Minga Valpo TIERRA, MADERA Y MANOS

Un proyecto de reconstrucción tras un gran incendio en el puerto chileno de Valparaíso permite a un grupo de familias de escasos recursos recuperar sus hogares, en casas con eficiencia energéticas hechas de barro, paja, madera reciclada y... basura.

En el proyecto Minga Valpo es fundamental la participación comunitaria. Aquí, el equipo de construcción de una de las casas porteñas, tras el incendio de 2014 © Camilo Moraes
“Hay que tener una buena chupaya y excelentes bototos”, comenta citando una frase popular chilena el arquitecto Camilo Moraes, quien de esta manera grafica claramente que a la hora de construir con éxito es fundamental preocuparse de dos cosas: la base y los alerones del techo. No obstante, en las viviendas que junto a su hermana Carolina Moraes–arquitecta al igual que él– han diseñado y edificado durante los últimos dos años, las personas también juegan un rol central. De hecho, la participación de más de 30 voluntarios de distintas profesiones se tornó importantísima al momento de dar vida a “Minga Valpo” -la Minga es cuando se trabaja gratis y en conjunto para un vecino; y Valpo es la abreviatura de Valparaíso-, emprendimiento que esta joven dupla impulsó con una finalidad netamente social: reconstruir seis de los miles de hogares que fueron arrasados por un incendio en abril de 2014 en uno de los tantos cerros que componen el puerto chileno de Valparaíso.

Para que las casas coserven la temperatura son fundamentales el relleno de paja, pero también el estucado final de los muros con barro. © Camilo Moraes

Juntos iniciaron un virtuoso círculo colaborativo, demorando hasta un par de meses en levantar un recinto de 30 m2 donde solo hay espacio para materiales naturales: maderas en desuso, paja y barro, a lo que suman un elemento muy abundante por estos días y que urge reutilizar: la basura.
 
La historia comenzó en Ushuaia, Argentina, cuando el núcleo fundador de Minga Valpo participó en un taller de construcción autónoma impartido por el arquitecto estadounidense Michael Reynolds, creador del proyecto autosustentable “Earthship”. Más tarde, ya en Chile, hicieron un segundo curso de construcción en barro, esta vez con el alemán Gernot Minke. Fue el momento en que lograron estucar muros y, de paso, descubrir el potencial de la tierra.

Uno de los objetivos de Minga Valpo es incorporar desechos en sus construcciones, porque así se genera impacto positivo en el medio ambiente. © Camilo Moraes

El mandato que trazaron los hermanos Moraes, junto al también arquitecto Cristóbal Hughes, era levantar la casa más sustentable que se hubiesen imaginado. Y lo más importante: hacerlo de forma comunitaria. Sabían que lo principal era observar el contexto en el que aterrizaría su propuesta, por lo que de inmediato decidieron adaptar lo aprendido en el extranjero a la realidad porteña. En este sentido, la primera gran tarea fue dar con los materiales correctos: “Encontramos muchos pallets en desuso, barro y abundante paja” – hay muchos pallets abandonados en el puerto, y el barro y la paja en los cerros de los alrededores–, comentan los socios, quienes poco a poco fueron desarrollando hogares sustentables y eficientes en cuanto a su energía, sumando un elemento muy abundante por estos días y que urge reutilizar: la basura, principalmente botellas plásticas las cuales van fundamentalmente en los muros, como relleno de los pallets. Asimismo, cada espacio es modificable de acuerdo a las características de la familia que lo habita, así como también varía según el tipo de suelo donde se encuentre.
 
Adaptarse al entorno

Tres voluntarios en plena construcción de una casa. © Alejandra Mora

En Valparaíso, ciudad conformada y cercada por alrededor de 40 cerros, los terrenos presentan condiciones disímiles. De ahí que a la hora de construir, el ejercicio arquitectónico es imprescindible: “En ninguna parte es posible construir 100 residencias iguales, mirando hacia la misma dirección. Debemos recuperar los conocimientos básicos, como las características de norte, sur, oriente y poniente. Esas son nociones que quienes vivimos entre cuatro paredes olvidamos, pero son claves para lograr un confort climático”, afirma Camilo Moraes, razón por la que en Minga Valpo existe una tipología básica de viviendas, aunque esta es completamente adaptable.
 
La estructura base es de madera y está en línea con las características sísmicas de la normativa chilena. Los muros, en tanto, están compuestos por pallets y rellenados con paja y otros elementos aislantes, mientras que las paredes están recubiertas con barro en su acabado final. “Ese estuco –puntualiza Moraes– dota de excelentes rasgos bioclimáticos el recinto, que puede mantenerse fresco en verano y tibio en invierno. Frente al tema del agua, la idea es que estos inmuebles la recolecten desde el techo y la conduzcan a una bóveda de tierra situada hacia el sur. Esa agua se usa para tomar, regar y cocinar, pudiendo reutilizarse por ejemplo usando el agua del lavatorio para llenar el WC. Frente a la energía, lo óptimo es construir un invernadero mirando al norte, ya que así se controla la temperatura”, señala Moraes, agregando que ellos utilizaron menor cantidad de material y más mano de obra ya que, en sus propias palabras, “el grupo es esencial”.
 
Luego de finalizar seis construcciones tras el incendio, el equipo de Minga Valpo continuó trabajando en sedes comunitarias, entre otras cosas, para mejorar la infraestructura escolar de algunos establecimientos de escasos recursos, además de difundir en distintas regiones de Chile sus conocimientos de sobre sustentabilidad y eficiencia. Actualmente, dicen los hermanos Moraes, viene la segunda y crucial etapa de esta iniciativa: incrementar su rol educativo. Por eso, y tras una serie de experiencias exitosas en diferentes barrios, hace dos años constituyeron una fundación: “Consideramos elemental –enfatiza él– que todos sepan edificar sus espacios. Es el conocimiento lo que nos permitirá mejorar nuestra calidad de vida en tiempos en que la construcción rige en función de la industria. Hay que volver al oficio y al origen”.

Voluntarios en plena construcción de una casa. © Alejandra Mora Fuera de los dictámenes de la industria de la construcción
 
Carolina Moraes, por su parte, cuenta que uno de sus sueños es terminar la Primera Ludoteca de Valparaíso –y replicarla–, ya que a través del trabajo comunitario se genera un doble impacto positivo: “Muchos niños de los cerros no tienen actividades para después del colegio o cuando faltan a clases. Además, viven en lugares de máxima vulnerabilidad, por lo que quedan expuestos a la calle, las drogas o los videojuegos”, expone la joven profesional, cuyo gran anhelo es generar espacios públicos para escolares y adolescentes. Un objetivo que ya cuenta con donación de materiales, aunque aún necesitan mayores aportes monetarios: “Hasta ahora lo que sostiene la fundación es un trabajo voluntario que, valorizado en dinero, equivaldría a 70% de nuestros gastos. De ahí nuestra búsqueda constante para financiarnos”, puntualiza Carolina.