Cartagena
Entre el sol y la sombra

Cartagena, centro histórico
Cartagena, centro histórico | Foto (detalle): © Jana Burbach

Es una de las ciudades más bellas y populares de Colombia. Pero también una ciudad con profundas y serias diferencias sociales. Una visita a la otra Cartagena.

El impacto inicial de la bahía amurallada, que durante el tiempo de la conquista y la colonización de América por parte de Europa fue una fortaleza casi invencible, es de interrumpido de repente por la imagen de modernas torres de edificios. Estas torres se encuentran en el otro extremo de la ciudad, que se extiende hasta donde el mar lo permite, y que evoca de inmediato postales de ciudades como Miami o Panamá, con enormes hoteles blancos, caminos llenos de tiendas y turistas, y avenidas que bordean la playa.

Cartagena, a primera vista, parece ser dos ciudades: por una parte, la ciudad antigua, protegida por la muralla y llamada “Corralito de piedra”, con su romanticismo de carruajes y callejuelas, casas de estilo colonial en colores llamativos y bellas iglesias, escenario cotidiano de pomposas bodas y eventos culturales. Y por otra, “Bocagrande”, la zona del incesante hormigueo de turistas y vendedores que compiten por ver quién puede sacar mayor beneficio del intercambio entre dinero y objetos hechos necesarios por el sol y el mar: sombreros, gafas de sol o protectores solares.

Mucho más que carruajes y hoteles de lujo

Sin embargo, el secreto mejor guardado de los cartageneros es que en Cartagena conviven más que solo aquellas dos ciudades conocidas internacionalmente. Hay una más: la Cartagena que se encuentra por fuera de las murallas y lejos de los hoteles, donde se vive sin la comodidad y seguridad de las zonas turísticas, la ciudad que comienza en el popular barrio de Getsemaní y que desde allí se va prolongando en escala descendente de las clases sociales: de las más altas, acostumbradas a los lujos, a las más bajas, que viven en gran pobreza.

Por supuesto, las guías de turismo no ofrecen mayores detalles sobre las partes de la ciudad donde las dificultades para acceder a servicios públicos como agua, energía o transporte de basuras, harían un tanto incómoda la visita del turista, además del riesgo que podría representar para su seguridad. Y sin embargo, es justo allí donde transcurre la vida del común de la gran mayoría de los habitantes de Cartagena.

Un viajero determinado puede llegar, bajo su propia responsabilidad, hasta el tradicional mercado de Bazurto, la principal central de alimentos de la ciudad. En esta zona comercial, ubicada a pocos metros del centro urbano, se puede conocer cómo es el día a día del pueblo cartagenero. También la visita al Cerro de la Popa, el punto más alto de la ciudad (150 metros sobre el nivel del mar), permite entrar en contacto visual con una Cartagena muy distinta: casas de invasión y calles en las que grupos de niños y jóvenes, principalmente, se agolpan en las laderas para vencer el calor y el tedio a ritmo de “champeta” (popular ritmo musical del Caribe), a la espera de que algún golpe de suerte les cambie la vida.

Cartagena posee el sistema de puertos de mayor actividad de Colombia, una enorme refinería de petróleo, oficinas públicas e industrias en varios sectores. Estos empleadores le permiten a personas con un trabajo estable pagar los altos costos de vivir con calidad en la ciudad, así como disfrutar de algunos de los privilegios de los que gozan los turistas con dinero. Sin embargo, la mayor parte de los cartageneros vive de los empleos directos e indirectos que genera el turismo. Un altísimo porcentaje de estos empleos son informales, como la venta a los turistas de alimentos y objetos varios en las calles y las playas.

¿Cuánto vale la hospitalidad?

Cartagena, centro histórico Cartagena, centro histórico | Foto (detalle): © Jana Burbach Un taxista cartagenero cuenta que un turista español quedó sorprendido por la amabilidad de los cartageneros en la playa: le ofrecieron una pequeña carpa para protegerse del sol, masajes corporales para él y su esposa, ostras para comer y bebidas para refrescarse. La sorpresa grande vino cuando quiso irse, muy agradecido, pero antes tenía que pagar por todo.

En tiempos de la Colonia, por Cartagena pasaban las mercancías y los viajeros que iban y venían desde o hacia España. Por este motivo, la administración española creó un severo sistema tributario con pago obligatorio de aduana. Fieles a la tradición de la ciudad, los vendedores ambulantes han sabido convertir cada metro cuadrado y cada servicio para los turistas en una oportunidad para ganar algo de dinero, aunque no siempre sea al precio justo, ni siquiera el razonable. Un “cachaco” (un turista del interior del país) o un “gringo” (un turista extranjero), “no se puede dormir porque lo motilan” (es decir le “cortan el pelo”), explica con ironía un vendedor cartagenero para explicar cómo se establece el valor de los productos: si es un turista, siempre le van a cobrar más de lo que vale. Esa es la norma.

Así, por ejemplo, un plato de pescado frito en la playa vale incluso más que en el interior de Colombia, aunque sólo haya que transportarlo algunos metros desde el mar a la mesa. Y, por lo general, el vendedor cartagenero sabe bien cómo vencer la resistencia del turista: una sonrisa y una buena historia pueden ablandar la voluntad y convencerlo de comprar, por costoso que sea un producto. Discutir el precio es un acto de legítima defensa.

Todo incluido

La oferta de servicios para los turistas es bastante variada: hoteles, restaurantes, bares, visitas guiadas. Pero por desgracia, en Cartagena también existe una oferta ilegal y nefanda de servicios sexuales de niños, niñas y adolescentes. Las autoridades y la misma población cartagenera ven con preocupación cómo la ciudad se ha convertido en destino de “turismo sexual”, especialmente por parte de turistas extranjeros. Con tres cuartas partes de la población viviendo en condición de pobreza, es difícil romper el círculo vicioso de turistas que ofrecen dinero por servicios sexuales y menores que caen en las redes del tráfico de personas.

Las empresas prestadoras de servicios turísticos y la policía han creado un grupo de voluntarios que alerta sobre posibles casos de explotación sexual de menores en el sector turístico. Sin embargo, el fenómeno se sigue presentando en zonas de la ciudad en las que predomina el turismo informal de bajo costo y la venta de drogas.

¿De qué color es Cartagena?

Por herencia colonial o simple ignorancia, el racismo pervive en una ciudad que parece mantener los privilegios de seguridad, comodidad y poder para la población blanca, y confina al mulato y al negro al servicio, a vivir en zonas pobres y a luchar por las oportunidades de superación. Con una mayoría de población de herencia africana, en Cartagena todavía se encuentran zonas, actividades y empleos que son para los blancos, y lugares en los que la presencia de “gente de color” puede generar incomodidad: algunas tiendas, hoteles, bares o restaurantes. A pesar del mestizaje, la discriminación se reproduce también en el lenguaje y en los prejuicios que alimentan estereotipos raciales: “El blanco es el que manda”, “El negro es perezoso”, “Negro tenía que ser”...

No es de extrañar que esas condiciones motiven a los mismos “afro” a negar su identidad racial afirmando que su piel es más clara que la de otros, y así exigir un trato diferente, quizás más digno. Frente a temas como este, el bullicioso cartagenero muchas veces prefiere guardar silencio.