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Nino Haratischwili, escritora
No soy un muñequito de adorno georgiano

Nino Haratischwili
Nino Haratischwili | Foto © Danny Merz / Sollsuchstelle

Los escritores residentes en Alemania que no son de origen alemán ¿deberían escribir nada más que sobre sus “países” si es que quieren tener autenticidad? ¿En qué se distingue escribir una novela y escribir teatro? Sobre estos asuntos y sobre su último libro, “La gata y el general” hemos hablado con la directora teatral y escritora Nino Haratischwili.

Señora Haratischwili, a usted se la conoce ante todo como escritora de origen georgiano y autora del superventas “Das achte Leben (Für Brilka)” (“La octava vida (Para Brilka)”). Sin embargo, usted hizo estudios de dirección cinematográfica y teatral y sus primeros textos fueron piezas dramáticas en lengua alemana. ¿Cómo fue el proceso por el que empezó a escribir en alemán?
 
En Georgia había estudiado en un colegió alemán. No se impartían todas las asignaturas en alemán, pero los profesores eran hablantes nativos del idioma. En aquella época fundé en Tiflis un grupo de teatro y los profesores me animaron a que escribiera yo misma obras. Mi primera pieza surgió en el contexto de un intercambio con un grupo teatral de Bremen. Tenía entonces 15 años y ni la más ligera idea de cómo se escribe teatro, pero simplemente me puse a ello. Y me gustó mucho. Cuando al año siguiente nos invitaron a Bremen, escribí otra obra. Y me volvió a gustar: escribes algo y a continuación ves cómo va cobrando vida. Cuando hice el examen final de bachillerato, vi claro que quería que mi profesión fuera esa. Me fui a Hamburgo para estudiar dirección teatral. Al terminar los dos primeros años de carrera, nos dieron la oportunidad de presentar una obra ante bastante público. Yo quería como fuera que se representara una obra propia, y decidí escribirla directamente en alemán. Y lo logré. En realidad, por tanto, fue la escritura lo que me llevó al teatro.
 
¿Se considera usted hoy más directora teatral o más bien escritora?
 
N.H.: Ambas cosas. Aunque ahora se me perciba más bien como escritora. Y aunque últimamente me dedico menos a dirigir teatro, no puedo imaginarme renunciando por completo a hacerlo. Ser escritora es algo totalmente distinto. Cuentas solo contigo misma y tienes que decidirlo todo por cuenta propia. En el teatro trabajas con una compañía. Para mí es un lujo poder combinar la dirección teatral y mi labor literaria.

Se me ha reprochado a menudo que mis obras de teatro (...) son demasiado emocionales. Por otro lado, no me he encontrado aún ni con un solo espectador o lector que me haya dicho que mis historias no le han conmovido.

 
Sus obras teatrales son dramas psicológicos en el sentido clásico. En el teatro alemán –en el que predomina más bien lo postdramático o lo postmoderno– ¿queda todavía sitio para dramas como “Liv Stein” o “Die zweite Frau”?
 
Es una buena pregunta. Desde que vivo en Alemania, lucho para poder narrar mis historias como me parece acertado hacerlo. Las cuestiones intelectuales son importantes, sin duda, pero las emocionales son aun más importantes. Y es un tipo de teatro que, en efecto, no puede decirse que esté muy de moda en Alemania. Se me ha reprochado a menudo que mis obras de teatro –y también mis libros– son demasiado emocionales. Por otro lado, no me he encontrado aún ni con un solo espectador o lector que me dijese que mis historias no le han conmovido. Eso es para mí una prueba de que el prefijo1 “post” que acaba usted de emplear no existe fuera de un discurso de especialistas. Eso es “arte por el arte”. Y contra eso me rebelo. Las personas aman lo épico. Hoy más que nunca. La fascinación que ejercen las series televisivas, Netflix y demás, son la mejor prueba de ello. Las personas no quieren que se dirijan a ellas de manera puramente intelectual. Un teatro puramente intelectual, según yo lo veo, deja fuera a muchos espectadores. De ese modo cobra rasgos cada vez más elitistas, y a mí eso me parece un problema. Contestando a su pregunta: la cosa no resulta fácil del todo, pero la lucha merece la pena en todos los aspectos. Porque ¿para quién escribimos libros u obras de teatro? Por lo que me a mí respecta, no lo hago solo para la crítica o para una élite intelectual.
 
