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Directora
Angela Schanelec

En las películas de esta directora alemana no se privilegian el movimiento ni la espectacularidad; las preguntas planteadas sobre los espacios, la soledad y las relaciones a menudo no hallan respuestas; más bien, invitan al espectador a una conversación que culmina, siempre, con nuevos interrogantes.

De Vanesa Díaz

Angela Schanelec nació en la década de 1960 en Aalen, una pequeña ciudad del sur de Alemania que carecía de teatros y cines. La lectura de dramas llenaba provisionalmente este vacío, su interés por el arte y la cultura de las tablas. Schiller, Goethe, Shakespeare y Chéjov fueron su llamado: “Solía leer mucho y cuando empecé a crecer me interesaron los clásicos del teatro”, explica Schanelec, recordando que estas lecturas la llevaron a estudiar actuación en la Universidad de Música y Artes Escénicas de Frankfurt del Meno, luego, teatro en la Schauspielhaus de Colonia, en el Teatro Thalia de Hamburgo, en el Schaubühne de Berlín y en el Schauspielhaus de Bochum.

Luego de años de estudio y duro trabajo sobre las tablas, Schanelec oyó otra voz, aquella que Rilke oyera en el Louvre: “Haz de cambiar tu vida”. Este mandato se materializó, en su corazón, como necesidad: el teatro no la llenaba y había algo que no conseguía en el escenario. Seguía participando en obras y continuaba su carrera como actriz, pero una fuerza incontenible la atraía a la imagen en movimiento: aquello que no conoció en su niñez y que, de repente, con casi 30 años, le ofrecía un nuevo comienzo. Robert Bresson, JeanLuc Godard y Michelangelo Antonioni fueron algunos de sus nuevos referentes.

En la década de 1990, Alemania ofrecía dos opciones para estudiar cine: la Universidad de Cine y Televisión (HFF) de Múnich —con un enfoque inclinado a la producción de cine masivo, enfocado en las audiencias y la perspectiva mercantil del oficio— y la Academia Alemana de Cine y Televisión de Berlín (DFFB) —preocupada por desarrollar los intereses de los futuros directores—. Cuando la prestigiosa DFFB publicó su selecta lista de 30 estudiantes admitidos, el nombre de Schalenec estaba entre ellos.
 

En el cine de Schanelec no hay moralejas y, con frecuencia, los silencios tienen la misma importancia que los diálogos.

Entre 1990 y 1995, Schanelec estudió dirección cinematográfica de la mano de Frieda Grafe, Helmut Färber, Hartmut Bitomsky, Peter Nestler, y Harun Farocki. En 1993 recibió una invitación para presentar Me quedé en Berlín durante el verano (Ich bin den Sommer über in Berlin geblieben) en la categoría New German Films de la Berlinale. Tres años más tarde recibió el premio de la Crítica Alemana de Cine en la categoría Mejor película por La Suerte de mi hermana (Das Glück meiner Schwester), cinta con la que terminó su formación en Berlín.

La producción audiovisual de la alemana no se ha detenido. En las últimas dos décadas ha dirigido —y en ocasiones también producido y guionizado— Plazas en ciudades (Plätze in Städten, 1998); Mi aburrida vida (Mein langsames Leben, 2001); Marseille (2004), Tarde (Nachmittag, 2007); Primer día (Erster Tag, 2009); Orly (2010) y Los puentes de Sarajevo (Ponts de Sarajevo, 2014). Los reconocimientos y los premios no se han hecho esperar: dos nominaciones en el Festival de Cine de Cannes; cuatro galardones de la Crítica Alemana de Cine y tres nominaciones —en 2010, 2014 y 2016— en los Festivales de Cine Independiente de Los Ángeles, Locarno y Lisboa, respectivamente.
 

Aunque no hace cine para ganar premios, Schanelec reconoce que la financiación necesaria para contar sus historias depende, en cierta medida, de ellos. Con su película más reciente, Estaba en casa, pero (Ich war zuhause, aber, 2019), fue nominada en la categoría Mejor Película y recibió el galardón a Mejor Directora en el Festival de Cine de Mar del Plata. Esta cinta también le valió el preciado Oso de Plata de la Berlinale.

La prensa y algunos críticos se han referido a Schanelec y a sus condiscípulos como “La escuela de Berlín”, aunque ella no está muy de acuerdo con este rótulo y aclara: “empezamos a hacer otro tipo [de cine], uno con temática muy diferente, más intimista. Nuestro cine hacía muchas referencias a la historia del cine. Y, como era algo nuevo, la prensa buscó un término para referirse a ello”.

Precisamente, Schanelec desea construir su mensaje a través de su trabajo, presentar sus inquietudes y exponer sus pasiones; en este sentido, la película es un fin, nunca un medio. En ella, la dirección no privilegia el movimiento ni la espectacularidad; tampoco una serie de momentos de tensión que lleven al espectador en un carrusel de emociones. En el cine de Schanelec no hay moralejas y, con frecuencia, los silencios tienen la misma importancia que los diálogos. Las preguntas planteadas sobre los espacios, la soledad y las relaciones a menudo no hallan respuestas; podríamos afirmar que, más bien, invitan al espectador a una conversación que culmina, siempre, con nuevos interrogantes.

La descripción que la revista Filmmaker ha hecho sobre la directora no podría ser más apropiada: “Puesta en escena con suprema precisión, la rigurosa y sobria estética de Schalenec tiene por efecto que cada divergencia, cada mutis —una pieza musical, un movimiento inusual de la cámara, una sola lágrima en la faz petrificada de un rostro inmóvil— adquiere la dimensión de un terremoto”.

Encuentra algunas de las películas de Angela Schanelec en Goethe on Demand.  

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