Literatura del exilio Encuentro de escritores en Ostende

Die Freunde Stefan Zweig (links) und Joseph Roth 1936 in Ostende.
Die Freunde Stefan Zweig (links) und Joseph Roth 1936 in Ostende. | Foto (Ausschnitt): © picture alliance/IMAGNO Austrian

Verano de 1936: Los escritores de habla germana en el exilio pasan algunas semanas en Ostende, el balneario belga del Mar del Norte, antes de que el infierno de la Segunda Guerra Mundial se desate y deban dispersarse por todos los rincones del mundo. Encuentros inusuales con suficiente material para un bestseller.

Los escritores perseguidos por el nacionalsocialismo entre 1933 y 1945 viajaron por toda Europa y dejaron numerosas obras en las que honraron las ciudades que les ofrecieron refugio. Además de Zúrich, Ámsterdam o Londres, también París, Marsella y Niza fueron destinos frecuentes. El pueblo Sanary-sur-Mer en la Costa azul llegó incluso a ser considerado como la “capital de exilio”.

Eso hasta que el bestseller de Volker Weidermann Ostende. 1936, Sommer der Freundschaft (Ostende. 1936, verano de la amistad) llegara a las librerías alemanas. El jefe del suplemento cultural dominical del diario Frankfurter Allgemeine Zeitung recuerda en su obra el encuentro que se produjo entre algunos importantes escritores exiliados. Corría el año 1936, tres años después de la llegada al poder de Hitler; los autores de lengua alemana Stefan Zweig, Joseph Roth, Egon Erwin Kisch, Irmgard Keun, Hermann Kesten, Ernst Toller y Arthur Koestler pasaron algunas semanas en Ostende antes de dispersarse por distintos lugares del mundo.

Un collage hecho de realidad y ficción

Como el periodista belga Mark Schaevers, que en 2001 publicó, en flamenco, un estudio sobre el encuentro de los poetas con un nombre muy similar, Wedemann vuelve a traer a la vida a esos huéspedes de verano muertos ya hace tiempo. El resultado es un entretenido collage en el que se mezclan la imaginación literaria y las citas tomadas de biografías, cartas y notas de los exiliados. Después de unos pocos segundos de lectura, al lector le parece estar escuchando en vivo las conversaciones y las disputas que mantenían los amigos sobre Alemania y el mundo.

¿Por qué Ostende? Irmgard Keun, que a comienzos de la década del treinta era una joven autora muy elogiada en Alemania, huyó en abril de 1936 hacia ese pueblito. Sabía que allí “podía vivir con menos dinero que en Holanda”, como escribió después en su libro Bilder und Geschichte aus der Emigration (Imágenes e historias de la emigración). Keun tenía treinta y un años, y era “la única aria” en el círculo de los exiliados, como les dijo bromeando a sus padres en una carta. Kurt Tucholsky había elogiado sus dos novelas de tema femenino en 1932: “¡Miren, una mujer que escribe con humor!”. Los nacionalsocialistas prohibieron sus libros por ser “nocivos para el pueblo”. Eso unió a la autora de Colonia con los escritores de sexo masculino que habían abandonado Alemania hacía tiempo y que llegaron a Ostende ansiosos de escuchar el agudo informe de Keun sobre una Alemania “llena de pequeños burgueses embriagados y asesinos de la Gestapo de mirada desorbitada”, llena de “desfiles, convenciones partidarias y gritos de Heil”.

Ostende: el lugar añorado por Zweig

Hacía años que el periodista y autor de Praga, Erwin Kisch, pasaba sus veranos en Ostende. Igual que Hermann Kesten, también escritor y periodista, que había trabajado como editor en la editorial Kiepenheuer de Colonia y editaba a autores exiliados para la editorial Allert de Lange, de Ámsterdam. Kisch, el desenfrenado “reportero frenético”, como fue bautizado luego de la publicación de uno de sus libros más famosos, emigró a París en 1943 y utilizaba sus vacaciones para escribir un libro sobre sus vacaciones en Australia. A los escritores judíos comunistas se les unió en Ostende el autor austro húngaro Arthur Koestler, que luego partió hacia España como reportero de guerra y más tarde se volvió uno de los críticos más duros del comunismo. Y también Willi Münzenberg, el influyente editor de la prensa comunista alemana durante la República de Weimar.

Para Stefan Zweig, el refinado y famoso novelista nacido en Viena, Ostende era un lugar de añoranza. En 1914, había pasado allí un verano inspirador, antes de ser forzado a partir hacia la Primera Guerra Mundial. En 1936 estaba de vuelta en el balneario, acompañado por su secretaria Lotte Altmann, con quien se casó poco tiempo después. Había fijado domicilio en Londres, dándole la espalda a Viena y Salzburgo, y sus colegas le reprochaban que hubiera seguido publicando en Alemania en la editorial Insel hasta 1936, momento en que el sello ya no pudo evitar la “arianización”. El reproche venía sobre todo de parte de Joseph Roth, el escritor austríaco que Zweig había invitado a Ostende. Una profunda amistad unía a los dos autores judíos del otrora imperio austríaco. Zweig, trece años mayor, solía rescatar a Roth de su falta crónica de dinero y tenía en alta estima los consejos literarios, así como las mordaces críticas de su colega.

Amour fou entre Roth y Keun

Joseph Roth huyó a París en 1933, inmediatamente después de la llegada de Hitler al poder. El lúcido novelista, esteta brillante y famoso corresponsal del Frankfurter Zeitung escribió en Ostende varios textos a la vez, como solía hacer movido por los adelantos, y dio rienda suelta a su alcoholismo que, a esa altura de su vida, ya era una adicción pronunciada. Inteligentemente enfurecido con su país, que no le había hecho frente a los nazis, trabajaba en el mismo café donde Irmgard Keun ponía en palabras su odio contra la Alemania nacionalsocialista. Allí, Roth y Keun comenzaron una relación amorosa que duró dos años.

“Los dos bebían como cosacos”, dijo Ernst Toller sobre el romance. El dramaturgo estrella de la República de Weimar, expulsado de los escenarios alemanes, había llegado a Ostende junto a su joven esposa, la actriz Christiane Grauthoff, en busca de un poco de coraje para seguir viviendo; conversaba con personas que pensaban como él, se bañaba en el mar con Keun y Gisela Kisch, e intentaba tener esperanza. Tres años después, al enterarse de su suicidio, Joseph Roth, exiliado en Nueva York, sufrió un colapso que le causó la muerte. Zweig tampoco soportó mucho en su último refugio: en 1942, mientras se encontraba en Brasil, se quitó la vida junto a su esposa Lotte.

Pero, en 1936 los refugiados todavía bebían juntos un aperitivo bajo el cielo del Mar del Norte. Ese verano comenzó la Guerra Civil Española, en Moscú se llevaron a cabo las primeras purgas y en Grecia se proclamó la dictadura. Al mismo tiempo, Alemania llevaba adelante una grotesca y mendaz propaganda durante los Juegos Olímpicos que le permitió ocultarles por un breve periodo su caza de brujas anti judía a los visitantes de todo el mundo. Irmgard Keun, Arthur Koestler y Hermann Kesten fueron los únicos sobrevivientes del terror nazi, de la guerra y la postguerra. Del grupo de exiliados de Ostende, el último en morir fue Kesten, en 1996, con noventa y seis años.