Cercanía y distancia física
En busca del equilibrio

Foto: Nestor Barbitta
Foto: Nestor Barbitta

El distanciamiento físico afecta la salud mental y el bienestar emocional. Pero el exceso de contacto también implica riesgos. La psicóloga Marcela Losantos nos cuenta sobre los efectos de la falta y el exceso de proximidad.

Los letreros de “distanciamiento social” están por todas partes. De un momento a otro, en gran parte de Latinoamérica y el resto del mundo los besos, abrazos y demás gestos habituales pasaron a ser vistos como una amenaza. El miedo al contagio del COVID-19 empezó a ser cada vez mayor, pero también el vacío por la ausencia de contacto. Por otra parte, están quienes han tenido que pasar más tiempo con sus familias, aumentado la proximidad y la intensidad de esos vínculos.

Marcela Losantos, doctora en Psicología, coordinadora del Instituto de Investigaciones en Ciencias del Comportamiento y docente en la Universidad Católica Boliviana San Pablo en La Paz, Bolivia, reflexiona sobre lo que implica la falta, pero también el exceso, de proximidad.

¿Cuál es la importancia del contacto físico? En estos tiempos de pandemia se habla de mantener el distanciamiento social. ¿Cómo afecta esta medida el bienestar de los seres humanos?

El contacto y la cercanía física son fundamentales en la construcción de la identidad de los seres humanos. Los abrazos y las caricias van más allá de expresar afecto: uno se reconoce a través del reconocimiento del otro y desarrolla aceptación y sentido de pertenencia mediante ese contacto con el otro. En los primeros años de vida, el padre, la madre o el cuidador calman el llanto –o ese llamado de auxilio del bebé– sosteniéndolo en sus brazos. Los menores que han crecido en orfanatos donde el biberón se les deja recostado a la pared –comparados con aquellos que son cargados mientras lo beben, donde se les mira y son acariciados– tienen mayor tendencia a la desnutrición y a presentar retrasos en su desarrollo.

En estos días de pandemia, la lucha en las escuelas es para que los niños mantengan la distancia física porque ellos se ven y se abrazan y juegan con contacto físico. Finalmente, los abrazos disparan la dopamina, un neurotransmisor asociado a la felicidad. El apego seguro y el sentido de pertenencia que aporta el contacto físico, permiten que esos niños tengan más adelante relaciones sanas, al ser personas seguras y autónomas porque saben que cuentan con un núcleo y una red de apoyo, donde sienten incondicionalidad y reconocimiento.

¿Cuáles son las consecuencias de que, por ahora, sea aconsejable evitar el contacto físico a la hora de saludar o de demostrar afecto?

Hay países en donde la distancia física es parte de su cultura, pero en buena parte de Latinoamérica no es así. Por eso, entre las hipótesis detrás del reciente aumento de contagios está que, aunque inicialmente la mayoría de la gente acató la recomendación del distanciamiento social, con el paso de los meses se agotó e incrementó la proximidad física. Más que los besos y los abrazos a la hora de saludar o de despedirse, gestos que no necesariamente significan cercanía, lo que resulta difícil es la restricción, saber que no se pueden llevar a cabo. También, el cambio de hábitos. Ahora no sabemos cómo saludar al otro: a distancia, con el codo, con el puño... Eso lleva a que un acto tan cotidiano pueda causar estrés. Sin embargo, lo que sí afecta el bienestar emocional es la sensación de soledad. Estos han sido tiempos difíciles para quienes se han sentido sobrecargados y no cuentan con una red de apoyo.

Pasando a la otra cara de la moneda: por el distanciamiento social muchas personas han tenido que compartir más tiempo en espacios pequeños, aumentando la proximidad. ¿Esto qué implica?

Mantener un contacto muy cercano por mucho tiempo puede llevar a que empiecen a molestarme comportamientos o actitudes del otro, y viceversa. Entre las poblaciones más afectadas por la pandemia están quienes han tenido que combinar el teletrabajo con la educación virtual de sus hijos y con el sostenimiento del hogar. A esto puede sumarse la incertidumbre laboral y las situaciones de estrés económico que interfieren en la disposición de enfocarse en la solución de la situación, centrándose en el reclamo.

El problema es que no solamente se está en un espacio cerrado sino más caótico, lo que conduce a respuestas más agresivas. Muchas veces la situación nos desborda e intentamos responsabilizar a alguien, así sepamos que no tiene nada que ver con lo que está pasando. De hecho, en estos meses aumentaron en la región las cifras de violencia intrafamiliar. Además, están las preocupaciones cotidianas, por ejemplo si la conexión a Internet resistirá tantos dispositivos al tiempo. Sentirnos abrumados nos hace menos capaces de estar en las condiciones necesarias para cuidar la calidad de nuestros vínculos.

¿Qué pasa cuando hay un exceso de proximidad física en espacios como las cárceles? ¿Cuáles son las consecuencias de esto?

El sistema carcelario en Latinoamérica es una vulneración a los derechos humanos, los cuales no se pierden así una persona haya quebrado la ley. En Bolivia, los presidiarios tienen en promedio un metro cuadrado de espacio por persona. El hacinamiento es un factor de riesgo de depresión y estrés y hay una relación directa entre comportamiento agresivo y estrés por hacinamiento. No hay una sola investigación que haya demostrado que estar encerrado contribuya a que una persona no vaya a salir a cometer un nuevo delito. Las cárceles no funcionan como espacios de rehabilitación social.

En términos más cotidianos, ¿qué implica el exceso de contacto físico propio de la mayoría de los sistemas de transporte público latinoamericanos?

En muchos de nuestros países, hay un reclamo frecuente de la ciudadanía por tener que viajar dos o tres horas diarias en condiciones casi que de asfixia y con la puerta pegada a la cara, no solo por la incomodidad sino por la inseguridad que esto representa. En esos espacios se vive un contacto físico que nadie disfruta. Uno termina por adaptarse, pero rechazando la situación. Son, además, unos de los espacios donde las mujeres son más acosadas y violentadas. A esto se suma la necesidad de empujar y de pelearse para poder subirse, pensando muy poco en el otro sino en garantizarse un lugar para sí mismo. Todo esto afecta emocionalmente.

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