Venezuela
El miedo es libre

© Pedro Hamdan

El escritor venezolano Federico Vegas reflexiona sobre las profundidades de la palabra castellana “miedo” y recuerda una escena terrorífica de su infancia.

De Federico Vegas

Cuando empecé a aprender italiano, y a tratar de parlotearlo, tuve problemas con la palabra “paura”. Sabía su significado, pero una cosa es sentir “miedo” y otra muy distinta sentir “paura”. El “miedo” nace hacia los inicios de la infancia, donde invade nuestros sueños, soledades y silencios, de allí proviene su resonancia y profundidad, un eco y una vibración a la que no se ajusta la reciente “paura” italiana.

El origen de la palabra española “miedo” la ubica además en una dimensión distinta. Viene del latín “metus”, pero esta etimología solo prosperó en la Península Ibérica. En Italia y Francia, el miedo se asentó en la voz latina “pavor’, de donde proviene esa “paura” que me resulta tan inconducente y el francés “peur”.

El hecho de que el miedo francés e italiano provengan de “pavor” nos sugiere que es más intenso. Para los iberoamericanos, el pavor es un temor “con espanto y sobresalto”. Esto coincide con la diferencia que más me interesa y me atrae: el hecho de que el “miedo” sea una voz masculina y en cambio “la paura” y “le peur” sean femeninas. Tiendo a creer que no debe ser casual la masculinidad o feminidad de las palabras, y presiento que en las versiones femeninas se da un aumento de intensidad; digamos que suelen ser más emotivas, más trágicas. Los sevillanos cuando empieza el verano dicen que llego el calor, y cuando arrecia hablan de “la calor”. El nacimiento es masculino, la muerte femenina.

Sumido en ese miedo, que no siempre llegaba al terror y el espanto, empecé a conocer el peso de las palabras y la manera en que unas veces esconden y otras revelan mis sentimientos. En alguna vacación de verano o diciembre mi familia fue a una hacienda en Turmero, no muy lejos de Caracas, en Venezuela. Dormíamos en una casa del tío Tractor diseñada para propiciar la aparición de los espantos y la principal diversión de los adultos era asustarnos con cuentos macabros y algún malsano truco mediante sábanas y mecheros. La prueba suprema era ir tarde en la noche con una vela hasta el llamado “árbol del ahorcado”, cruelmente alejado de la casa, a buscar un pañuelo blanco apoyado en una botella. Yo me reía viendo a mis primos más grandes exhibiendo toda la gama de posibles reacciones ante el reto, desde el desprecio hasta el llanto. Creía que por mi edad y tamaño estaría eximido de semejante hazaña, hasta que, de pronto, me entregaron la vela.

He leído que el miedo es libre, pero no liberador. La primera parte es falsa y la segunda es muy cierta. En los predios de aquel machismo altanero y proselitista estaba prohibido tener miedo, y ciertamente no te liberaba, aunque viniera acompañado de ataques de pánico y temblores.

Consideré la tarea imposible, pero la implacable mirada de mi padre me hizo salir como un autómata hacia la caminata más larga y acontecida de mi vida. Nunca antes vi, ni he visto después, tantas imágenes fantasmagóricas. Lo que supongo sería una mata de plátano me hizo señas invitantes y algún animal rastrero cruzó la trocha como un león errático. No podía sentir mis pasos y de la luz de la vela brotaba un frío que me encandilaba. Cuando llegué frente al pañuelo posado sobre una botella colocada entre las protuberantes raíces del árbol, me pegó el hedor del colgado que tendría un siglo de muerto. No pude doblar las acalambradas rodillas para inclinarme. Concentré las entrañas en el pañuelo y ascendió a mis manos como una mariposa gigante. Ya con el trofeo en la mano, di la vuelta y empecé a correr tan velozmente  que se extinguió la llama, mi única aliada. Daba gritos de alegría brincando cada tres zancadas, para que mi precipitación luciera como una celebración y no como la combustión de tanta ansiedad acumulada. Hoy puedo decir con orgullo que sentí muchísimo miedo, pero nunca “paura”. Alguien me dijo que era un valiente, y en ese instante empecé a despreciar ese adjetivo. Lo percibí tan circunstancial. El miedo es más ecuménico, tiene más historia, más recuerdos, más humanidad.

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