En una entrevista dijo usted que el teatro alemán es menos internacional de lo que a usted2 le gustaría, y que casi todos los papeles se repartían entre actores nacidos en Alemania. La causa estaba, afirmaba, en que en el mundo teatral de Alemania tiene mucha fuerza el teatro basado en lo oral. En la literatura, sin embargo, los escritores de origen no alemán desempeñan un papel cada vez más presente. Usted misma pertenece a este grupo. ¿Lee también a otros autores que escriben en alemán tal como hace usted, pero aportando a la literatura alemana motivos determinados, la historia y la cultura de sus países de origen?
 
Por supuesto, a casi todos: Katja Petrowskaja, Olga Grjasnowa, Saša Stanišić… Todos están aportando algo nuevo a la literatura alemana: sus temas propios, un idioma particular. Pero este tipo de literatura provoca también controversias que también me afectan. Tan pronto como en nuestros libros abordamos temas sin relación directa con nuestros países de origen, surgen las críticas. Cuando Saša Stanišić, que viene de Bosnia, escribió un libro sobre la región de Uckermark, recibió el reproche de que aquel no era el tema adecuado para él, que haría mejor en no salirse de Bosnia y de la guerra. Se espera de nosotros que escribamos exclusivamente de “nuestros” países, porque es la única manera de que tengamos verdadera autenticidad. A mí también me ha pasado: se me ha criticado que en mi último libro escriba sobre Chechenia, porque según parece no tengo ni la menor idea del asunto. Son reproches tan estrechos de miras como faltos de fundamento. Ya esa “autenticidad” que no se le cae de la boca a la crítica es una noción de por sí muy problemática.

Portada “La gata y el general” © Wydawnictwo Otwarte, material para prensa Chechenia, su último libro “La gata y el general” y la crítica. El tema principal de la novela son las guerras de Chechenia. ¿No teme usted que resulte ser un tema demasiado exótico para los lectores alemanes?
 
El tema de La octava vida (Para Brilka) era también igual de exótico. No creo que las temáticas nacionales supongan ningún problema para la literatura. Si un libro es bueno de verdad, a mí me es indiferente que lo que cuente suceda en Alaska o en Alemania.
 
¿Considera que a los artistas de origen no alemán les resulta hoy más fácil que los publiquen en Alemania?
 
Depende del contexto. Sin duda, si alguien está ahora mismo dentro de la tendencia y satisface expectativas determinadas, o sea por ejemplo escribe solo sobre su país de origen, entonces puede que eso sea así. Pero antes que nada hace falta haberse dado a conocer. En mi caso, sea como fuere, no sucedió así; para mí no fue ninguna ventaja provenir de otro país, pero hay que decir que tampoco fui de puerta en puerta contándolo.
 
Y, sin embargo, en casi cualquier entrevista con usted acaban preguntándole tarde o temprano por su procedencia georgiana. ¿No han empezado ya a ser demasiadas preguntas sobre Georgia? ¿Se siente usted orgullosa de que se la perciba como embajadora cultural de su país, o quizá más bien la exaspera?
 
Un poco de ambas cosas. Por supuesto, me alegra muchísimo que cada vez más personas se interesen por Georgia, que vayan allí de vacaciones, que lean libros sobre el país, y también que Georgia fuera en 2018 país invitado en la Feria del Libro de Fráncfort. Pero lógicamente también me produce cierta irritación. A fin de cuentas, no puedo ser representativa de un país entero. Depende siempre del contexto. Cuando tengo la sensación de que con mi compromiso puedo lograr algo efectivo, por ejemplo traduciendo textos determinados, o respaldando a otros autores, lo hago con gusto. Pero cuando se me atribuye exclusivamente la función de representante o mediadora de Georgia, entonces prefiero quedarme al margen. No soy un muñequito de adorno georgiano. 

Cuando tengo la sensación de que con mi compromiso puedo lograr algo efectivo (...), lo hago con gusto. Pero cuando se me atribuye exclusivamente la función de representante o agente de Georgia, entonces prefiero quedarme al margen.

En muchas entrevistas le preguntan también por su conocimiento del idioma alemán. Entre otras cosas, usted ha dicho que el idioma alemán la ayuda a escribir sobre determinadas cosas por la razón de que crea un cierto distanciamiento. ¿Ha percibido usted este distanciamiento también al escribir su última novela, “La gata y el general”?
 
