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Transformación
La sociedad del futuro

Una persona que asiste a una reunión lleva una camiseta con la inscripción “Futuro | Capitalismo (tachado)” en el estilo de una señal de salida de la ciudad muestra.
Imagen de una futura conferencia | Foto (detalle): © Rosa-Luxemburg-Stiftung

Se oye mucho decir: System Change not Climate Change. Pero ¿qué es lo que significa?

De Asuka Kähler

La semana pasada, Victoria trataba cómo es vivir en el capitalismo mientras se lo combate; hoy queremos echar un vistazo a los cambios que tiene que haber en el sistema en que vivimos.

¿Cómo funcionan las transformaciones?

En tanto que sociedad nos hallamos en una evolución permanente. No es una transformación lineal: a veces no pasa de un cambio marginal durante décadas –o siglos–, a veces tiene carácter explosivo, sea por causa del progreso técnico (p. ej. la industrialización; Internet) o revoluciones (p. ej. en Francia o en Haití). Dichos cambios tienen que ir de la mano con cambios en las personas, maneras de entender la moral, prioridades vitales y visiones del mundo. Por lo demás, los sistemas nuevos reproducen los mismos problemas y fallos que los sistemas precedentes, pues el fundamento –o sea las personas– siguen pensando y actuando de la misma manera antes y después.

Ante la crisis climática y todas sus consecuencias y aspectos, se hace urgente y necesario otro cambio más de carácter explosivo. Y no podrá ser únicamente de naturaleza tecnológica.

“¿Nos hace falta, pues, una revolución?”

Aquí probablemente se dividirán las opiniones, pero de todas formas está claro que hacen falta cambios de gran alcance, y ello en economía, en la política, en la sociedad, en nuestro estilo de vida, o sea en nuestra civilización y nuestra vida en general.

Voy a centrarme en el punto que más suele aducirse como argumento de por qué no es posible proteger más el clima: la economía.

La economía, se dice, tiene que crecer necesariamente, eso sería un lastre demasiado pesado para la economía, etcétera etcétera... Las razones a favor de la economía parecen no tener fin. Dentro un modo de pensar capitalista, cuyo paradigma es el crecimiento económico, son argumentos válidos. Pero el capitalismo, da igual lo verde que sea, es inconciliable con la justicia climática.

Poner la economía cabeza abajo

La justicia climática significa también aspirar a una sociedad en la que la identidad no determine (o no codetermine decisivamente) la posición social. En la economía eso implicaría equiparar en todo el mundo la fortaleza económica y los estándares vitales y suprimir relaciones de explotación.

Para ello no hace falta forzosamente abolir el principio de la economía de mercado (idea que suele estigmatizarse falsamente como un escenario catastrófico). Lo único que hay cambiar es el marco que de momento está caracterizado por paradigmas capitalistas, el crecimiento, el beneficio y la liberalización.

¿Cómo sería el cambio?

Por el momento, una economía fuerte sigue siendo la clave para lograr accesos a los mercados en todo el mundo y de manera asequible, mientras que una economía débil te arrastra sin pausa a depender de los fuertes. Hay que invertir este principio: cuanto más débil sea la economía de un Estado, tanto más fácil tiene que volverse su acceso a mercados más grandes, y cuanto más fuerte la economía, hay que hacerle tanto más difícil su acceso a mercados más débiles. La consecuencia sería que los Estados del Sur Global recuperasen terreno económicamente, mientras que los de los países industrializados ricos verían disminuida su fortaleza. Regular los accesos a los mercados podría hacerse, por ejemplo, mediante un nuevo sistema aduanero: en vez de bajar aranceles y liberalizar los mercados, habría que subir los aranceles cuanta más discrepancia se diera entre las economías de dos Estados, mientras que al Estado más débil económicamente se le daría acceso libre al mercado.  Ello traería consigo cambios radicales en todas las relaciones económicas, tanto nacionales como internacionales.

Una economía del “degrowth” significa para los Estados ricos un cambio en el trabajo, en los sistemas de asistencia social, etc., para que también deje de crecer allí la desigualdad local.

Junto con los accesos al mercado, es necesario establecer normativas más severas con consecuencias económicas sustanciales para sancionar la vulneración de derechos humanos, la destrucción del medio ambiente y los derechos de la mano de la obra, con la intención ante todo de que a las grandes corporaciones les queden claros sus límites. Dicho brevemente: hay que cambiar los paradigmas con los que funciona nuestra economía.

Los cambios urgentes en la economía tienen, por supuesto, consecuencias de largo alcance, pero frente a la evolución de los seres humanos y el cambio de la sociedad no hay alternativa. Por qué las y los activistas hacemos falta para esta transformación va a explicarlo la semana que viene Matilde cerrando la serie Blog, Engage, Act.
 
Durante tres temporadas, Blog, Engage, Act ha analizado el presente: el statu quo de la lucha contra el cambio climático, los bastidores y la evolución del movimiento climático. Por último, l*s bloguer*s miran al futuro y se preguntan cómo es posible el cambio social, cómo se vive ya el cambio hoy, qué ingredientes (creativos) se necesitan y por qué hay que formar parte de él.

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