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Leyes naturales
El error es creación

Foto (detalle): lianem © picture alliance / Shotshop
Foto (detalle): lianem © picture alliance / Shotshop

Gracias a las ciencias naturales creemos que el mundo es ordenado, armónico eficiente. Y que está libre de errores. Sin embargo, el cosmos y la naturaleza están a abiertos a las disonancias e incongruencias.

Un manantial en lo alto de los Apeninos Ligures, el lado de la cresta montañosa italiana que mira al mar Mediterráneo. Robles y castaños dan sombra a los discos de esquisto que asoman de la pendiente. El agua fluye de los intersticios entre las placas de roca, separadas por pocos centímetros. Se acumula en una pileta de piedra, enmarcada por avellanos y alisos.

En la lisa pileta natural hay hojas del año anterior, redondeados fragmentos de esquisto, guijarros de granito. El agua se abre paso a través de una roca. Silenciosa salta por sobre el borde, rodea un pedazo cubierto de musgo, es detenida por troncos caídos y evita otra roca que se alza en la pendiente.

Por todas partes hay obstáculos

El agua llega al valle, pero nunca en línea recta. En su recorrido, siempre algo le cierra el paso. Un pliegue del suelo, madera caída, pedazos de esquisto, un terreno cenagoso. La dirección en que fluye el arroyo no obedece más que a la ley de gravedad. Pero el modo en que de hecho fluye resulta de los errores de la puesta en práctica de esa ley. Por todas partes hay obstáculos. Se podría decir que lo que llamamos paisaje consiste en el hecho de que la trayectoria en línea recta no funciona. La figura del mundo corresponde tanto a la ley natural como a su desvío, que siempre fuerza a nuevas interpretaciones.
 
Por supuesto, la gravedad no hace excepciones. El agua siempre fluye hacia abajo. Pero es detenida. Para formular sus ecuaciones, el físico tiene que eliminar todas esas interferencias en el laboratorio. Si se quiere medir correctamente la gravedad, hay que construir una torre de vacío. De lo contrario, se colarán errores. La realidad, así parece, se basa en el principio de que las leyes naturales a menudo se dan en una impureza máxima y precisamente esos desvíos de la línea recta son los responsables de la configuración del cosmos.
 
En nuestro entendimiento cotidiano a menudo suponemos lo contrario. Durante siglos los eruditos nos han sugerido que la naturaleza es el orden por excelencia, que es eficiente y está libre de errores. Más aun, que la naturaleza es el modelo de armonía (al que los hombres, con nuestras groseras manualidades, nunca dejamos de importunar y cada vez destruimos más). Pero si se observa al cosmos en acción, con frecuencia parece que jugara con los huecos de sus reglas y fuera más curioso que armonioso. Está abierto a las disonancias y a las incongruencias... igual que el hombre.

Un elemento que usa el margen de fluctuación para crear disturbios

Pensemos, por ejemplo, en un átomo. En el caso del átomo, los electrones giran en diferentes órbitas alrededor de un núcleo. Cuanto más perfecto es el átomo menos se puede hacer con él. Por ejemplo, el gas noble helio, en el que las posiciones de los electrones están ocupadas de modo ordenado, es completamente armonioso si se lo observa desde el punto de vista físico. Pero apenas si es reactivo. El helio no huele a nada, no tiene color, no es combustible ni venenoso. La materia (igual que en el caso de los otros gases nobles, por ejemplo, neón, argón y xenón) no crea lazos. Es como un casto pietista que no se permite ninguna falta y así se convierte en una persona aburrida.
 
Por el contrario, el hidrógeno, vecino del helio en el sistema químico, siempre está a punto de disociarse en sus componentes particulares. Pierde su electrón, se vuelve un elemento reactivo en ácidos y un compañero del oxígeno en el elemento de la vida, el agua. Por supuesto, también para el H2 valen las leyes de la química. Pero el elemento usa todo su margen de fluctuación para crear disturbios y arroja por la borda todo principio de impecabilidad.
 
El físico-químico Ilya Prigogine y la epistemóloga Isabelle Stengers hasta ven en el desvío imprevisto la clave de la autoorganización del cosmos. Para ellos, la naturaleza no es orden, porque el caos continuamente está metiendo mano. De esto trata, por ejemplo, el famoso efecto mariposa: en un sistema completo, una desviación puede llevar a que todo lo demás se desarrolle en otra dirección que la del impulso inicial. Así, la corriente de aire causada por el ala de una mariposa podría echar a rodar, mediante retroalimentaciones y autoamplificaciones, un ciclón tropical.

Defectos en la materia pura

Prigogine y Stengers se remiten a un texto clave de Occidente: La naturaleza de las cosas, un poema didáctico, redescubierto en 1417, del escritor y filósofo romano Lucrecio. Allí se describe el cosmos como materia pura. Los átomos atraviesan el espacio vacío en trayectoria lineales, aislados y sin contacto... si no existiera el clinamen. Detrás de este concepto se esconde un desvío minúsculo e incalculable de la trayectoria en línea recta. Para Lucrecio, el clinamen hace que en la homogeneidad de la materia pura se cuelen errores. Estos llevan al choque de las partículas individuales, a la atracción y la concentración y, de allí, a las formas del mundo.
 
Es sorprendente cómo Lucrecio previó la física moderna. Hoy sabemos que los átomos y moléculas son estables sólo en apariencia. Reposan en sí mismos hasta que en determinado momento se descomponen inesperadamente. Esta fluctuación cuántica convierte a la materia en algo que fluye. Esto se torna muy claro en la desintegración radioactiva. Allí el concepto de período de semidesintegración designa el tiempo en que la mitad de una determinada cantidad de materia se transformará en otro elemento. Pero es imposible predecir si un átomo se desintegrará al comienzo o al final del proceso, o incluso si se desintegrará o no. Con la física cuántica el error entró en el corazón de las leyes naturales.

Una biología sin errores sería mortal

Pero la idea de Lucrecio resulta más sorprendente si observamos la biología. Pues aquí el desvío constituye la fuerza fundamental de la vida. La evolución sólo puede tener lugar cuando una mutación –un error en la copia genética– lleva a un nuevo rasgo físico. A menudo, los errores genéticos son mortales para los organismos ya en el estadio embrionario. Pero a veces las mutaciones tienen como consecuencia un atributo útil –alas más largas, más colores, una inclinación a escribir poemas–, con el que algo nuevo enriquece “las infinitas formas de la mayor belleza”, según Darwin llamó al reino de lo viviente.
 
Una biología sin errores sería mortal. Como el medio ambiente se transforma de modo constante (naturalmente, a través de desvíos de la norma), las especies vegetales y animales que se reproducen perfectamente se extinguen, por ejemplo, como consecuencia del aumento o descenso de la temperatura de la Tierra. El error, pues, es necesario para que pueda manifestarse la individualidad. Esta podría ser una lección que nos diera la naturaleza: los errores posibilitan la creación. El escritor y aviador militar francés Antoine de Saint-Exupéry, desaparecido en 1944 durante una misión sobre el Atlántico, escribió en uno de sus libros:

“Soy el error en el cálculo. Soy la vida.”

 

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