En cuanto aparece alguien escribiendo en alemán que tiene otra lengua materna, la gente al momento tiene que buscarle alguna razón cualquiera. No sé si al hacerlo estoy consiguiendo de verdad un distanciamiento. Vivo en Alemania, siempre he querido contar historias, y el caso es que las cuento en alemán, sí, porque si no a continuación tendría que traducirlas al alemán. Y, sin embargo, el alemán no es mi lengua materna. Cada frase que redacto tiene colorido georgiano, y así va a seguir siendo. Eso no significa que así esté adoptando la perspectiva de un observador neutral, pero sí me reservo el gozo de experimentar. Cuando me expreso en mi lengua materna, sucede todo automáticamente. Pero si escribo en alemán me estoy preguntando siempre: ¿por qué haces eso así? ¿Por qué aquí este artículo? ¿Por qué tengo que utilizar este giro así y no de otra manera? Es difícil, pero justo eso es lo que siempre me ha gustado, ese gozo de experimentar. En este sentido, puede que la palabra “distanciamiento” sea incluso muy certera.
 
En “La gata y el general” narra usted la historia de un antiguo soldado ruso que intenta reconstruir un crimen de guerra cometido en Chechenia con el objetivo de redimir sus culpas. Para recopilar material, hizo usted un viaje de diez días a Chechenia. ¿Cómo fue su labor de investigación?
 
No fue ninguna labor de investigación del tipo de la que había practicado para La octava vida (Para Brilka). En esa otra ocasión me documenté durante meses en bibliotecas y archivos. En Chechenia eso no es posible. Han borrado todos los rastros. En la percepción pública, las guerras de Chechenia no existieron. Mi objetivo era más bien sacar mis propias impresiones: qué clase de país es, cómo vive la gente allí, cómo es el entorno natural, qué rastros ha dejado el pasado. En el Museo Nacional de Grozni, las salas terminan con la finalización de la Segunda Guerra Mundial. Después ya no hay nada.
 
¿Y las personas? ¿No hablan de la guerra?
 
Sí, pero en seguida se llega a unos límites, se intuye el miedo. Si una pasa más tiempo hablando con ellas, por supuesto cuentan también cosas de la guerra, a veces incluso graciosas. Tengo la sensación de que hay chechenos que así intentan hacer más llevadera su situación, pero no son todos.
 
En su obra hay un motivo recurrente, que es la representación de perspectivas diferentes, la diferente manera de percibir la historia en los países del antiguo bloque oriental y en el discurso occidental. La historia del hundimiento de la Unión Soviética es distinta según se la contemple desde una perspectiva alemana, georgiana, rusa o polaca. Este motivo reaparece también en “La gata y el general”. ¿Cómo es que sucede así? ¿Se podría contemplar la historia con criterio prepondarentemente objetivo y entrelazar entre sí estas perspectivas diferentes?
 
Es una buena pregunta. Creo que nunca podemos tener objetividad completa, en ningún ámbito vital. A veces, los mismos hechos son una cuestión de puntos de vista. Siempre nos enfrentamos a interpretaciones. Pero aun así puede intentarse. En algún momento me di cuenta de que mi imagen de la historia y mis conocimientos sobre el siglo XX –después de tantos años como había pasado en Alemania– estaban bastante influidos por Occidente. Sabía mucho más sobre el nacionalsocialismo que sobre el comunismo. En la escuela, por el contrario, me habían enseñado muchísimo más sobre la Edad Media georgiana que sobre la Perestroika. Eso fue lo que más me incitó. Era algo que quería entender a toda costa, sin que tuviera que ver con mi libro. Había en cierto modo como diferentes piezas de un puzle. Al comienzo, como digo, había un motivo totalmente egoísta. Cuando mi libro llegó a la fase de corregir pruebas, me daba mucha alegría que el corrector me dijese: “Anda, eso yo no lo sabía. ¡Y esto otro tampoco!” A Mijaíl Gorbachov, por ejemplo, se lo percibe en el Este de un modo totalmente distinto que en Occidente. Aquí se le tributan honores, casi como a un héroe que ha hecho algo bueno. En Georgia y en Rusia ven las cosas de otro modo.
 
¿Tiene ya ideas para un nuevo libro o una nueva obra teatral?
 
Sí, tengo algunas ideas, pero me veo aún muy lejos de llevarlas a la práctica. Es maravilloso que mi último libro haya atraído tanta atención, pero a la vez por eso mismo también me resulta cada vez más difícil concentrarme en lo esencial.
 
En ese caso, le deseo que en el futuro tenga mucho tiempo y calma para lo esencial.

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