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Mapa de sueños
“Todos somos parte de un tejido”

© Anna Azevedo
© Anna Azevedo

El fotógrafo argentino Martín Weber preguntó a personas latinoamericanas sobre sus sueños. De allí surgieron un proyecto fotográfico y un documental conmovedores, que hablan sobre los anhelos, los temores y las luchas que marcan la vida en Latinoamérica.

De María Alejandra Pautassi

¿Qué es Latinoamérica y qué es ser latinoamericano? Estas son las preguntas fundamentales de las que surge el proyecto Mapa de sueños latinoamericanos del fotógrafo argentino Martín Weber. Entre 1992 y 2013 Weber recorrió más de 50 ciudades y diez países en el continente, pidiéndole a sus habitantes que escribieran en una pizarra sus sueños y se dejaran retratar. Su objetivo era rescatar testimonios directos sobre algunos de los principales hechos de la historia reciente latinoamericana. El resultado del recorrido de Weber fue, primero, un fotolibro publicado en 2015 con 110 fotografías y crónicas, y más tarde una impactante película documental que se estrenó en 2020 en el prestigioso festival Cinélatino, Rencontres de Toulouse en Francia.

Las fotografías de Martín Weber revelan una contradicción entre deseos individuales y desiguales estructurales, pero también dejan entrever resiliencia y esperanza. Hoy, treinta años después de sus primeras incursiones en el tema, Weber nos cuenta sobre las inquietudes, los recorridos y los encuentros que dieron origen a su Mapa de sueños latinoamericano.
 

Tráiler del documental Mapa de sueños latinoamericanos de Martín Weber, 2020.

El inicio del viaje

Martín Weber, Mapa de sueños latinoamericanos: “Mi deseo es encontrar el cuerpo caído de mi hijo en combate en la lucha contra la dictadura de Somoza y poder darle una sepultura” (Estelí, Nicaragua). Martín Weber, Mapa de sueños latinoamericanos: “Mi deseo es encontrar el cuerpo caído de mi hijo en combate en la lucha contra la dictadura de Somoza y poder darle una sepultura” (Estelí, Nicaragua). | © Martín Weber Este proyecto comienza en la época del fax, cuando no había celulares ni redes sociales, y nadie tenía la capacidad de compartir sus historias personales de manera pública. De ahí la necesidad de generar un espacio donde estas historias se pudieran contar de primera mano. Para representar la historia reciente de cada país –algo que era necesario para mí– leía mucho, investigaba, y hacía contacto con gente local: levantaba el teléfono, mandaba faxes, le preguntaba a gente que conociera a alguien en los diferentes países. Yo elegía pueblos y ciudades como Estelí (Nicaragua), donde se liberó la última batalla contra la dictadura de Somoza, pues asumía que allí afloraría algo relacionado con ese tema. Y tal cual: encuentro a la madre de un excombatiente que escribe como su sueño: “Encontrar el cuerpo de mi hijo caído en la lucha contra la dictadura de Somoza y darle una sana sepultura”.

Yo llevaba una lista teniendo en cuenta género, edad, condición social, etnicidad… Me interesaba generar un registro de inclusión. El objetivo siempre fue conservar la dignidad de las personas, contar sus historias y demostrar que todas están conectadas, que todos somos parte de un tejido.

Ser latinoamericano: ¿una identidad ubicada en el futuro?

Esa fue justamente una de las preguntas que tenía en los años ochenta y a principio de los noventa, cuando inicie el proyecto. Entonces los movimientos latinoamericanistas eran muy fuertes. Pero creo que el proyecto transciende las categorías; busca que nos encontremos en nuestra humanidad, en algo que compartimos todos. El proyecto es una acumulación de preguntas más que de respuestas. Nos llama a preguntarnos ¿qué compartimos?, ¿qué nos diferencia?

En cuanto a lo latinoamericano, creo que tiene que ver con cercanías y lejanías. Todas las historias que reuní dan para pensar en una dinámica entre lo individual y lo colectivo, entre lo personal y la ausencia de gobierno. En este proyecto aparecen historias particulares e iluminadoras como la de una mujer de 60 años en Guatemala que está hachando, trabajando por el sueño de otros. En lo colectivo están, por ejemplo, las historias del Zapatismo mexicano, que elige un camino distinto a decir “creerán que un ejército se equivoca al elegir la paz”. Son historias que hablan de la decisión de elegir entre la vida o la muerte, y elegir la vida. Esto es enormemente iluminador y propio de los gestos de resiliencia que hay en Latinoamérica.
Martín Weber, Mapa de sueños latinoamericanos: “Pistola” (Chiapas, México). Martín Weber, Mapa de sueños latinoamericanos: “Pistola” (Chiapas, México). | © Martín Weber

