio, la actriz Paulina García y el actor Sergio Hernández durante la Berlinale en febrero 2013 Foto: cortesía de Bruno Bettati
La relación del cine chileno con el festival de cine de Berlín comenzó hace más de treinta años y ofrece memorables anécdotas, que además de soprender, permiten perfilar mejor lo que en realidad representa un sostenido diálogo cultural entre ambos países.
 

Los inicios o los solitarios chilenos

En 1982 Cristián Sánchez era un realizador chileno solitario, de los pocos que se quedó en Chile durante la dictadura. A punta de esfuerzos personales y de su equipo de colaboradores había logrado desarrollar una de las filmografías más singulares del período. Fue esta personal mirada de un realizador la que lo llevó a asistir a la Berlinale. Y fue allí que su obra comenzó a cobrar repercusión.

La participación de Los deseos concebidos de Cristián Sánchez en el Forum de la Berlinale 1983 motivó un elogio notable de parte del crítico de cine Wolfram Schütte del periódico Frankfurter Rundschau: “En las piezas traseras de la realidad chilena actual, [Los deseos concebidos] es quizás el mejor film del foro” (…) “En Los deseos concebidos de Cristián Sánchez, la verdad llega a nuestros ojos como un rayo de luz por el resquicio de una puerta entreabierta. Una obra del rango de El ángel exterminador o Los olvidados, de Buñuel”.

Algunos amigos, entre ellos Antonio Skármeta y el director del Berlinale Forum en ese entonces, el historiador de cine Ulrich Gregor, postulan a Sánchez a una beca del Intercambio Académico Alemán (Deutscher Akademischer Austauschdienst, DAAD por sus siglas en alemán), lo que permitió una estadía de siete meses en Berlín en 1984. Fue así que Sánchez conoció a John Cassavettes y Sam Fuller, admirados por él. Sin embargo, su esfuerzo no fue cubierto en Chile. La cultura no tenía tribuna. No hubo apoyo internacional para su cometido. Fue y volvió solo. Recién vinimos a conocer su periplo berlinés cuando se publicó un notable libro de crítica de Jorge Ruffinelli sobre la totalidad de su obra, en 2009, en el marco del Festival Internacional de Cine de Valdivia.

En 1991, el primer año de democracia, otro director chileno triunfa en la Berlinale: Ricardo Larraín. Su película La Frontera obtuvo el Oso de Plata y dio luego la vuelta al mundo, ofreciendo una mirada fresca de la represión militar en Chile, combinada con el paisaje sureño de Puerto Saavedra, hasta donde es relegado un prisionero político que luego será visitado por su esposa exiliada y por su hijo europeo que apenas conoce.

Larraín recuerda hoy cuando con su productor Adrián Solar decidieron pegar tres afiches que habían llevado a Berlinale en un pasillo, y que era todo lo que tenían para difundir. Fueron increpados por un guardia en alemán que los orientó a una oficina, donde se les informó que había que pedir permisos y pagar por poner publicidad. Finalmente, el director del festival en persona —y algo enternecido por el gesto del cineasta— autoriza  el caso como una excepción.

En 1997, Raúl Ruiz obtiene el mismo Oso de Plata por Genealogías de un crimen. Raúl, o más bien Raoul, otro solitario del cine chileno, experto en la lógica de lo surreal, recibe el galardón por sus excepcionales logros artísticos, una sorpresa que otra vez brinda Chile como un cometa de largo circuito.

Gonzalo Justiniano, otro realizador original, participa tres veces en el Forum, con Hijos de la Guerra Fría (1986), su primer film, Amnesia (1995) y finalmente B-Happy (2004), recibiendo premios en las tres ocasiones. De ahí que se diga siempre que “a Justiniano le va bien en la Berlinale”, pero no a Chile.
 

Cine chileno en la Berlinale hoy

Treinta años después, la soledad de Sánchez, Larraín, Justiniano y Ruiz, y el interés más bien sorpresivo que despierta de cuando en vez una película del cine chileno parecen todo cosa del pasado. Este 2015, ocho películas seleccionadas en las secciones de Competencia Oficial, Panorama, Forum, Generation, Shorts y NATIVe, más dos proyectos en el Berlinale Co-Production Market denotan cuánto ha cambiado el cine chileno y cómo la Berlinale sigue siendo el espacio más notable de su despliegue. ¿Qué sucedió en el interín?

La agencia de promoción del cine chileno, Cinemachile, organiza su primera misión en Berlín en 2009. Es aquí donde se lanza un proyecto que intentará reforzar la presencia de cine chileno a través del posicionamiento de sus películas, autores e intérpretes. En paralelo, la agencia busca abrir su propio stand en el Martin-Gropius-Bau, cosa que se concreta tres años más tarde.

2011 presenta una tímida reaparición: el cortometraje La Ducha, de María José San Martín, quien gana el premio a mejor cortometraje y obtiene la beca DAAD. Retoma así la senda de Sánchez, veintisiete años después.

En 2012, el documental El Mocito de Marcela Said reabre la puerta del Forum, el cortometrajista Mauricio López va a Shorts con La Santa y Marialy Rivas participa en Generation con Joven y alocada. Ese año los programadores de la Berlinale, Wieland Speck y Javier Martín, visitan Valdivia en busca de nuevos títulos chilenos para la sección Panorama.

En 2013, Gloria participa en la Competencia Oficial, donde obtiene la estatuilla a mejor actriz para Paly García, dando suficiente empuje para exportar la película a más de treinta territorios.

Comenta hoy Ricardo Larraín: “Vi por facebook e instagram la pasada de Sebastián Lelio y Gloria por la Berlinale 2013. La diferencia entre nuestra época y hoy demuestra la notable gestión público-privada que surgió entre medio: fondos, salida de profesionales, agencia de marketing, estrategia de prensa; en suma, mucha más preparación que hace veinte años. Nuestra soledad tenía una sola cosa a favor: éramos tan sólo unos muchachos simpáticos.”