Violencia contra animales El largo camino de Bogotá hacia el respeto por los animales

Por un buen camino
Por un buen camino | © O. Pérez 2016

En muchos países latinoamericanos, el panorama de protección de animales es alentador. En Perú, Ecuador o Uruguay hay leyes que castigan el maltrato de animales y Costa Rica se destaca en términos de bienestar. También en Colombia, específicamente en Bogotá, hay avances. Pero también muchos retos por superar.

Brother llegó el 19 de marzo de 2014 a la Asociación Defensora de Animales (ADA) en Bogotá. Tenía heridas graves en su pata derecha, en el lomo y en el abdomen. “El perrito estaba totalmente destrozado, fue atropellado por un conductor irresponsable”, cuenta Elisa Chávez, administradora de uno de los refugios de la Asociación.

Como Brother, muchos animales sufren maltrato en Bogotá. Peleas de perros, corridas de toros, envenenamiento, comercialización irregular, agresión física y olvido estatal son las formas más evidentes de violencia. Según cifras de la Secretaría de Ambiente, en la ciudad existen aproximadamente 1.227.905 animales abandonados, entre perros y gatos.

Natalia Parra, directora de la plataforma Animales Libres de Tortura (ALTO), considera que el maltrato de animales está relacionado con la violencia que ha vivido Colombia. “A partir de las migraciones producto de la violencia desde 1948, Bogotá creció desaforadamente. La situación de desarraigo involucró también a los animales, pues las familias de campo tuvieron que abandonar a sus animales de producción”. A eso se suma que, según Natalia, “hace parte de nuestra cultura pasar por encima del otro, sobre todo cuando es vulnerable”. Y así, añade “tenemos una sociedad adolorida, desarraigada y esto se convierte en el caldo de cultivo para que los animales sean lastimados”.

Avances y retos

En Colombia, el Estatuto Nacional de Protección de los Animales, expedido en 1984, nació para garantizar “especial protección contra el sufrimiento y el dolor de los animales” causados por el hombre. Allí se estipularon las formas de maltrato, las obligaciones frente a los animales y las autoridades competentes. No obstante, dicha ley no contemplaba sanciones penales para los maltratadores. Pero en 2016, mediante la Ley 1774, el maltrato animal fue penalizado y cambió el estatus de los animales de “objetos” a seres sintientes. Junto a esta hay otras victorias institucionales a favor de los animales, como el proyecto de Ley 244 de 2012, que prohíbe el uso de animales en circos, así como el Nuevo Código de Policía, que incluye normas para los propietarios y sanciones para los maltratadores.

Pero a pesar de estos importantes avances, la debilidad institucional es uno de los grandes retos que enfrenta Bogotá –y en esto, la capital colombiana es representativa de muchos países de Latinoamérica– para garantizar la protección efectiva de los animales. Martha Ciro, directora de ADA, considera que “en Colombia tenemos leyes, pero no tenemos quién las haga cumplir. Ni las autoridades ni la ciudadanía asumen la responsabilidad que las leyes señalan”.

Un caso difícil: las corridas de toros

La tauromaquia en Bogotá, por ejemplo, es un tema muy complejo. En el Senado se presentó un proyecto de ley para prohibir la fiesta taurina, pero no fue aprobado, ya que la ley nacional protege las corridas de toros como “manifestación cultural”. Al menos se logró prohibir que la llamada “fiesta brava” fuera financiada con recursos públicos y se busca impedir el ingreso de menores de edad al “espectáculo”. Según activistas defensores de los animales, la prohibición de las corridas de toros en Bogotá no se ha podido dar porque quienes se benefician de ellas son, en su mayoría, ciudadanos pertenecientes a una élite social y económica.

Natalia Parra explica que, así como en zonas marginales de la sociedad hay maltrato animal, “en las clases sociales más altas existe este baluarte de los más fuertes, las corridas de toros, y muchos no quieren dejarlo desaparecer porque saben lo simbólico que es en términos del poder. La corrida de toros simboliza al hombre que minimiza al otro”.

La Plaza de Toros La Santamaría, en Bogotá, ha estado cerrada desde el 2012, cuando el ex alcalde Gustavo Petro prohibió este tipo de espectáculos. No obstante, en el 2014 la Corte Constitucional declaró que el Distrito no tiene facultades para terminar la fiesta taurina y ordenó reabrirla para el 2017. Clara Sandoval, gerente de Protección y Bienestar Animal del Distrito, explica que si bien la Corte ordena abrir la plaza, no obliga a estar de acuerdo con la tauromaquia. “Nosotros haremos lo necesario para desincentivar la asistencia y la participación de las personas en las corridas de toros”, afirmó.

¿Una nueva conciencia?

Como explica Sandoval, dentro de las políticas de la nueva administración de Bogotá se contempla la reconstrucción del Centro de Fauna Silvestre y la construcción de la Casa de los Animales, concebida en el gobierno anterior. Se espera realizar campañas educativas a favor de la protección animal y esterilizar al menos a 320.000 animales. Además, se busca reglamentar la comercialización de animales en la ciudad. No obstante, a pesar de estas iniciativas, el deseo del nuevo alcalde de Bogotá, Enrique Peñalosa, de construir viviendas sobre la Reserva Forestal Thomas van der Hammen es inquietante. De ser aprobada la iniciativa, la fauna silvestre que allí habita se vería afectada.

Todo aquello preocupa a muchos ciudadanos. Y es que en Bogotá parecería haber una nueva conciencia que le apuesta a la protección de los animales. Según Martha Ciro, directora de ADA, “las nuevas generaciones, en su gran mayoría, buscan cuidar el medio ambiente. Hay una mayor sensibilidad frente al dolor y más compasión frente a los animales”. Es esta nueva conciencia la que permite que seres vivos como Brother tengan una segunda oportunidad. Después de un año recuperación, las heridas del perro sanaron. Fue adoptado y ya cumplió un año en su nuevo hogar. Entre 2012 y 2015 se entregaron en Bogotá más de 5.000 animales en adopción.

En la capital colombiana, como en gran parte de Latinoamérica, aún falta mucho por recorrer en el camino hacia el respeto y la protección de los animales, así como hacia la conciencia de que, como sostiene Natalia Parra de la plataforma ALTO, “si queremos desarrollarnos como una especie digna, debemos desarrollarnos junto a los animales”. Pero ya hay señales importantes de que muchas personas de la región comprenden que lo que nos hace dignos como humanos es justamente el respeto por la vida de los otros seres vivos.