Sueños latinoamericanos compartidos

En general, trato de que no sea yo el que llega a conclusiones. El proyecto apunta a que todos nos hagamos preguntas porque cada uno puede tener respuestas distintas y válidas. Este proyecto pone en movimiento una serie de preguntas que como latinoamericanos nos debemos; preguntas como ¿dónde estamos y a dónde queremos ir? En mi caso, como lo digo en el fotolibro, me llevó 40 años entender por qué yo nací en Chile: entender que había nacido en exilio. El proyecto habla de algo muy fuerte que tiene que ver con los lazos familiares, con la migración que nos marcó. También con la situación de los pueblos nativos y con el encuentro entre dos culturas que nos llevó a este entretejido, un proceso en el que todavía estamos involucrados: todavía tenemos que darnos cuenta del lugar que ocupamos en un lado o el otro. Creo que debemos encontrar ese equilibrio de acordar dentro del desacuerdo. Ahí está nuestro gran reto. Preguntarnos: ¿qué condiciones que replicamos hacen que estos sueños no se puedan concretar? O ¿cuáles situaciones tenemos que incorporar para que estos sueños se den?
Martín Weber, Mapa de sueños latinoamericanos: “Una vida larga que no sea triste” (Ollantaytambo, Perú). Martín Weber, Mapa de sueños latinoamericanos: “Una vida larga que no sea triste” (Ollantaytambo, Perú). | © Martín Weber

Las enseñanzas del proyecto

Este proyecto se basa en la confianza. Yo me sorprendía al ver que el 99,9% de la gente me dijera que sí [a ser parte del proyecto]. ¿Pero cuántas veces se te acerca alguien y te pregunta qué es lo querés? ¿Y cuántas veces estás realmente dispuesto a escuchar? Ahí se genera un vínculo muy fuerte. Las publicidades y las campañas políticas –la propaganda en todo sentido– recicla nuestros sueños. Esto nos ha dejado bastante alienados. Pero cuando la pregunta por los sueños surge de una manera tan espontánea –tan honesta, tan clara– hace que se sume gente. Se genera un encuentro y esto es algo que el proyecto intenta rescatar: el momento en que dos personas se encuentran y comparten un espacio y un tiempo. Mi gran aprendizaje fue encontrar que todos estamos conectados. Yo me río porque últimamente uso mucho la palabra ‘tejer’ y mi apellido, Weber, habla justamente de eso: es tejedor. Aprendí que estamos conectados y que la única manera de salir adelante es juntos, respetar las diferencias y llegar a puntos de encuentro.
Martín Weber, Mapa de sueños latinoamericanos: “Yo quisiera ser poeta” (La Habana, Cuba). Martín Weber, Mapa de sueños latinoamericanos: “Yo quisiera ser poeta” (La Habana, Cuba). | © Martín Weber

Latinoamérica: entre el sueño y la pesadilla

Todas las historias tienen algo. Lo que sí salta a la luz, y me lo han preguntado, es por qué la foto “Mi sueño es morirme” está en la tapa del libro. La respuesta tal vez es demasiado simple: fue el sueño que nunca hubiera querido encontrar. A los seis meses de terminar el libro me dicen que a Cristián (el chico de la fotografía) le cumplieron el sueño.

Martín Weber, Mapa de sueños latinoamericanos: “Mi sueño es morirme” (Medellín, Colombia). Martín Weber, Mapa de sueños latinoamericanos: “Mi sueño es morirme” (Medellín, Colombia). | © Martín Weber Cuando llegué a la comuna en Medellín donde hice la fotografía, me encontré con un maestro que me dice que debo conocer a un joven que viene al colegio no a estudiar, sino para tener una merienda. Me lo presenta y él me muestra todas estas cicatrices que eran como su historia de vida. Cuando terminamos de hacer el retrato, en el que él dicta al maestro “Mi sueño es morirme”, le pregunto: ¿por qué? Y él me dice, “Yo no tengo un lugar al que llamar hogar. Si yo te hubiera visto con tu equipo de fotografía en la calle te lo hubiera intentado robar, y si te hubieras resistido te hubiera apuñalado”. Cuando regreso a Medellín durante la grabación del nuevo filme y me encuentro con su hermano y con el maestro, me cuentan que la historia termina de otra manera, que Cristián no está muerto. No quiero dañar la película, pero como decimos en la Argentina, ellos se ponen la camiseta, y se ofrecen a ayudar en la búsqueda. Es gratificante ver cómo se salva una vida porque estamos ahí, porque somos testigos.

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