Entrevista con el escritor Ferdinand von Schirach ​“Los únicos héroes son el derecho y la moral”

Ferdinand von Schirach
Ferdinand von Schirach | © Annette Hauschild/OSTKREUZ

El abogado y escritor Ferdinand von Schirach conquistó las tablas con su primera obra de teatro “Terrorismo”. En las siguientes líneas, dialogamos con él sobre el teatro, la crítica y la sociedad.

Señor von Schirach, ¿qué le ha llevado a escribir la obra “Terrorismo”?

Originalmente quería escribir un ensayo sobre el terrorismo para la revista Spiegel. Pero se volvió demasiado complejo. Me resultaba más fácil cuando hablaba con alguien sobre el tema. Mire, un problema del periodismo es que los textos rara vez conducen a una conversación. En los diarios se habla siempre de “debates”, pero en realidad son solo tres o cuatro periodistas que escriben sobre un tema. Hace algunos años, escribí en el Spiegel –a propósito del caso del infanticida Magnus Gäfgen, cuya confesión se obtuvo bajo amenaza de tortura– que en mi opinión ninguna circunstancia justificaba el uso de tal método. Al día siguiente, recibí más de mil mails conteniendo amenazas de tortura contra mí. Eso no es una conversación. No permite cambiar nada. Pero la democracia necesita discusión, en ella radica precisamente su naturaleza.
 
Es decir que fue el tema el que lo llevó al formato teatral…

Yo quería abrir un diálogo sobre la manera en que queremos vivir. El terrorismo es el mayor desafío de nuestros tiempos, transforma nuestra vida, nuestra sociedad, nuestra manera de pensar. Y la respuesta a cómo enfrentamos ese desafío no es de carácter jurídico. Es una decisión ético-moral que le corresponde tomar a las personas. Un juicio se presta muy bien para el escenario, porque en el fondo todo juicio penal tiene algo de obra de teatro, sigue una determinada dramaturgia. No es casualidad que el teatro y los tribunales tengan el mismo origen. Todavía hoy los participantes de un juicio “recrean” los hechos, por cierto no a través de acciones, pero sí de la palabra.
 
La pregunta en torno a la cual gira el juicio en la obra es si un piloto de guerra debía o no derribar un avión civil que había sido secuestrado. El propósito del piloto había sido evitar que el avión fuera desviado hacia un estadio de fútbol lleno de personas. El piloto es acusado de homicidio múltiple, a pesar de que con su acción salvó probablemente miles de vidas humanas. Los hechos están inspirados en un fallo del Tribunal constitucional alemán del año 2006, pero se desarrollan en el contexto de la amenaza de un caso de terrorismo, aunque siendo ficticio cada vez es menos inimaginable. A través del análisis de los hechos ante el tribunal, plantea usted una pregunta filosófico-jurídica de mucho mayor alcance, que analiza el poder sobre la vida y la muerte de otras personas.

Todas las preguntas importantes tienen un antecedente histórico. Nunca somos los primeros que reflexionamos sobre un asunto, todo está entretejido con nuestra historia, con nuestra civilización. El teatro fue desde el principio un reflejo de la sociedad, al igual que los juicios. En la democracia ateniense, es decir la democracia absoluta, el teatro y los tribunales se parecían todavía más que hoy. Ambos tenían por única tarea garantizar la seguridad de las personas y fortalecer el Estado en peligro. Mucho después, en Roma, el Derecho se transformó en una ciencia, lo que sin duda tiene ventajas, porque los tribunales se volvieron predecibles, perdieron su carácter arbitrario. Pero a los griegos eso no les interesaba. Probablemente, este sea el único pueblo que ha vibrado con sus procesos judiciales. Lo único que verdaderamente les importaba era la fuerza del argumento. Los ciudadanos se confrontaban de manera directa, no había abogados ni fiscales, pero a falta de estos, existían 6.000 jueces para una población de solo 30.000 habitantes. En una sociedad pequeña eso era posible, hoy día sería impensable, además de peligroso. Y el teatro de los griegos tematizaba las mismas preguntas que se discutían en los tribunales.
 
Al final de la “Orestíada” la obra desemboca en un juicio. ¿Podríamos decir que “Terrorismo” está basada también en esa concepción jurídica de la democracia griega?

