ALGRAMO CRUZADA POR EL COMERCIO JUSTO

Las máquinas dispensadoras de alimentos a granel ideadas por José Manuel Möller y Salvador Achondo ya están en 1.200 locales de Chile y Colombia. A través de ellas, más que un fin de lucro, este joven equipo de profesionales busca generar una serie de importantes beneficios sociales.

Las máquinas dispensadoras de alimentos a granel de Algramo © Grupo Algramo
La historia de Algramo comenzó hace cuatro años. José Manuel Möller aún no terminaba sus estudios de ingeniería comercial en la Universidad Católica de Santiago, cuando supo que su vida tomaría un rumbo muy distinto al de los profesores que lo formaban bajo mandamientos económicos 100% liberales. Y un día cualquiera tomó dos importantes decisiones para su futuro: la primera, confrontar lo aprendido en las aulas con la vida real; la segunda, mudarse junto a otros compañeros a La Granja, una de las comunas más pobres de Santiago de Chile. Un barrio cuyo Índice de Prioridad Social (IPS) —indicador que integra aspectos relevantes para medir los niveles de vida de la población— es de 65,1 puntos, altísimo en comparación a los sectores más adinerados, donde el IPS alcanza solo los 2,3.

Las máquinas dispensadoras de alimentos a granel de Algramo. Las máquinas dispensadoras de alimentos a granel de Algramo. | © Grupo Algramo

Inserto en este ámbito y con muchos cambios a su haber, reparó en algo no menor para su día a día: la poca existencia de supermercados en la zona. Desde su mudanza a La Granja, Möller compraba alimentos y artículos de primera necesidad en diferentes almacenes cercanos al que entonces era su nuevo hogar. Sencillos locales que, por el poder adquisitivo de los vecinos, solían vender en formatos menores que, a la larga, resultaban más caros para el cliente en comparación con los envases de mayor envergadura: “En ese momento se cruzó en mi cabeza la problemática del barrio con lo que me enseñaban. Noté que estaba siendo entrenado para reproducir, a través del modelo convencional de empresa lucrativa, esa misma complicación social que yo, personalmente, llamo ‘impuesto a la pobreza’. Esto se traduce en que, al no tener suficiente dinero para adquirir grandes formatos, las familias deben pagar más”, explica el ingeniero, quien en compañía de su socio, el diseñador industrial Salvador Achondo, comenzó de inmediato a pensar en soluciones.

JoséJosé Manuel Moller Manuel Moller © Grupo Algramo

Romper el poder de las grandes marcas
 
¿Cómo lograr vender bienes de primera necesidad a un menor precio y en formatos pequeños? Con esta pregunta en mente y teniendo como radio de acción los almacenes de barrio, idearon un proyecto de recuperación de la venta a granel, casi extinta en Chile desde los años 90. Y resultó de lo mejor. Algramo inició funciones hace poco más de tres años y es una empresa atípica dentro del sistema económico neoliberal chileno, ya que su finalidad principal es el beneficio social, no el lucro: “Quisimos funcionar con la mejor parte de una fundación y también con la mejor parte de una empresa”.
 
Empezaron con prototipos de máquinas dispensadoras –construidas a pulso por Möller y Achondo e instaladas en almacenes– que entregaban dosis de 500 y 250 gramos de alimentos como lentejas, garbanzos y arroz, a lo que hoy suman varios productos de aseo. De paso, debieron probar la recepción de los consumidores no solo frente a la aparición de una marca totalmente desconocida, sino también frente a la posibilidad de comprar utilizando recipientes domésticos o aquellos retornables pertenecientes a la propia empresa. Y aunque no fue fácil entrar a un circuito conquistado por las grandes marcas, los socios apostaron por convencer a los locatarios: “Había, por ejemplo, un almacenero que solo vendía el detergente en polvo de Unilever. Le dimos a probar el nuestro y, como sintonizó totalmente con la ideología de Algramo, dejó de vender el otro. Los clientes le reclamaron, pero él se mantuvo tan firme que convenció a la comunidad. Actualmente, es quien vende los mayores volúmenes de nuestro detergente”, comenta el profesional, y agrega que el motor de su emprendimiento social ha sido la confianza del barrio, “más allá de que tengamos un relato sobre el ‘impuesto a la pobreza’ y un packaging sustentable”.
 
Por estos días, los dispensadores de Algramo están presentes en 1.002 almacenes de 14 comunas de Santiago, sumando 80 nuevas posiciones cada mes. Möller ya ha recibido 18 reconocimientos, entre ellos el premio Avonni, que celebra la innovación chilena en variados campos, y The Venture, que premia propuestas que generan un impacto positivo en la sociedad. La revista Fast Company, en tanto, reconoció a Algramo como una de las 50 empresas más innovadoras del mundo, luego de que esta se expandiera en 2015 a Colombia, con 200 nuevas tiendas. El próximo paso, aseguran, es llegar a Perú.

Las máquinas dispensadoras de alimentos a granel de Algramo. Las máquinas dispensadoras de alimentos a granel de Algramo. | © Grupo Algramo

Más almacenes, más barata será la mercancía

¿Cómo Algramo consigue bajar los precios hasta en un 40%? Hay tres claves, detallan sus dueños: “La primera es la reutilización de los envases. En productos como el lavaloza, el packaging cuesta más dinero que la sustancia. Al botar el recipiente plástico se va a la basura al menos un 50% de lo que se pagó. La segunda variable es la inexistencia de publicidad, no invertimos en eso porque nuestra fuerza de venta es el almacenero. Y la tercera: damos las mismas condiciones a todas las tiendas, creando una especie de cooperativa. Mientras más almacenes vendan Algramo, garantizaremos tarifas más económicas”. Así, consiguen un ahorro de entre 20% y 50%.
 
Finalmente, la compañía pretende generar un impacto positivo en la base de la pirámide social: “En Colombia, por ejemplo, compramos legumbres y alimentos a personas de escasos recursos que producen, pero no tienen cómo vender”, explica Möller.