Proyecto Áncora 517
Mi casa, tu casa

El año 2013 tres jóvenes abrieron al 100% las puertas de su hogar, ubicado en la ciudad de Valparaíso, en Chile. Todo comenzó bajo la lógica del coworking, pero terminó siendo bastante más: un espacio autosustentable en base a colaboraciones cruzadas y generosas.

Eine Momentaufnahme des mexikanischen Mittagessens mit „selbstbestimmtem Preis” © © Daniela Silva Astorga Eine Momentaufnahme des mexikanischen Mittagessens mit „selbstbestimmtem Preis” © Daniela Silva Astorga
Sábado. Hora de almuerzo. En Valparaíso, la ciudad puerto de la Quinta Región de Chile, a 115 kilómetros de Santiago –la capital–, el bullicio del centro urbano –o “el plan”, como sus propios habitantes lo llaman– desaparece a medida que se asciende por una de sus tantas calles empinadas. La de nombre Ecuador es una de ellas, transitada vía que conduce a uno de los 42 cerros que dotan de identidad al territorio porteño: el Panteón. Ya en la cima, en medio de una tranquilidad absoluta y protegida por arbustos y una larga escalera, aparece la casa Áncora 517. No tiene timbre ni cartel alguno. Sí puertas abiertas, y basta cruzarlas para confirmarlo: el proyecto que los porteños Martina Knittel y Alejandro Da Silva emprendieron junto a su amigo Enzo Claro –quien ya dejó el espacio–, escapa a toda convención.

Son las tres de la tarde y unas 20 personas, entre jóvenes y adultos mayores, vecinos y amigos, conviven en torno a diversas preparaciones mexicanas que múltiples comensales disfrutan y que, más tarde, podrán retribuir pagando lo que cada uno de ellos estime conveniente. Se trata de uno de los almuerzos de “precio libre” y comida casera que Áncora ofrece los siete días de la semana, aunque eso no es todo. Allí también hay otras actividades abiertas a la comunidad: talleres de reciclaje, feminismo y alimentación responsable; intercambios de inglés y español; funciones de teatro y danza; además de sesiones de reflexión en torno a una ludoteca.
 
La sala de estar se usa para talleres y funciones de espectáculos.
La sala de estar se usa para talleres y funciones de espectáculos. | Foto: © Daniela Silva Astorga


UNA VIDA EN CONJUNTO


Lo que comenzó en 2013 como el primer sitio de coworking en Valparaíso con tres amigos queriendo compartir una casa, se transformó en algo bastante más profundo y comprometido. Actualmente, Áncora es un sitio de encuentro laboral y creativo, al tiempo que un recinto de vida en común basado en aportes cruzados. ¿Cómo así? Por ejemplo, si un artista quiere presentar su obra como una contribución a la comunidad –sin cobrar entrada–, puede elegir entre apoyar a los propietarios regalándoles frutas, legumbres y verduras o, si lo prefiere, aportarles un monto de dinero a gusto. Lo mismo para quienes buscan un lugar de trabajo individual. La modalidad cambia, únicamente, con aquellos talleres o funciones que no son gratuitas para los asistentes, situación en la que el organizador externo recibe un 70% de lo recaudado, mientras Áncora obtiene el 30% restante.

El ingreso a Áncora: una puerta rodeada de vitrales y sin llave.
El ingreso a Áncora: una puerta rodeada de vitrales y sin llave. | Foto: © Daniela Silva Astorga


“Iniciamos este proyecto solo con la idea de hacer nuestros trabajos freelance en un espacio común. No obstante, de manera “orgánica”, empezamos a sumar otras preocupaciones, como la alimentación y el manejo de nuestros residuos. Así, el proyecto terminó más relacionado a un estilo de vida comunitario. Quienes usan este espacio son conscientes: hay que hacerse cargo de él y funciona”, explica Da Silva, quien estudió comunicación audiovisual. Y Knittel reafirma: “Si en un coworking convencional todo está determinado por el emprendimiento y la aceleración, aquí es al revés. Queremos desacelerar, volver al origen”. Y de ahí también el nombre con que bautizaron la propuesta, Áncora, cuyos significados pueden ser dos: refugio o ancla.

Martina Knittel y Alejandro Da Silva fundaron Áncora en 2013.
Martina Knittel y Alejandro Da Silva fundaron Áncora en 2013. | Foto: © Daniela Silva Astorga


CÍRCULO VIRTUOSO


A excepción de una oportunidad en la que recibieron dinero del Instituto Nacional de la Juventud (Injuv) de Chile para construir una compostera (worm bin), Knittel y Da Silva –de 30 y 29 años, respectivamente– no han solicitado ni obtenido recursos de instituciones estatales o privadas. Entonces, ¿cómo lo financian? El arriendo lo dividen entre ambos más el actual usuario de una tercera habitación con que cuenta la propiedad. A su vez, con las actividades que organizan, pagan las cuentas de gas, luz, agua e Internet: “Hay meses más complejos. Cuando no tenemos ingresos suficientes nosotros ponemos el dinero que falta”, comenta Knittel, quien es diseñadora freelance. Y agrega enfático su compañero: “Es absurdo darle importancia a lo monetario. En estos tres años de historia hemos visto cómo pasamos de ser un proyecto absolutamente incierto a uno que anda y está validado. Es un círculo virtuoso que, por la interacción con personas de intereses afines, potencia nuestra labor profesional. No importa que el dinero no alcance para un mes”.
 
La comunidad deja mensajes: desde invitaciones hasta las claves para usar Internet, pasando por dibujos en dos pizarras rectangulares.
La comunidad deja mensajes: desde invitaciones hasta las claves para usar Internet, pasando por dibujos en dos pizarras rectangulares. | Foto: © Daniela Silva Astorga


EL REFUGIO


Hace unas semanas llegó a Áncora un grupo de hombres y mujeres de la tercera edad. Querían saber si era factible vivir colectivamente y cómo podían hacerlo siguiendo el modelo de Knittel y Da Silva: “Como en Chile las pensiones de los jubilados son paupérrimas –en promedio apenas superan los US$248–, ellos querían empezar a compartir vivienda, sobre todo, para acoger a sus amigos que están mal económicamente”, relata Knittel, entregando un ejemplo del espíritu colaborativo que sostiene su cruzada: construir una familia, intercambiar saberes, protegerse,  enriquecerse –espiritualmente– y autosustentarse.

Punto de encuentro. Jóvenes y adultos mayores almorzando.
Punto de encuentro. Jóvenes y adultos mayores almorzando. | Foto: © Daniela Silva Astorga


Para los fundadores de Áncora no hay expectativas de crecimiento. Nunca las han tenido. Piensan, incluso, que cuando ellos no estén el espacio podrá continuar bajo la conducción de otros. O de nadie, quizás, porque las cosas en el hogar de calle Ecuador 517 funcionan de manera orgánica: “Me gusta presentar esto como un jardín infantil para niños de todas las edades”, apunta Knittel, mientras cocina junto a un grupo de amigas del lugar, organizadoras del almuerzo sabatino de “precio libre”. Y en la mesa, mientras tanto, así como en el living, se oyen conversaciones tan cómplices como las que se dan al interior de una verdadera familia.

En Áncora, todos los días hay almuerzos caseros y saludables.
En Áncora, todos los días hay almuerzos caseros y saludables. | © Daniela Silva Astorga

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