Lo importante en La Orestíada es la transición desde una venganza a un procedimiento legal regulado, que permite tranquilizar a las erinias. En un teatro, el público puede influenciar el final de la obra. Es decir, es la reflexión y la discusión las que deciden su final, no la ira o el odio. Quizá esta sea una similitud. El teatro en este sentido es superior al cine. Cuando uno como escritor reflexiona sobre todo lo que se puede hacer a partir de esa constelación única, está a la mano dejar que el público decida. Cada día el resultado va a ser otro, porque serán otras personas, que van al teatro teniendo pasados distintos, deseos diferentes y otras esperanzas. Eso puede ser interesante. Y cuando al principio de una obra se dice, ustedes como espectadores deberán tomar una decisión al final, esas personas van a atender a la obra de manera muy diferente. Van a querer decidir de manera moral y justa, querrán hacer lo correcto. ¿Pero, qué es lo correcto? Esa es la pregunta que plantea la obra.
 
¿Quiere decir que para usted el teatro es un espacio de diálogo?

Eso es lo que mejor hace el teatro.
 
Para ser una obra nueva, “Terrorismo” ha sido tremendamente exitosa. Incluso fue puesta en escena paralelamente por varios teatros, ha tenido buenas cifras de taquilla y muy buena recepción del público. Yo mismo fui testigo, después del estreno en Berlín, de que el público no discutía sobre la obra, si no sobre el contenido del juicio.

Usted tiene razón, no es una obra de dirección. La obra es muy sólida porque se trata de ideas. Los héroes de la obra no son el acusado, el defensor, la fiscal o el juez. Al contrario. Cuanto mejor sean los actores, más se quedan detrás de su papel. También yo, como dramaturgo, desaparezco por completo. Los únicos héroes de la obra, podría decirse, son el derecho y la moral. Ese es el objetivo. Abstraer a los espectadores de los actores. La conversación no versa sobre quién actuó mejor o peor, sino que se discute sobre lo que el defensor dijo y sobre si es correcto o no. En el estreno en Düsseldorf, la fiscal hizo una pregunta y una persona del público gritó: “La pregunta no es admisible.” Por supuesto que el público sabe que está en el teatro, pero se toma muy en serio su rol de jurado. Los atentados de Nueva York, Madrid, París y Bruselas nos han dejado claro a todos que debemos hacernos esa pregunta. Buscamos una solución al dilema.

¿Le sorprendió que al principio en los estrenos el acusado siempre fuera absuelto?

No. Nuestro primer impulso es siempre decir, mejor sacrificar pocas personas para salvar a muchas. Eso forma parte de nuestra vida normal. Siempre nos decidimos por el mal menor. Lo que me sorprendió es que 40 por ciento de los espectadores considerara correctos los complejos argumentos de la fiscalía. Eso habla de lo receptivos que son los espectadores de teatro. El resultado casi siempre es: 60 por ciento inocente, 40 por ciento culpable. Pero en realidad no se trata de si se condena o se exculpa al piloto, sino de que comprendamos lo perentorio que son esas preguntas.
 
Mi impulso al leerla al principio fue declararlo inocente. Pero luego se dan la vuelta las cosas, seguramente también a consecuencia del desarrollo dramático de la obra. Yo hubiera esperado que el público teatral, que es un público más bien liberal de izquierda se hubiera inclinado mayoritariamente por una condena. Pero quizá en esa reflexión subestimé la presencia de los actores y el efecto sensorial del teatro.

A mí lo que más me alegra es que muchas de las personas que han ido a ver la obra, no son espectadores habituales de teatro.
 
¿Cuántos diferentes montajes ha visto?

Diez. A estas alturas ya hay 40 estrenos. Me encantaría poder verlos todos, pero simplemente no tengo el tiempo. Quizá pueda ver algunos montajes en el extranjero. Me gustaría por ejemplo ver los estrenos en Copenhague, Tel Aviv y Tokio.
 
¿Tiene un montaje preferido?

Cada uno de los estrenos me hizo inmensamente feliz. Imagínese, usted escribe por las noches una obra en su escritorio, y luego la actúan los mejores actores en los más grandes escenarios. Es una sensación de felicidad incomparable. Podría decir que mientras más discreto el montaje más intensa resulta la obra. Los espectadores quieren reflexionar, quieren poder concentrarse. Pero esa en última instancia es una decisión del director. El arte debe tener también la posibilidad de introducir cambios.
 
¿Le sorprendió la reacción, en general, más bien reservada de los suplementos culturales y la crítica frente a su obra?

La tarea del crítico es criticar. Ese es su oficio. En los años 20 del siglo pasado, el crítico de teatro era la persona más importante en un diario. Estaba muy conectado con la gente. Los lectores querían saber a dónde podían ir esa noche y el crítico era el encargado de decírselos. Eso quizá haya cambiado. Pero un escritor no debería juzgar a sus críticos.
 
¿Se siente malinterpretado?

