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Escritor e ilustrador
Janosch

Las historias de Janosch apelan a la inteligencia escondida tras la aparente ingenuidad infantil: el humor, la ironía y a menudo el absurdo son sus sellos característicos.

De Vanesa Díaz

En medio del gigantesco claro en el frondoso bosque de la Alta Silesia se erige la populosa, antigua y pujante ciudad polaca de Zabrze. Al occidente se une con la bella e industriosa Gliwice, cuna de importantes escritores como Horst Bienek y Adam Zagajewski, mientras que al oriente es posible divisar, en los días de verano, Katowice, la metrópoli de la región. En 1931, Zabrze tenía otro nombre y pertenecía a otro Estado. Allí nacería Horst Eckert, quien nos enseñaría a ver el mundo de los adultos con otros ojos.

Oh wie schön ist Panama! © Janosch Sin embargo, Eckert no tuvo una infancia soñada ni un venturoso camino por las artes. En su hogar, el abuso y el alcohol estaban presentes permanentemente. El maltrato de su padre hacia él, su hermano y su madre provocaría que ella, con el tiempo, descargara su frustración y dolor en sus pequeños hijos. Cuando era todavía muy pequeño fue enviado a una escuela católica, donde viviría otro tipo de martirio: el psicológico. Sus compañeros, algunos pertenecientes a las juventudes hitlerianas, eran crueles e inmisericordes con él. Todavía faltarían varías décadas para que Horst se convirtiera en escritor y dibujante, para que adoptara otro nombre y una nueva perspectiva.

A los trece años abandonó la escuela y empezó a trabajar primero en una cerrajería y luego en una fábrica de textiles. Cumplidos los 20 decidió estudiar artes en Múnich. La suerte se mostró mezquina y Horst abandonó la academia, según decían, por falta de talento. Fue así como decidió probar con una nueva profesión: escribir libros. Cuando le preguntan al respecto, él dice –sin dudarlo– que estaba buscando la forma de ganar algún dinero sin tener que trabajar mucho y esa podría ser la forma de lograr su objetivo. Probablemente, sí ha tenido que trabajar, ¡y mucho! Prueba de ello son los más de 300 libros que componen su obra, traducidos a varios idiomas.

En el amplio espectro de la llamada literatura infantil, Janosch tiene un lugar de honor, quizá porque sus libros nos recuerdan que quien no necesita casi nada, lo tiene todo.

En su primer libro, Valek y Jarosch (1960), cuenta la historia de Valek, el caballo “único y sensible” que es explotado y humillado por su amigo, aquel que debía cuidarlo. Cuando lo entregó a su editor, Georg Lentz, este le propuso que firmará la obra con otro nombre, ya que Horst no sonaba tan amigable, así nació Janosch. Seguirían varios libros con leones, cocodrilos, autos y ratones como protagonistas. Algunas de estas historias eran nuevas versiones de narraciones tradicionales conocidas ampliamente, como lo habían hecho los hermanos Grimm, al recolectar el saber popular y darle un enfoque pedagógico y moralizante. Pero en las historias de Janosch no hay una intención didáctica, más bien se apela a la inteligencia escondida tras la aparente ingenuidad infantil: el humor, la ironía y a menudo el absurdo son sus sellos característicos.

Janosch se convirtió en un autor querido y aclamado. La suerte había dejado —por fin— de serle esquiva y los premios no se hicieron esperar: en 1975 recibió un reconocimiento por Cholonek oder der liebe Gott aus Lehm. Hacia finales de la misma década apareció ¡Qué bonito es Panamá!, que le valió el Premio Alemán de Literatura Infantil. En esta historia, el pequeño Oso y el pequeño Tigre, acompañados del Patitotigre, buscan el país más bello del mundo, el lugar donde se pueda ser feliz.
 

Estos personajes quedaron guardados en el corazón del público lector de todo el mundo. Pronto vinieron más historias, como Correo para el tigre y Vamos a buscar un tesoro. En ellas aparecen el amor, la familia o la amistad: en pocas palabras, aquellas cosas la vida cotidiana que niños y niñas de todo el mundo deberían disfrutar. “Estas obras —dice— son más bien un antídoto, un salvavidas […] todo aquello que no recibí de mi familia”.

Janosch nos invita a ver el mundo adulto a través de lo infantil, y aunque hoy se hable de “niños y niñas” como si siempre hubiesen estado allí, lo cierto es que estos términos son más bien recientes. Hasta hace pocos siglos, se veía en el “niño” un proyecto, algo así como un adulto pequeño. Con El Emilio de Rosseau (1762) o Las aventuras de Pinocho de Collodi (1883), se empieza a pensar ese nuevo sujeto, actualmente reconocido por lo que es y no por lo que pueda llegar a ser. Hoy en día se publican millones de libros para niñ*s en el mundo. En el amplio espectro de la llamada literatura infantil, Janosch tiene un lugar de honor, quizá porque sus libros nos recuerdan que quien no necesita casi nada, lo tiene todo.

Encuentra algunos libros de Janosch en la biblioteca digital del Goethe-Institut.
 

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