“Películas prohibidas” Propaganda nazi

„Verbotene Filme“ von Felix Moeller
„Verbotene Filme“ von Felix Moeller | © Edition Salzgeber

Durante el nacionalsocialismo se rodaron más de 1.000 películas dramáticas o documentales, muchas de ellas de contenido propagandístico. Más de 40 películas propagandísticas siguen hoy prohibidas. Un documental plantea si esta prohibición tiene aún sentido.

Las películas antiguas pueden ser muy peligrosas. El celuloide de que están hechas, que se siguió empleando hasta entrada la década de 1950, es fácilmente inflamable. Las latas que guardan las películas pueden causar explosiones bastante violentas en caso de calentarse demasiado, por lo cual es preciso archivarlas con particular cuidado. Al principio de Verbotene Filme (Películas prohibidas), que llegó a los cines alemanes en la primavera de 2014, el director Felix Moeller nos invita a contemplar un archivo cinematográfico rodeado por un muro protector especial para el caso de que se llegara a producir una explosión. Las películas nazis, sin embargo, de las que se ocupa específicamente el documental no son consideradas “explosivas” en razón únicamente de su material químico. Mucho más peligroso parece aun su contenido propagandístico, pues la exhibición de más de 40 películas de la época nazi ha estado autorizada hasta hoy mismo solamente tras una introducción científica y con un debate posterior.

Antisemitismo, militarismo, incitación al odio social

Moeller presenta con detalle en su película las cintas propagandísticas "prohibidas”. Entre los ejemplos más conocidos están Jud Süß (1940) y Kolberg (1945) de Veit Harlan y Hitlerjunge Quex ("Quex, de las Juventudes Hitlerianas", 1933) de Hans Steinhoff. Hay diversos motivos por los que aún hoy la exhibición de estas películas sigue autorizada únicamente con reservas. El factor determinante lo constituyen ante todo las manifestaciones abiertamente antisemitas, como por ejemplo las de Der ewige Jude (El judío eterno, 1940) de Fritz Hippler, en la que se muestra a la población judía como una “peligrosa amenaza” para el resto de la humanidad. La película estaba hecha con toda intención para despertar en el público resentimiento contra los judíos. De otras “películas prohibidas” se considera que glorifican la guerra o son militaristas, como por ejemplo Stukas de Karl Ritter, rodada en 1941 con la intención de entusiasmar a los jóvenes para que se ofreciesen a participar en la guerra aérea contra Inglaterra.

¿Sigue siendo hoy pertinente la prohibición?

Sin ningún género de duda, muchas de las películas propagandísticas nazis conservan hoy una intensa eficacia. Cierto es que muchas escenas resultan más bien involuntariamente cómicas desde la perspectiva actual, pero la intencionalidad propagandística no es patente de inmediato en todos los casos. En ocasiones tiene efectos más bien subliminales, como en la película de Wolfgang Liebeneiner Ich klage an!, (¡Yo acuso!, 1941), que narra la historia de una mujer víctima de de una enfermedad incurable y que terminará muriendo por petición propia a manos de su marido. El ministro de propaganda Joseph Goebbels alabó las intenciones de la película, puesto que con ella se pretendía en secreto preparar los ánimos del público para que aceptara el programa de eutanasia de los nazis.
Aun cuando la propaganda nacionalsocialista no se revele en ocasiones hasta un segundo examen, surge de todos modos la cuestión de si estas “prohibiciones” siguen siendo pertinentes en la época actual. Por una parte, ante un público juvenil sí parece aconsejable que un experto aclare las películas, ya que en este caso el espectador a menudo no estaría puesto en antecedentes como sería preciso para poder situar correctamente el contenido. Por otra parte, a muchas películas prohibidas puede accederse hoy de todos modos a través de Internet. Algunas, además, es posible encargarlas legalmente al extranjero en formato DVD, por lo que la “prohibición” parece sin más superflua.

Un debate necesario

Entre los numerosos expertos a los que se cede la palabra en la película tampoco se llega a ningún acuerdo acerca de cómo proceder en lo sucesivo con estas películas. ¿Siguen suponiendo hoy –a los casi 70 años de terminada la Segunda Guerra Mundial– la misma amenaza, tan intensa como para que haya que proteger de ellas al público? ¿O quizá no sería más conveniente aceptar su exhibición sin trabas para que cada espectador pueda hacerse por sí mismo una idea de la propaganda nazi? Como resulta patente, se trata de un caso en el que no habrá respuestas sencillas, ni siquiera aun cuando hay científicos que llevan largo tiempo abogando por autorizar completamente estas películas, como por ejemplo el historiador Götz Aly en los últimos momentos del documental: "Me parece la misma ingenuidad que la prohibición de Mein Kampf. Pienso que deberíamos dar libre acceso a todo este material y a continuación tendremos que hablar de ello. Con toda seguridad va a haber malas utilizaciones, pero eso en conjunto me parece mucho mejor que la situación en que eso mismo pasa con las persianas echadas y la gente se descarga Mein Kampf de Internet o ve Ich klage an en Youtube o se la trae de EE.UU. En realidad es hora ya de terminar con todo esto."

Es seguro que la cuestión no va a solventarse con tanta facilidad, pero, en cualquier caso, parece imprescindible reabrir el debate sobre cómo seguir tratando en adelante las películas de la propaganda nazi. Es necesario urgentemente digitalizar las cintas, por la razón de que cada vez hay menos salas de cine con capacidad para proyectar copias de 35 mm. Además, el material de las películas está envejecido y amenazado de destrucción. Para conservar las películas a largo plazo hace falta, por tanto, restaurarlas digitalmente. Y es posible que así se dé también la oportunidad de realizar una edición en DVD de las películas propagandísticas nazis, realizada con base científica, comentada con criterio pedagógico y dirigida a la opinión pública interesada.