Para nada. Me alegra tanto cuando se discute sobre la obra. Mire, en octubre se mostrará en televisión la adaptación cinematográfica de Terrorismo. Entre los actores están Florian David Fitz, Martina Gedeck, Burghart Klaußner, Lars Eidinger, Jördis Triebel y Rainer Bock. El director es Lars Kraume, que ganó todos los premios con Der Staat gegen Fritz Bauer (El caso Fritz Bauer). La obra se transmitirá simultáneamente en Alemania, Austria y Suiza, luego se votará en cada uno de los países y se llevará a cabo un talkshow. Yo tuve la posibilidad de colaborar un poco desde afuera, para mí eso fue un regalo. Yo escribo exclusivamente para el público, no para los críticos.
 
¿Cómo era su relación con el teatro hasta ahora? ¿Era usted asiduo al teatro?

Cuando tenía 15 años, tuve la oportunidad de interpretar en el teatro del internado a Leonce en Leonce y Lena de Büchner. Y allí, encima del escenario, besé por primera vez a una chica, Lena. Ella era dos años mayor que yo y la chica más bonita del colegio. La escena del beso la ensayamos una y otra vez, fue fantástico. En ese sentido, puedo decir que desde un principio he tenido una maravillosa relación con el teatro.
 
¿Está trabajando ya en una nueva obra?

Sí, tengo algunas ideas. Pero no quisiera explayarme sobre el tema.
 
¿Al escribir una obra, es usted un artista o dramaturgo en puridad, o es también abogado o pedagogo?

Soy todo menos un pedagogo. Eso es algo que me repele. Tengo demasiadas pocas respuestas. Solo puedo plantear preguntas. Por supuesto que hubiera sido más difícil si no conociera el estado de la discusión legal. Para eso ayuda sin duda un poco entender algo de derecho. Pero la obra es un juicio totalmente idealizado. Ya por el solo hecho de que un juicio de este tipo en la realidad duraría muchas semanas e involucraría a cientos de testigos.
 
Pero la obra está en estrecha relación con su trabajo como abogado.

Yo me trasformé en abogado penalista porque este tipo de preguntas me interesa. Eso es verdad. En esa época trabajé en Berlín en un bufete cuyo abogado había sido uno de los defensores en el juicio de Honecker. Después tuve la suerte de participar como abogado defensor en uno de los juicos más interesantes de la posguerra, el juicio contra los miembros del politburó. Los temas, allí, también superaban lo puramente legal. Yo no sé nada de Derecho Civil. Si una persona tiene que pagarle dinero a otra no me interesa especialmente. En el derecho penal se discuten los grandes temas sociales. Por lo menos en relación a esos temas, no hay mayor diferencia entre el trabajo de un escritor y el de un abogado.
 
¿Su interés en la justicia y en la literatura tiene entonces el mismo origen?

Sí. Este es nuestro país. Nosotros somos los que debemos decidir cómo queremos vivir. Eso no debe ser algo abstracto, algo lejano, de otra manera nuestra democracia fracasará. Pero para mí el teatro no es una institución moral. Puede ser un lugar de exploración en sentido filosófico. Naturalmente en una película puede hacerse mucho más, pero un teatro es sobre todo un foro.
 
Los teatros intentan cada vez más ofrecer actividades de discusión ¿es ese el camino correcto?


Eso me recuerda un poco a los curas protestantes que tocan la flauta en la iglesia para ser modernos.
 
¿No aprecia al teatro como medio también de entretenimiento?

Sí, por supuesto. Pero me temo que en esa materia el cine es simplemente mejor.
 
¿Puede imaginarse un tema actual como contenido para un drama?

¿A qué se refiere?
 
Refugiados, por ejemplo.

Ese es uno de los grandes temas que mueve a nuestra sociedad. Usted tiene razón. Elfriede Jelinek escribe textos muy interesantes sobre ello. Hoy en día, muchas personas solo leen notas muy cortas. Con frecuencia les basta con los titulares de los portales online de los diarios. Pero si tomamos en serio la democracia, debemos tener un tipo de diálogo muy diferente. La democracia requiere de discursos reales, de profundidad. Si el teatro es capaz de plantear preguntas de manera que ello sea posible, de manera que conmover y remover al público, nadie debe temer por el futuro del teatro.

“TERRORISMO” EN TELEVISIÓN

El 17 de octubre de 2016 ARD (Alemania), ORF (Austria) y la televisión suiza transmitieron simultáneamente la adaptación cinematográfica de la obra de teatro Terrorismo, que cuenta entre otros con actores como Lars Eidinger, Martina Gedeck y Burghart Klaußner. También en este caso, los telespectadores debieron votar sobre la inocencia o culpabilidad del acusado. A continuación se discutió acalorada, pero correctamente sobre la decisión del público.